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Otra Navidad en la puñeta

Carlos Velázquez
(Coahuila, 1978) es autor de los libros de cuento Cuco Sánchez Blues (2003), La Biblia Vaquera (2008), Remix EP (2009) y La marrana negra de la literatura rosa (2010) y crónica: El karma de vivir al norte (2013).

 

Luli, la contadora, estaba más buena que una piñata retacada de tejocotes, era una fiera para la fiesta. Le erraste a la profesión, le decían en la oficina, debiste dedicarte a la planeación de bodas, banquetes, ya de jodido a decoradora de interiores. Ya saben cómo es el clima en las dependencias de gobierno. Las mujeres se barbean unas a otras y todos los güeyes son bien calientes. Dicen cualquier cosa con tal de tirarse a una compañera. Y como nadie en el mundo oficinil es indiferente al elogio godín, desde noviembre Luli disponía de todo el personal para programar la noche más guapachosa del año: la posada.

Luli era una atleta. No faltaba al gimnasio ni aunque se le muriera un familiar. Y su cuerpazo aparecía en la oficina estrangulado por unos vestiditos que, apostábamos todos, no le dejaban circular la sangre. Y aunque todavía no era diciembre cuando el clima de la oficina se trastornó. Una emisaria salida del baño de mujeres corrió el rumor de que ese diciembre Luli había comprado un vestido de esos que se usan sin calzones. Y entonces comenzamos a fraguar un plan para que Luli nos enseñara sus miserias (es un decir, porque de miserable no tenía ni un poro).

Pegarle a la piñata es mejor que ir a terapia. Basta con que pienses que le estás dando de palos a tu padre, a tu madre, a tu hermana, a Trump. No existe mejor desahogo. Ni correr un maratón. Ni entrenar box. Bueno sí hay uno. Un acostón con la Luli. Pero había bateado a toda la oficina. Hasta el jefe, que tiene un Bora plateado. Trae el mismo carro de mi díler. La Luli anda en metro, pero no cambia a su mamado por nada. Lo conoció en el gym. Y pues con lo bofos que estamos en la oficina jamás va a pelar a ninguno de estos. El que no parece hobbit es el doble de un orco. Y el jefe muy chingón pero parece un pinche sapo.

La piñata era precisamente nuestra arma letal para hacer que Luli enseñara el monedero de peluche. Sería la primera en pegarle a la piñata. Ulloa y Martínez manipularían la operación y le aventarían el monigote con fuerza al cuerpo a Luli para que la arrojara al piso y flash. Pendejo el que no sacara su celular. Ora sí, pinchi instagram. Sabíamos que esto contradice el espíritu navideño. Pero a Luli le queríamos encajar el tenedor hace siglos. La oficina es un cogedero. La de las copias, don Tomasito, el del elevador, se lo refinó la caliente de la auxiliar contable (¿?), el recadero, todos han pasado por el departamento de inspección.

Dos semanas antes de la pachanga el plan se hundió. Viejas canijas. Que siempre no, que la Luli llevaría unas mallas. Con las que igual despertaba el salivadero, pero del peluche en el estuche ni madres. Cuando el tecolote canta el godín muere. Otro año imaginando cómo sería el cuchi de Luli. Ese que se come todas las noches el mamado. Pinche muscoloca. Todos los que hacen pesas como pasatiempo tienen algo de putos. Ah pero a las viejas cómo les fascinan. Pero entonces los acontecimientos tomaron un nuevo giro. Seguro fue obra del niño Dios. Ven cabrones, y la pinche oficina sin pararse en la iglesia ni pa protegerse de la lluvia. Obró nuestro regalo de navidad. En una sesión de esas que aman las viejas en las que se encierran a probarse garras, una prima que no suelta el cigarro ni pa coger le echó a perder las mallas. Y oh, gracias señor, Luli tuvo que ponerse el vestido. Obvio, no llevaría calzones.

El institucional viernes godín nos reunimos en una cantina a repasar el plan. No podemos fallar, pendejos. Se pondrá peda la vieja y va a aterrizar con el culo al aire. Ya me imagino su cosita, chilló Rosales. Así negrita. Claro que no, pendejo, lo interrumpió López. Tiene su vellito castaño. Qué no ves el color de su cabello. Se lo pinta, ojete.

Qué no ves que es morena. Si serás pendejo, es castaño natural. No todas son tan gatas como tu hermana, que seguro se lo alacia con químicos. Si a leguas se ve que es más china que el pelo de un coño rascado. El día de la posada llegó y Luli apareció con un mini vestido que no pocos sentimos el impulso de pedirle matrimonio. Bien comidos y bebidos, reconciliados con el mundo, los oficinistas por fin podemos ajustar cuentas con el año. Para asegurar que Luli diera un ranazo todos la sacamos a bailar. Todos le preparamos sus cubas bien cargadas. Y a las doce de la noche sacamos la piñata. Le dimos un palo a Luli y le vendamos los ojos. Le dimos más vueltas que las que una cuchara da en la taza de un godín. Y le cantamos el dale dale dale. Pero Luli era una equilibrista profesional. Se sostenía sobre sus tacones con maestría. Se acabó su turno. Y no se cayó. Chíngales, ora qué hacemos, nos miramos unos a otros. Pues le arrebatamos el palo a Ramírez e hicimos a Luli que le volviera a pegar. Y nada. Le ofrecimos más chupe. Y nos saltamos el turno de Romo e hicimos que Luli le volviera a pegar a la pinche piñata. Y Ulloa y Rosales le aventaban el bulto a Luli pero lo esquivaba sin dificultades. Taban más pedos que ella, los zoquetes.

No tuvimos más remedio que pasarle el palo a los compañeros. Y pues adiós alma mía. Nos la estábamos pelando durísimo. Luli seguía chupando como si todo el alcohol lo hubiera pagado ella y no lo quisiera compartir. Y pues ya envalentonada nos gritó: qué, van a querer que le pegue otra vez. Ya anda bien peda, pensamos todos. Y en chinga le arrebatamos el palo a Carmesí y se lo dimos. No sin antes darle chingo mil vueltas más con los ojos vendados. Pero la Luli tenía más estabilidad que el carro del jefe. Y más reflejos que el pinche Karate Kid. Y se cayó pura madre. Se quitó los pinches taconzotes y preguntó que si no teníamos otra piñata escondida.

A las tres de la mañana apareció el mamado y se llevó a Luli. Sobra decir que se acabó la fiesta. Descorazonados, nos asomamos a la ventana para ver cómo el mamado la custodiaba hasta su coche.

Y antes de subirse al auto Luli se metió la mano debajo del vestido y se quitó unos calzones. Sí traía, la muy méndiga. Y sabía que la estábamos espiando. Porque levantó la vista hacia la ventana de la oficina para observarnos. Nos tiró dedo. Todos nos agachamos ofuscados. Nos quitamos de la ventana en chinga. No fuera a ser que se devolviera el mamado. Y nos partiera la madre.

Informamos a los lectores de El Cultural que este suplemento no aparecerá el próximo sábado 31 de diciembre. Regresamos el 7 de enero próximo. Hasta entonces y feliz año nuevo.
 
 
 

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fecha 24 de diciembre de 2016 00:12
ultima modificacion Ultima modificación: 21:37
autor Por: Carlos Velázquez / @charfornication
 
 
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