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Dibujar con la mirada. Artistas mexicanos en Nueva York*

Miguel Ángel Muñoz

 

El romanticismo fue un acto de fe en el arte. El “espíritu del tiempo” romántico define al artista moderno como el creador audaz que apuesta por la trascendencia estética y descubre el significado de una obra determinada en un mundo sobrepuesto al arte. El artista debe mostrar a las “almas de plomo”, incapaces de elevarse por encima de su estatura, cómo transfigurar un universo que es y no es subjetivo, y sólo a medias personal: el reino del arte. Alfonso Mena, Rubén Leyva, Vladimir Cora, Jazzamoart, Francisco Toledo, Rofoldo Nieto, José Luis López Galván, José Parra, Adriana Torres, Anabel Mayorga, Albert Avila, Eden Mir, Luis Malo, Alan Vázquez, Yunuen Esparza, Víctor Haro, Pedro Trueba, Jessica Feldman, Carla Elena, Gustavo Bustos, Fuentevilla, Ricky Granna, Montserrat Pérez Guzmán, Montserrat Pérez Guzmán, Eduardo Sánchez del Valle, son un claro ejemplo de ello. La mejor muestra es el proyecto SOUL OF MEXICO 2016, que se presenta en la Galería Torchez de Nueva York

Santayana decía que los criterios del arte paren de dos supuestos que deberían complementarse: lo que es bello para uno parece absurdo que lo sea para todos, en consecuencia el “test de verdad” del arte exige que una noción consensuada de belleza debe pasar por el tamiz apreciativo del gusto crítico mejor preparado.

A Matisse le obsesionaba el dibujo. “Os he mostrado mis dibujos para aprender a representar un árbol, como si jamás hubiera representado uno. Lo veo desde mi ventana: la masa del árbol, después del árbol mismo, el tronco, las ramas, las hojas… El árbol es también el conjunto de efectos que despierta en mí… El signo del árbol. El punto de coincidencia de emociones en él”. Sí, las hojas del árbol pueden ser tratadas por cualquier artista. Los grandes pintores nos han dado una lección. Claude Lorrain, Poussin, han inventado su manera de expresar las hojas, de imponer su lenguaje personal. Debemos mirar a los chinos, decía el poeta francés Mallarmé, para descubrir nuevos signos.

En estos tiempos “modernos” de una saturación visual, se percibe con claridad que la importancia de un artista se mide en relación con la cantidad de signos nuevos que es capaz de imponer en el lenguaje plástico, en la gramática del arte que ha hecho propia. Vemos así hojas de Matisse, de Picasso, en las cuales la transposición ilusoria del naturalismo tradicional nada cuenta. Se imponen como hojas de artista.

El creador actúa con un material expresivo del que conoce sus propiedades. Por ejemplo, Antoni Tápies, las ignora intencionalmente, en momentos para descubrir el máximo de sus posibilidades formales. El artista experimenta con el lápiz o el pincel sobre la superficie rugosa, dúctil o resistente a la presión de la mano. Su acción se convierte así en un ejercicio de tacto, de percepción de las distintas gradaciones y texturas que descubren la orografía de la nueva superficie pictórica.

El dibujo y la intervención sobe el papel requieren un método equilibrado que delimite y sujete el libre fluir gestual. O bien desarrolle en tramas textuales azarosas ese fluido matérico – el grafito- hasta transformarlo en el núcleo de una nueva proyección formal. La dialéctica apropiación y copia, originalidad y reproducción, adquiere trazos nítidos, como son aquellos trazos magistrales y poéticos de Giacommetti. Recuerdo con asombro memorioso - como mero ejercicio de comparación- el trazo continuo que define las figuraciones de Matisse y el caos aparente de tracerías sobrepuestas del que emerge la expresión más fuerte del arte alemán en los trazos de Óscar Kokoschka; o, también, los magistrales grafismos de Lipchitz.

