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Rompecabezas
 

En la Universidad, en el último semestre de Negocios, la carrera se fusiona con la facultad de Psicología, en algún momento, los directivos tuvieron la ocurrencia de que un buen empresario debe saber psicología y un buen psicólogo, debe saber de negocios así que, tuvieron la brillante idea de crear un programa mixto y unir las dos facultades.

Ese último semestre era conocido entre los alumnos como "La mezcla imposible" y es que podíamos estar en el mismo salón de clases y sin conocernos, quien entrara podía perfectamente señalar quienes eran unos y quienes otros. No teníamos intereses comunes, no nos vestíamos igual, ¡Vamos! en Negocios llevamos una clase completa de cómo vestir para dar una buena impresión y era una regla no escrita que después de esa clase, tu vestimenta tenía que ser acorde hasta tu graduación. Por otro lado, los psicólogos eran mucho más relajados en su vestimenta y pensativos, tenían una noción del tiempo diferente a la de nosotros y bueno, ya se pueden imaginar lo tenso y caótico que resultaba para los maestros pues aunque nuestro comportamiento era diferente, la competencia era nuestro único lugar común y ambas facultades se aferraban a demostrar que una era mejor que otra.

Era tanta la rivalidad que el mismísimo director de Psicología, renombrado y famoso profesional decidió crear una actividad de integración. A estas alturas ya todos habíamos pasado por los innumerables jueguitos de los maestros de "di tu nombre, como prefieres que te llamen y algo que te gusta de ti", o alguna variante igual de absurda así que cuando el renombrado psicólogo que despertaba admiración en su facultad pero que a nosotros sólo nos daba risa el pequeño y distraído viejito dio las instrucciones solo pudimos suspirar y seguirle la corriente.

"Escojan una pareja, de la otra facultad, de preferencia de diferente género y se mirarán fijamente por la próxima media hora sin emitir palabra alguna".

Ella se sentó frente a mí, se quitó el pelo de la cara con un soplido hacia arriba, apoyó los codos en la banca, cruzó las manos, descansó la barbilla sobre ellas, me guiñó un ojo y me miró. Creo que tuve la boca abierta durante todo el proceso pero, mi entrenamiento en ventas tomó el control. La miré fijamente transmitiendo el interés, la empatía y la confianza que practicamos por horas para lograr convencer a un cliente.

La vi, me vio, nos vimos, analicé sus pupilas, mis ojos estaban fijos en los suyos pero, mi mirada periférica se distraía en las pecas de su nariz, en el fruncimiento de sus labios, en el mechón castaño que ondulaba al ritmo de su respiración... perdí la noción del tiempo.

Cuando sonó la alarma estaba tan ensimismado que ella tuvo que sonreír, levantarse y con un escueto "gracias" me guiñó nuevamente el ojo y se fue a su mitad del salón. Baste decir que de haber sido una negociación la hubiera perdido pues no pude ni balbucear el "a ti" que pensé y no escuché ni la explicación del ejercicio, ni el que aprendimos, no escuché nada ni me percaté de nada. mis ojos seguían clavados en ella aunque ella ya no me estuviera viendo.

No tiene caso que les cuente las "estrategias" para acercarme, para coincidir en pupitres, comidas, recesos, el contestar preguntas de los maestros para hacerme notar, el reírme a carcajadas a un mal chiste y mucho menos, el que les cuente los libros de psicología básica que descargué de la web y que leía en las madrugadas para poder tener algo de qué hablar con ella. A estas alturas de mi obsesión, ya sabía su nombre completo, sus dos ex novios desde que estaba en la universidad, su residencia, bueno, sabía hasta cuál era su plato y música favorita. El semestre se fue en un suspiro, y aunque salí con sobresaliente en casi todas las materias, fracasé en el intento de llamar su atención.

Fue hasta la entrega de cartas de pasantía que se acercó y se presentó, nuevamente ella tomó la iniciativa y controló la situación. Se podrán imaginar el hueco en el estómago y la piel de desplumada gallina friolenta que me asaltó.

Salimos por meses y aunque ambos teníamos ocupaciones distintas, siempre terminaba a su lado donde estuviera, en su casa, en la mía, en un motel entre medio, en un congreso, en mi oficina, en el consultorio de su padre.

Cuando empezó su tesis, nuestras noches se hicieron más cortas y en las noches en que se quedaba, se despertaba en la madrugada, prendía la laptop y se recostaba semidesnuda en el sillón de la sala a escribir. La veía ensimismado y le servía otra taza de café antes de regresar a la cama mientras ella pasaba la noche en vela. Al despertarme, generalmente se había ido. Mi reloj biológico dividía los días en dos, con ella y sin ella y estar sin ella me provocaba una ansiedad similar a la abstinencia de una droga.

Dejé de verla de un día para otro, la busqué, le llamé, fui a su casa, a la facultad, le exigí a su padre primero a gritos y luego le rogué con llanto que me dijera donde estaba, él me escuchó, me abrazó y me dio unas palmaditas en la espalda comprendiéndome, disculpándose pero, no dijo nada.

Mi depresión fue severa, pasaba del llanto a la ira sin control, me despidieron, me dejé la barba y pasé semanas con el mismo pantalón y la misma camiseta raída, yo, obseso del orden viví en un desorden que reflejaba mi caótico mundo interno, mi corazón roto, mi universo desplazado.

Poco a poco fui saliendo del abismo, me hicieron pedazos, me fundieron hasta mis ingredientes base y pude forjarme nuevamente, solo, decepcionado, endurecido, incrédulo y frío.

Un año después, ya con mi vida rehecha aunque, nunca igual, recibí un paquete, era su tesis perfectamente encuadernada. Empecé a temblar, sentí como cada cicatriz de mi roto corazón se abría nuevamente. En letras doradas ponía: "El constructo del amor y sus efectos en la personalidad masculina". Lo abrí y una lágrima se deslizó por mi mejilla al leer la dedicatoria:

"A ti, mi pequeño conejillo de indias, mi más intensa prueba de autocontrol.

A ti, mi rompecabezas favorito, espero que puedas armar tu corazón y algún día nos veamos nuevamente a los ojos y... entiendas mi razón".

Debí imaginarlo desde que una noche me dijo que el amor no existía, que sólo era un constructo de nuestra psique, aderezado con hormonas y feromonas. Debí saber que no era una de sus frases al aire, una de sus notas mentales en voz alta o una revisión de su tesis. Por la forma en que me miró, yo, que había sondeado esos ojos hasta lo más profundo, debería haber leído en ellos que me estaba advirtiendo, que muy dentro, sentía un poco de conmiseración por mí. Debí saberlo pero, dijera lo que dijera, el amor si existía en mi universo, en mi cabeza, en mi corazón y creí, ingenuamente, que un solo amor... sostiene a dos.

 
 
 

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fecha 26 de noviembre de 2016 01:24
ultima modificacion Ultima modificación: 23:06
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