Diario La Razón
Viernes 24 de Marzo | 3:55 pm
Facebook Twitter RSS Youtube
 
 
LA NIÑA
 

La pequeña niña de tres años no emitía palabra algún; apenas, si tenías suerte alcanzabas a ver que señalaba tímidamente algún objeto que le llamara la atención o algo que deseara. Le habían puesto Soledad y no había nombre que mejor le quedara a una persona aunque, el nombre era sólo una formalidad pues, podía uno desgañitarse llamándola y nunca voltearía, por el contrario, si decías "niña", su mirada, tras el enmarañado y sucio pelo se levantaba buscando a quién la había llamado.

Apareció una mañana en el campamento de refugiados, nadie la reclamó, a nadie se le perdió, nadie derramó una lágrima o soltó un desgarrador grito de angustia por ella, simplemente llegó con el amanecer y un refugiado más o menos, no era noticia ni siquiera para los que intentaron infructuosamente llevar un registro.

Un campamento de refugiados tiene dentro de sus peores características un egoísmo de supervivencia adquirido, ese quedarse con el último mendrugo de pan duro ya que no sabes si tendrás al siguiente día, cuidar el poco espacio que tienes dentro de una abarrotada multitud y atesorar las pocas pertenencias que rescataste en la apresurada huída esperando que sean valiosas y puedan sacarte de un apuro pero que prefieres morir de hambre antes de dejarlas ir.

A pesar del egoísmo, la pequeña niña recibió trozos de comida, cierto, no los mejores pero el hambre remueve cualquier categoría melindrosa, recibió una ajada y agujerada cobija que pudo doblar evitando que los huecos dejaran pasar húmedas corrientes nocturnas que calaban huesos y siempre se refirieron a ella como "niña". Como todo ser humano en proceso de formación, la forma en que se dirigen a ti, es lo que consideras tu nombre y así lo consideró, "niña" fue su nombre hasta que la encontraron las brigadas médicas que de vez en vez, recorrían el campamento esperando que no se desatara una plaga que brincara la cerca donde "humanitariamente" los tenían resguardados mientras su país de origen se caía a pedazos. Una cosa era darles "refugio" y otra, dejarlos entrar libremente dentro de una sociedad que con el hecho de tenerlos en una parte de su territorio, se limpiaba a consciencia la consciencia pero que, sabía que su economía no soportaría la tensión provocada por dejarlos entrar al mercado laboral a precio de plato de comida y techo dentro de las naves industriales dejando sin espacios a una legítima fuerza de trabajo que amenazaba huelga ante la "amenaza".

Esas brigadas encontraron a la niña, la vacunaron, la alimentaron, la despiojaron y pasaron al siguiente infante siguiendo su cronograma hasta que se percataron que los demás niños regresaban con los adultos pero ella, seguía justo donde la habían dejado, quizá ignorada aunque, jamás arrollada por una masa humana que se movía a su ritmo extendiendo manos suplicantes de agua y comida. Ella se quedó ahí, inmóvil, viendo, rebotando sin daño entre piernas que inconscientemente la evitaban dañar. Una de las voluntarias se acercó y le habló, sabía pocas palabras de su idioma pero el tono era universal, miró buscando a quien se hiciera responsable de la niña y al no encontrar quien lo hiciera, la llevó a la tienda de control, era bastante normal que se perdieran los pequeños en la multitud y a los que encontraban los llevaban ahí hasta que fueran por ellos. La voluntaria se fue con una sensación de culpa pero no podía hacer nada, así eran las cosas.

La siguiente semana la encontró durmiendo plácidamente a las afueras de la tienda, la sacudió y ella solo se arrebujó más para seguir durmiendo, encogiéndose de hombros entró para iniciar su turno y empezó por hacer inventario de la ayuda humanitaria que había llegado y que habría que repartir, leche en polvo, botellas de agua, latas de comida, sacos de arroz y cosa rara, una barra de chocolate, sin pensarlo tomó la barra y salió a donde la niña dormía y la depositó en sus pequeñas manos. Sonrió al pensar que al despertar, se llevaría una bonita sorpresa y aunque estaba como voluntaria para ayudar, en esta ocasión sintió una calidez interna por haber hecho algo especial, pequeño pero único, por otro ser humano.