El dibujo, el collage y la obra gráfica, en menor medida, establece un juego de resistencias entre la presión expresiva y la aridez del utilizaje técnico. La economía de gestos regula la acción de marcar intencionalmente: la génesis de las formas se percibe como un proceso de relaciones cuya intensidad viene dada por su desarrollo mismo y escapa a cualquier otra denominación, estilística, narrativa o diferencial. La dinámica formal ocupa por entero el espacio sensible. Su fuerza condiciona el resultado de la obra.

Alfonso Mena (México, DF, 1961) Formado en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado "La Esmeralda" INBA, México, a mediados de los años ochenta. Expuso por vez primera Pintura y dibujo en la Galería de Los Príncipes, Casa de la Cultura de Oaxaca, 1984. Después otras citas importantes: Pintura y dibujo. Galería Arte Contemporáneo. México, D.F, 1990; Del origen del agua. Pintura. Galería Drexel. Monterrey, Nuevo León. México, 1994; Nubes de grafito. Pintura. Galerie Espacio. Morges, Suiza.1994; Historia de las Cosas. Litografías. Kido Gallery, Osaka Japón, 2007; Historia de las Cosas, pintura, dibujo, video y arte objeto. Galeria Pi, Ciudad de México, 2011; situaron su trabajo en un lugar clave en la escena artística mexicana. Entre bienales, ferias, concursos, salones y colectivas, ha participado en más de noventa exposiciones. No obstante, sus dos grandes muestras en el Palacio de Bellas Artes y en el Museo de Arte Moderno, ambas en México, por citar sólo lo más relevante y reciente, pueden acreditar, a escala no sólo de nuestro país, sino en América Latina de su importancia en el arte abstracto del siglo XXI. El origen de sus construcciones pictóricas, se asocian a un hecho traducible en el plano estético: arquitecturas imaginarias, paisajes enigmáticos, atmósferas laberínticas, cuyo significado sería difícil explicar en palabras. Conversación sin sentido. Espacio abierto. Forma inconclusa. Mena es el creador de un genuino lenguaje abstracto que se define en esos espacios de colores poéticos, carentes de efectismo y perspectiva. “Los pintores abstractos —dice Octavio Paz— oscilan entre el balbuceo y la iluminación. Con la poesía ocurre lo contrario: el poeta no tiene más remedio que servirse de las palabras —cada uno con un significado semejante para todos— y con ellas crear un nuevo lenguaje”.1 La pintura de Mena representa en buena medida un cambio irreversible en la pintura abstracta de México. Quiere su obra ser un ejercicio de composición y color, de transformación del color en forma primordial que regula los juegos visuales. El arte de Mena significa una apuesta fuerte por la pintura. Su curiosidad vital y su dinamismo intelectual coinciden con un complejo reducto de intimidad creativa hecha de lectura, escritura y reflexión, es verdad, pero aquilatada por la avidez de la mirada acrecentada con el tiempo, que se permite escasas condescendencias y sigue aportando un redoblado entusiasmo por el rigor y la obra acabada. Una estética tramada por el equilibrio que contiene el explosivo discurso expresivo, sin duda, pero que reincide en la obsesiva investigación del espacio plástico como el campo de acción del drama constructivo elaborado por las formas sensibles sobre la tela o el papel.

Rubén Leyva (Oaxaca, México, 1953) Parte de la naturaleza personal y creativa de Leyva consiste en reivindicar una libertad artística absoluta para sí mismo, avanzar contra el rumbo de las expectativas y seguir sorprendiendo siempre. En cada uno de los nuevos grupos de obras —gráfica, cerámica, óleos— trabaja con un espectro nuevo de contenidos, elementos estilísticos, materiales y símbolos; esto lo lleva a cabo de manera infatigable, con una capacidad de asombro ilimitada, sin dejarse llevar por la corriente. En el campo creativo, Leyva sabe lo que quiere, lo lleva a cabo y continúa buscando cosas nuevas a una gran velocidad. No está dispuesto a satisfacer ningún deseo ajeno, de obtener un lenguaje cerrado y uniforme. La cohesión global de su obra se basa por encima de todo en que él es pintor. Es sorprendente que Leyva siga logrando ampliar de forma continua el espectro de medios artísticos, y de materiales aplicados, pero sin dejar de ser fiel a la pintura.

