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Cuando salvé a André Gluckmann y Bernard Henry-Lévy

Todo sucedió en el auditorio Che Guevara a mediados de los 70, cuando dos franceses predicaban la ruptura del marxismo; el recinto estaba en ebullición y había carteles de repudio .
Por Gerardo De la Concha

 

Eso fue hace muchos años. Más de 30 (¿34 años?). Ese día me encontré al Beas. Robusto y encorvado, con un vozarrón de miedo, buen camarada. Él me había regalado Ni dios ni amo de Bakunin, el libro traía una foto del revolucionario ruso, otro oso como él. Ya eran los estertores de los 70 y yo me sentía un veterano, curiosa la cosa haber sobrevivido si se trataba de vivir peligrosamente. Otros de los nuestros no tuvieron tanta suerte. Pero regreso a esta historia.

Yo asomaba la cabeza y Beas me invitó a una conferencia en la Facultad de Filosofía y Letras. En el auditorio Che Guevara se presentaban unos intelectuales franceses —André Glucksmann y Bernard Hénry Lévy— ex líderes del mayo francés. Predicaban la ruptura con el marxismo, la religión de los universitarios radicales en todo el mundo. Eran, por tanto, enterradores también del leninismo, la interpretación sagrada de Marx. Yo había militado con los radicales aunque el marxismo-leninismo me aburría y secretamente seguía amando la bandera negra levantada con furor desde mi adolescencia. Fuimos entonces a escuchar a estos cuates.

El auditorio se encontraba en ebullición. Ya estaban pegados carteles de repudio. Quien crea que una turba se forma espontáneamente, está jodido. Vimos al Médico Loco que hacía unos años se paseaba por las islas con el pintor Mario Falcón, portando ambos sendas metralletas. Se desgañitaba ahora gritando contra los traidores, se supone que los franceses. Habían llegado los miembros de la Juventud Comunista (¿no la había disuelto el partido?), venían muy rijosos. También era de Medicina el líder. Comenzó a organizar sus filas, a una señal suya todos debían levantarse. Abajo del estrado dos filas hasta la salida para sacarlos por el centro a patadas, como se merecían. Se preparaba una verdadera paliza. “¡Hay que bajarlos de ahí!”, vociferaba alguien. Me hice el tonto con uno y me dijo: “Estas mierdas estuvieron anoche con Zabludovsky ¿no los viste?, tenían que ser judíos…”.

“No me gusta esta zarandeada”, le susurré al oído a Beas, “es un linchamiento, compa. Mejor vamos a echarles a perder el numerito a estos pinches pescados”. Los ojos le brillaron al Beas: “¿Pero cómo?”, me preguntó en voz baja, “si los defendemos nos van a madrear con ellos”. De eso no cabía duda. “Tengo un plan”, le dije, iluminado de pronto.

Resulta que hacia tiempo, en una venerable edición rústica de Editora Nacional, había leído Psicología de las masas, de Gustav Lebon. En este texto se analizaba el comportamiento de las turbas en la Revolución Francesa. Es imposible detener la furia desatada. Pero el autor contaba una anécdota. Una vez, para salvar a unos aristócratas a punto de ser masacrados por una multitud, un hombre dominó el vocerío hablando más fuerte en contra de ellos, hizo así que lo escucharan y luego concluyó: “¡El peor castigo para estos malditos será ser juzgados por un tribunal!” Y así los salvó en ese momento (ya no me acuerdo si el tribunal de todos modos los mandó después a la guillotina).

“Cuando estos comiencen su desmadre, ayúdame a que tome el micrófono”. Ésa era la clave. Dominar al vocerío y sabotear a quienes querían echarlos. Beas entendió muy bien lo que me proponía y fue a hablar con el Médico Loco para que se pusiera de nuestro lado, nada más por ir a contracorriente, me imagino que algo así fue su argumento. Volvía a tener, como una droga adictiva, la adrenalina de la acción.

Irrumpieron de pronto en el estrado los franceses —los acompañaba una mujer que había escrito un libro sobre Marx y Hegel para denunciar el pensamiento totalitario del primero—, acompañados del director de la facultad y alguna otra autoridad universitaria. Los presentó brevemente el director, junto con quien iba a realizar la traducción. Empezó Glucksmann, quien pronunció algunas palabras en español. Y comenzaron los gritos: “¡vendido!, ¡traidor!, ¡puto!, ¡judío!, ¡mierda! ¡cuánto te paga Televisa! ¡agente de la CIA! ¡hijo de la chingada!” Vigilaba al líder de Medicina, para cuando diera la señal del ataque. De pronto, levantados al unísono, se pusieron a armar sus filas. “¡Ahora”, le dije a Beas, quien me abrió paso junto con el Médico Loco, que gritaba, en efecto, como un loco. Los “¡fuera, fuera, fuera”, ya eran un coro unánime. Logramos treparnos rápidamente al escenario. El rostro de los franceses mostraba ya la sorpresa y también el miedo que provoca una muchedumbre agresiva.

Beas derrumbó a un profesor que nos quería cerrar el paso. Los funcionarios se habían arrinconado. Ni cómo llevarse a sus invitados. Bernard Henri Lévy había querido hablar y tenía el micrófono en la mano sin decir ya nada. “Presta pacá pinche franchute” Hubo aplausos cuando le arrebaté el micrófono. Y se me ocurrió la frase del día: “Compañeros: ¡No aceptemos la provocación del gobierno! ¡Las fuerzas revolucionarias toman control de la visita de estos franchutes para demostrar que el glorioso movimientos estudiantil mexicano sabe discutir con cualquier revisionista, traidor o hijo de su puta madre que nos envíen!”

Ya Beas y el Médico Loco escoltaban a los franceses, que estaban juntos, de pie, desolados en medio del maremágnum. “¡Así que propongo un debate, no le hagamos el juego a Televisa, que quiere demostrar que no tenemos ideas!” Un grupo nos hizo eco y comenzó a gritar: “¡Debate, debate, debate!”. Alcancé a mirar cómo el líder de Medicina movió la cabeza y se retiró con sus huestes. De reojo vi a los franceses, no sé si estaban entendiendo completamente, pero seguro estaban recuperando el color. “A ver, el traductor…” Y el lío acabó en una discusión desordenada, dirigida por nosotros.

Nos fuimos al estacionamiento con los franceses, ya relajados, quienes nos invitaron a cenar a su hotel. Beas no se despegaba de la escritora y le hablaba en un francés horrible que la hacía reír. Yo no los acompañé y me retiré porque todavía tenía reflejos clandestinos. Sin duda fue ésa una tarde divertida, cuando salvé de algo feo a los ahora muy famosos André Glucksmann y Bernard Henry-Lévy.

A Rubén

Obras de:

Bernard Henri Lévy
  • »Piero della Francesca (2011)
  • »La guerra sin el amor (2011)
  • »De la guerra en filosofía (2010)
  • »Piezas de identidad (2010)

André Gluckmann

  • »Discurso de odio (2007)
 



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fecha 30 de junio de 2012 00:27
ultima modificacion Ultima modificación: 00:12
autor Por: Gerardo De la Concha
 
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