Diario La Razón
Lunes 21 de Agosto | 6:59 am
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Año cero
 

AÑO 6

El pediatra revisó el historial clínico de su pequeño paciente y mandó un aviso de alerta amarilla a la aplicación con la fecha y hora de la consulta.

Seguramente los padres le mandarían un mensaje preguntando que sucedía en unos minutos.

Su teléfono empezó a vibrar, era el padre del niño.

"Disculpe Dr. acabo de recibir una alerta. ¿Todo bien?"

Tecleó en su teléfono "No sé, el dispositivo marcó un punto rojo en el historial que me alertó, probablemente sea solo una actualización pero la ley me obliga a revisarlo personalmente".

"Pero nunca hemos tenido ningún problema, hemos cumplido con las vacunas y en los casos de enfermedad usted nos ha mandado el código para surtir las recetas vía online"

"También para mí es extraño, pero vea el lado positivo, he seguido a (revisó rápidamente el nombre del niño) Fer desde que nació y aunque siempre ha sido sano, al fin tendré la oportunidad de conocerlo personalmente" "Ok. Dr, nos vemos en unos días"

El pediatra se sentía nervioso, tenía ligeramente oxidada su habilidad en revisión física pero confiaba en que lo que bien se aprende, nunca se olvida. AÑO13

El adolescente inició la subida al muro del colegio como forma de protesta, en realidad no tenía miedo, nunca le habían permitido llegar hasta arriba, su implante avisaba de la situación de riesgo antes incluso de llegar a la mitad y justamente eso era lo que le sacaba de quicio, el sentirse vigilado, agobiado, el no poder faltar a clase, el no poder esconderse para estar solo, el ni siquiera poder fingirse enfermo para evitar que lo vieran con ese feo grano que le había salido en la frente.

Sí, ahí estaban los prefectos, esta vez incluso antes de llegar a la mitad del muro, ya se imaginaba que el dispositivo se actualizaba según sus patrones de comportamiento.

AÑO 18

Pidió otra ronda de tequila, era su mayoría de edad y había que celebrarlo aunque en realidad quería emborracharse pues justo a las 12:00 a.m. le llegó un mensaje de su papá felicitándolo, el hecho de que no llegara a comer con él debido a su trabajo, le provocaba dolor pero, algo sordo pues ya tenía años de experiencia en eso de la ausencia.

El camarero, pasó el escáner sobre la muñeca y le enseñó el aviso de la policía donde solicitaban, para poder servir otra ronda, la retención de las llaves del automóvil del cliente.

Resignadamente entregó el llavero pues sabía que de no hacerlo irían de manera humillante al bar para llevarlo a casa. Lo había visto infinidad de veces en incontables lugares a los que había ido desde los 16 años aunque esta sería la primera vez que le podría pasar a él pues la ley ya permitía que le fuera vendido alcohol.

AÑO 21

Los legisladores, en su mayoría mayores a los 45 años habían decretado el aumento en la mayoría de edad ante la falta de criterio de los jóvenes y se había autorizado la localización a través del dispositivo.

Escapó de su casa y se sintió frustrado al haber tardado más en planearlo que en ser encontrado mediante geolocalización y llevado ante su avergonzado padre. No importó que dijera que era en apoyo al creciente movimiento en contra de un dispositivo que su generación nunca había pedido.

AÑO 27

La alerta sonó estrepitosamente, el consumo de antidepresivos había excedido el límite permitido, ésta era la tercera vez en el mes que su hijo se pasaba de la dosis, la recomendación que había llegado desde la primera vez era que le controlaran el medicamento pero después de una larga discusión le permitió llevar el control, en 3 años más sería mayor de edad y por ley tendría que salir de casa. No sabía que estaba pasando con su niño. AÑO 29

La alerta sonó y sonó hasta que, acostumbrado como estaba a la frecuencia con que sonaba, la silenció para seguir durmiendo. Los sonidos de las sirenas fueron lo que lo despertaron para inmediatamente después, escuchar el timbre de la puerta. Se puso la bata, bajó y apenas abrió, un par de paramédicos entraron raudos con celular en mano y cargando el botiquín de reactivación cardiopulmonar.

Alarmado subió tras ellos y encontró a su hijo caído, su frasco de antidepresivos y uno de los que le habían recetado a él para tratar su corazón. Apenas recordaría los intentos incesantes e infructuosos de los paramédicos por revivirlo pero estaba seguro que nunca, olvidaría la sonrisa de paz en el rostro de su bebé y el grito desgarrador que solo después supo que él... había dado.

AÑO CERO

Empezó por comodidad y salud el que los nuevos padres aceptáramos la implantación de un pequeño dispositivo que mantendría una vigilancia sobre nuestros vástagos. Ya no tendríamos que poner una almohadilla en la cuna que avisara de la respiración del recién nacido evitando la muerte de cuna, sabríamos si el bebé presentaba alguna deficiencia vitamínica, si tenía parásitos, si su llanto era por hambre, sueño, malestar o incomodidad. Nunca ha existido un manual del padre, nadie sabe cómo hacerlo y aunque todos creemos saberlo, cada individuo tiene una personalidad única que no siempre facilita el proceso así que, en un mundo en el que toda nuestra información aparece en un teléfono inteligente, en que hasta la ropa que usamos tiene conectividad "bluetooth", el que un pequeño implante indoloro en la tierna infancia nos facilitara la nueva aventura llamada paternidad era un avance maravilloso y los que trabajábamos todo el día mitigábamos el sentimiento de culpa de no saber como estaba nuestro pequeño hijo al recibir alertas cada determinado tiempo de su salud, ubicación, bienestar y podíamos configurarlo a que en caso de emergencia, se avisara a su pediatra, a la policía, a los bomberos y al pariente más cercano. En otras palabras, cedimos nuestra obligación a un dispositivo electrónico y nos dedicamos a vivir nuestra vida sabiendo que éramos... "buenos padres".

 
 
 

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fecha 12 de noviembre de 2016 01:23
ultima modificacion Ultima modificación: 01:05
autor Por: Raúl Sales
 
 
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Año cero

Ilustración: Elihu Hernández

 
 
 
 
 
 
 
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