No obstante, dentro de esos casi treinta años de quehacer artístico habita, como una especie de territorio paralelo, el trabajo sobre papel, que parece invitar al espectador a recorrerlo de forma única y específica; es decir, sin comparaciones con el resto de las piezas realizadas por el mismo artista.

Leyva concibe el papel —dibujo, serigrafía, grabado, collage, litografía, xilografía— como un ámbito particular y sin extrapolación posible, un lugar propio, construido o adquirido mediante la sola y áspera perseverancia de entender cómo se comporta un material, qué manifiesta, cuáles son sus resistencias y sus resortes, hacia dónde encamina la dicción pictórica. Insistir en la búsqueda de un conocimiento más complejo de la pintura es, posiblemente, una de las divisas fundamentales de la obra de Leyva; permanecer junto a unos mismos temas, matizándolos hacia una precisión más compleja, sin sobresaltos y sin deriva, regresando siempre al mismo punto de partida. Un constante movimiento, para lograr una evolución sin vuelta, un rasgo clave del trabajo del artista. En este sentido, su pintura nunca se ha cubierto del artificio, en esa inmediata fascinación que crea un logro creativo, un descubrimiento. Es más bien, una duda absoluta, una transformación, que conlleva un proceso lento, único en su generación. Hay que recordar sus anteriores exposiciones individuales, donde se ve claramente, no sólo su evolución estética, sino también los cambios constantes de su discurso. Sobresalen: Obra en papel (2010), en el Centro Provincial de las Artes, Guantánamo, Cuba; Crónicas de un jugador (2007), Centro Provincial de las Artes, Guantánamo, Cuba (presentación libro); Construcción de sueños y deseos. Esculturas (2004), Haus Samson Galería Gruppe 13 Harse Winhel, Alemania; Rayando en la memoria (2002), Instituto Francés de América Latina, Ciudad de México; Espejos del alma ( 2000), Casa Lamm, Ciudad de México; Jugar o no jugar (1999) Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca, To play or not to play (1999), Grosvenda Place Galery, Londres, Inglaterra; El reino de la luz (1997), Galería Talento Mexicano, Ciudad de México; Tierra Solar (1995), Instituto Cultural Mexicano. Es el único artista mexicano que ha participado con una exposición individual en la ONU, con motivo de los 50 años de la Organización de las Naciones Unidas en Nueva York en 1995, y una obra suya fue seleccionada para realizar una obra gráfica para dicha celebración.

La pintura de Jazzamoart se sitúa en el centro mismo de esa radicalidad. Como sus admirados poetas San Juan de la Cruz, T.S. Eliot, Wallace Stevens, Efraín Huerta o Jorge Luis Borges, su trabajo no se inscribe en la emisión ni en la recepción, sino en el espacio intermedio, en el hueco que separa ambos extremos.

En 1972, Jazzamoart (Irapuato, 1951) expone por vez primera de forma individual en la galería de la delegación Álvaro Obregón, hoy Centro Cultural San Ángel. En 1981 participa en el Salón Nacional de Artes plásticas del INBA y en 1982 exhibe en la Primera Bienal Rufino Tamayo, con obras de una gestualidad sorprendente. En 1985 participa en el Premio Internacional de Dibujo Joan Miró en Barcelona, España, y ese mismo año recibe mención honorífica en el Salón Nacional de Escultura. Un año después gana el Gran Premio de la Bienal de Miami, Florida, etc. La pintura de Jazzamoart destaca porque encuentra una salida hacia la abstracción que arranca de la tradición figurativa, asimilada a través de la naturaleza y el paisaje, a través de una figuración que alcanza pronto y sin censuras un elocuente lenguaje formal.