Preguntaron por todo el campamento. Sí, la habían visto pero, nadie sabía quién era, dónde estaba su familia, ni cuándo había llegado. Siguieron preguntando hasta encontrar al primero que la había visto. No, no sabía cómo había llegado, sólo sabía que al quitar el trapo que hacía las veces de puerta, ella estaba ahí, al principio la intentó ahuyentar creyendo que le robaría algo pero la niña no se inmutó, solo lo vio con esos ojos de color negro pero que si les daba el sol tenían extraños destellos dorados.

Curiosamente se referían a la niña como "a la que le di un pedazo de pan", "la que comió un vaso de estofado con mis hijos", "a la que le regalé la manta que me sobraba" y lo más extraño, la imposibilidad de las decenas de niños que dijeron que les compartió un trozo de chocolate.

El protocolo decía que con los niños sin familia debían dar aviso y pegar un aviso con su rostro esperando que algún familiar apareciere, fuera en el suyo o en algún otro campamento. Mientras tanto, la niña se quedaría en la tienda de control.

Dentro del cuerpo de voluntarios, había terapeutas que ayudaban a los refugiados a sobrellevar el abandono, la angustia, el terror de una guerra que les arrebató todo. Con los niños, especialmente los pequeños, les daban colores para que pintaran e indefectiblemente, el color rojo era el más usado, hasta los más pequeños sabían de qué color era la sangre. La niña también usó el rojo y el psicólogo no se sorprendió hasta que vio que ella pintaba pequeños manchones y no ríos rojos, cuando uso el verde y el azul, el rojo tomó un sentido diferente... parecían flores en un día soleado.

Los voluntarios le tomaron cariño, le sonreían, le revolvían el pelo, le traían ropa de sus casas, juguetes, dulces y ella les sonreía dando brincos de alegría, alegría que se les contagiaba y que se mantenía cuando veían los juguetes y los dulces repartidos por todo el campamento en manos de otros niños pequeños.

La llamaron Soledad después de un largo debate entre ellos para no seguir llamándola "niña" y como nunca respondió al nombre que le pusieron, empezaron a llamarla "cariño", "amor", "nena" aunque el más usado siempre era "Sol" y no sólo como abreviatura, sino porque sentían que era como un rayo de sol en su corazón, un destello de sus raros pero hermosos ojos negros con destellos dorados.

Sol era famosa entre los niños pequeños, no sólo por los dulces y juguetes que les "prestaba" sino porque cuando ella aparecía, los niños mayores, abusivos casi siempre por estar acostumbrados a la ley del más fuerte dentro del campamento siempre los agarraban en el acto de molestar a los menores y los corregían severamente e incluso cuando ella no estaba, solo gritaban "Sol" y los grandes salían huyendo antes de que les tocara otra tanda de varazos.

El día que se autorizó la entrada paulatina de los refugiados al territorio y con la buena noticia que obtendrían la ciudadanía después de una temporada de estar a prueba, la tienda de control se llenó de gente, gente que se soltó en lágrimas de gratitud, de sonrisas, de abrazos, gente que le entregaba sus más preciadas posesiones a los voluntarios y decían "para la niña", "para Sol" y los voluntarios, extrañados, preguntaron la razón. Uno de ellos, el primero que le dio una manta, le enseñó uno de los carteles con el rostro de Sol que estaban pegados pero no había rostro alguno, sólo una fecha escrita con manos de niña... la fecha de hoy.

Quizá no debieron nombrarla Soledad, quizá debieron llamarla... Esperanza.

 
 
 

Noticias Destacadas
Anterior Siguiente

 
fecha 10 de diciembre de 2016 00:14
ultima modificacion Ultima modificación: 23:59
autor Por: Raúl Sales
 
 
Todo sobre este tema
 
 
LA NIÑA

Foto: Victor Nieto

 
 
 
 
 
 
 
Secciones
 
website security
Acerca de La Razón
 
Complementario
 
 
Facebook Facebook Twitter Twitter RSS RSS Youtube Youtube
 
La Razón © Todos los derechos reservados 2014
Powered by Web Comunicaciones