Quizás La embriaguez (1986) y Al carajo el éxito (1986), constituyan en la obra de Jazzamoart la mayor síntesis de esa ansiedad de influencias que con tanta fuerza va a marcar a su generación y a definir las primeras tentativas rupturistas en el arte posterior a la generación de la Ruptura en México. Con otra excepción: el distanciamiento formal, tan evidente en nuestro artista, del imperativo de la figuración de artistas mexicanos como José Luis Cuevas, Vlady, Gilberto Aceves Navarro o Roger von Gunten, quienes constituyen, casi por unanimidad, el eslabón necesario hacia la emancipación imaginativa, muy alejada ya del nacionalismo. Sin embargo, queda aportar una explicación clara al respecto, el lenguaje de Jazzamoart derivó hacia posiciones muy diferentes y aquí de nuevo encontramos la presencia informalista. Esta época es, de alguna forma, la transición o el puente estético donde su obra va a cambiar hacia una semifiguración definitiva. Son obras, pues, que nos permiten visualizar la profunda impresión provocada por la pintura norteamericana descubierta a través de libros y otros pintores de su generación; la abstracción lírica tan a menudo invocada por la crítica para descubrir el giro informal que se produjo a lo largo de esos años. Es el momento centrado en la “especulación de la forma”, en la puesta de una diferencia significante que rompa la geometría compositiva. No sé si 1977 ó 1978 señala el periodo final de las tentativas abstractas de la pintura de Jazzamoart, pero lo cierto es que a partir de ese año se multiplican notablemente los motivos que podemos calificar de abstractos en la amplia acepción del artista; como evocaciones de elementos del entorno cotidiano más o menos fantaseadas por el pintor. Dicho de otra forma, más figurativos y próximos a lo que será su lenguaje estético.

Francisco Toledo (Juchitán, Oaxaca, 1940) Dotado de una sensibilidad única en el arte de México, que se alumbra en la contemplación del paisaje de cada “pequeña sensación”, Francisco Toledo podría ser el heredero natural de Rufino Tamayo. El que es reconocido como el pintor mexicano más interesante de su generación, explicaba que su tarea como pintor era “ocuparse de reflejar su historia, su tradición cultural…”. Así Toledo está hoy a sus 70 años más activo que nunca. En una época en que vivimos rodeados de un arte que rechaza la estética a favor de las ideas, más literatura que arte, la obra de Toledo se muestra como un discurso estético de deslizamiento entre la sorpresa y la libertad. Habría que añadir, dentro del lenguaje figurativo que práctica, que subsiste en él la tensión integradora de elementos gestuales y matéricos, pero que todos ellos se mezclan cada vez con mayor naturalidad, con ese toque sabio de que lo difícil y complejo parezca simple y sencillo.

Cada uno de los cuadros, cerámicas, esculturas, grabados y dibujos es un Toledo inédito, pero se deja notar como un distanciamiento reflexivo, una paciencia luminosa, que incrementa la claridad. Por este carácter de despojada relación con la materia, cada obra tiene algo de magia, de conversión íntima con la naturaleza: cambio y permanencia; vértigo y quietud. Su obra contiene posibilidades inimaginables para la pintura mexicana y muchas tienen el misterio de un tour de foorce: se puede ver al artista refugiarse en su obra, pero éstas a la vez se exponen a cualquier alteridad. En ellas, como ocurre en los cuadros de Tamayo, las atmósferas que se presentan, se representan y se filtran deliberadamente. Cada dibujo o pincelada, que traza sobre el espacio vacío se vuelve un proceso de la materialidad de la creación, pero también se transforma en detonador inquietante de su juego con el tiempo, la memoria y su presente histórico: el arte como depurada intensificación de la experiencia. Mujer atacada por peces (1972) y Juárez embrujado (1985), Muerte grillo (1990), obras que reflejan el anverso y reverso de su intento de búsqueda de imágenes elocuentes, pues son variaciones de su propia realidad, a la vez mediaciones sobre la memoria histórica y artística de su pasado y su presente. En realidad, su obra tiene algo de Éste es mi nombre del romántico Adonis, pero los ritmos de Toledo no son nada quietos. Algunos de sus dibujos y grabados recientes —su serie sobre un texto de Kafka, por ejemplo—, que están entre los mejores que ha hecho, tienen la sutileza cromática de la atmósfera. Quiero decir que, junto a los colores planos saturados, que en su obra han tenido un perfil definido, con negros, azules, oscuros, sienas, grises, blancos, aparecen ahora más grises, azules, y sobre todo el blanco y negro de sus gráficas. Renovación, transgresión; búsqueda constante, elementos claves que caracterizan su estilo. En este sentido, su obra gráfica corre en paralelo a la pintura, como dos diferentes herramientas de las que se sirve indistintamente para ir avanzando en su incansable búsqueda de un lenguaje propio; trayectoria basada en la constante investigación de las técnicas gráficas, desde la serigrafía y la litografía, hasta sus múltiples experimentos con el aguafuerte, bien sobre zinc o plancha, la punta seca, el barniz blando, el aguatinta a la cera…, nos dan el perfil de este creador. Es una alquimia sorprendente, inquietante.

En el crítico y revuelto mundo del arte contemporáneo, pocas trayectorias han sido tan serenas, serias y contundentes en México como la del pintor y escultor Vladimir Cora ( Acaponeta, Nayarit, 1951), que se dio a conocer en la década de los setenta y que, más de cuarenta años después, sigue en constante evolución creativa. En este sentido, habiendo fijado Cora su identidad artística inicial en una concepción analítica de la pintura, no ha dejado de evolucionar, en primer lugar, durante los años de 1970, afrontando una dimensión más figurativa y barroca de lo pictórico, de atmósfera muy romántica, y, más tarde, durante la de 1980, depurando sustractivamente su lenguaje hasta transformarlo en una visión cada vez más, la define el propio artista, como más "concreta y sintética". Cada una de sus obras es una aventura estética: encuentro y desencuentro. En realidad, desde hace más de diez años, Cora ha alisado la superficie pigmentada, no sólo convirtiendo las figuras y los gestos en apenas una impronta patinada, sino neutralizando los campos de color, que parecen como barridos cromáticos poéticos. La influencia que en este proceso ha tenido la experimentación de la escultura y de otros materiales, como las técnicas gráficas, y desde luego, el dibujo, ha sido clave para encontrar su propio territorio estético.

Dotado con una poética sensibilidad para la pintura, su trayectoria ha carecido de cambios imprevisibles y de sobresaltos. Por el contrario, ha conservado una identidad de fondo, que hace relativamente fácil la identificación de sus cuadros. En este sentido, su forma de trabajar la superficie y su riquísima materia, así como la reducción minimalista del motivo, que funciona con una manera silenciosa de ahondamiento, nos permiten relacionar armónicamente toda su evolución desde comienzos hasta su obra más reciente, como las infinitas series de cabezas y rostros, que son escenarios y enigmas constantes en su obra.

La pintura y escultura de Vladimir Cora es —reflejadas en series como Torsos, Cabezas o Señoras de Tecuala o su ya famosa serie de Los Apóstoles—, en efecto, una decantación, que se extiende y gotea como algo que se precipita al cabo de un tiempo largo para quedarse tan sólo con la esencia. La propuesta se sostiene sobre una profunda investigación formal que arranca hace un par de años y se centra narrativamente en la reelaboración imaginativa de la mitología helénica: figuras filiformes que destacan sobre planos horizontales al óleo y adelantan así de improviso los severos campos de color definidos. Cora entiende que la pintura debe nacer de la memoria “ancestral, —dice Vladimir Cora— de los viejos mitos de la humanidad y transformarse en la presencia de lo sublime que habita el cuadro”.2 Adriana Torres deriva los componentes figurativos hacia un haz de grafismos fácilmente identificables. Las formas plásticas se transforman en elementos dramáticos que dominan el espacio sensible. Las obras se definen como meras sugerencias que concluyen en los límites exactos del cuadro: signos alusivos o, si se quiere, escritura figura sin más. Jessica Feldman, heredera del arte “cinético” y de la abstracción más poética; su obra alarga en cada línea, en cada trazo su capacidad inventiva. Sin embargo, su trabajo configura una obra llena de tonos y grafismos, resultado de una reflexión profunda entre la pintura y la poesía.

Rodolfo Nieto (Oaxaca ,1936-Ciudad de México ,1985), por el contrario, es el maestro de la concisión expresiva. Explora como nadie en su generación —salvo el genial José Luis Cuevas— las posibilidades simbólicas, energéticas y expresivas del dibujo. Pero con la ambigüedad y la imprecisión necesarias para transformarse en cualidades pictóricas, entre el espontaneísmo y el materialismo gestual y efectista. Se trata de paradojas conceptuales conceptuales con pretensiones de representación, por utilizar un criterio cautelosa. En resumidas cuentas, materia y naturalismo como representaciones indisociables.

Jose Luis López Galván, José Parra, Adriana Torres, Anabel Mayorga, Albert Avila, Eden Mir, Luis Malo, Alan Vázquez, Yunuen Esparza, Víctor Haro, Pedro Trueba, Jessica Feldman, Carla Elena, Gustavo Bustos, Fuentevilla, Ricky Granna, Montserrat Pérez Guzmán, Montserrat Pérez Guzmán, Eduardo Sánchez del Valle, creadores cada uno de ellos, con una vez personal, profunda, cuyo resultado es su pintura misma. Su discurso estético se traduce a realidades sensibles mediante un equilibrio de formas o estructuras formales que traducidas a estilos o lenguajes codificados vigila la historia del arte. O sencillamente, son mundos formales que constituyen sin duda la cultura visual de una época, sea o no la nuestra. La muestra evoca un diálogo imaginario interminable. Una exposición de obras múltiple, diversa, que no muestra el mapa del arte contemporáneo en México, pero que sí es un registro de caminos muy personales y originales en el panorama de lo que pasa del otro lado de un puente enorme. Lo había captado como nadie William Blake: “quien no ve una luz más clara y mejor que la de nuestros ojos perecederos, eso no ve nada. Y aquí una breve muestra”.

El romanticismo fue un acto de fe en el arte. El “espíritu del tiempo” romántico define al artista moderno como el creador audaz que apuesta por la trascendencia estética y descubre el significado de una obra determinada en un mundo sobrepuesto al arte. El artista debe mostrar a las “almas de plomo”, incapaces de elevarse por encima de su estatura, cómo transfigurar un universo que es y no es subjetivo, y sólo a medias personal: el reino del arte. Alfonso Mena, Rubén Leyva, Vladimir Cora, Jazzamoart, Francisco Toledo, Rofoldo Nieto, Jose Luis López Galván, José Parra, Adriana Torres, Anabel Mayorga, Albert Avila, Eden Mir, Luis Malo, Alan Vázquez, Yunuen Esparza, Víctor Haro, Pedro Trueba, Jessica Feldman, Carla Elena, Gustavo Bustos, Fuentevilla, Ricky Granna, Montserrat Pérez Guzmán, Montserrat Pérez Guzmán, Eduardo Sánchez del Valle, son un claro ejemplo de ello. La mejor muestra es el proyecto SOUL OF MEXICO 2016, que se presenta en la Galería Torchez de Nueva York

*Texto del catálogo de la exposición “SOUL OF MEXICO 2016”, que se inaugurará en unos días en la Galería Torchez en la ciudad de Nueva York.

1 Lenguaje y abstracción, Octavio Paz. Publicado en Los privilegios de la vista I. Arte moderno Universal. Fondo de Cultura Económica, México, 1991. 2 Entrevista personal con Vladimir Cora, Acaponeta, Nayarit, 2012

 
 
 

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fecha 15 de octubre de 2016 01:15
ultima modificacion Ultima modificación: 23:38
autor Por: Miguel Ángel Muñoz / miguelamunozpalos@prodigy.net.mx
 
 
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