Diario La Razón
Martes 28 de Marzo | 7:59 am
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El Regalo
 

"Queridos Santos Reyes: No quiero pedirles juguetes, sé que robar no es bueno y aunque teníamos hambre, no debí hacerlo y ya sólo por eso no merezco que me traigan nada pero, no les escribo por mí, mi hermanito no sabe escribir y él si no ha hecho nada malo. El otro día vimos en la tienda de la esquina un muñeco bien bonito y aunque no habla muy bien, entendí que lo quería. Si tuviera dinero se lo hubiera comprado pero ni juntando todo lo que consigo en la calle me hubiera dado aparte de que prefiero que coma porque está muy flaco pero como no pude, se soltó a llorar y la verdad me duele que llore pues ya no está mamá para que lo consuele y a papá nunca le interesamos. Así que aunque sé que no soy buen niño pues desde que mamá murió no me han traído nada, no es justo que a él que no ha hecho nada excepto acompañarme tampoco le traigan. Por favor, se los ruego, regálenle el muñeco del superhéroe enmascarado".

Terminó de escribir en el pedazo de cartón medianamente limpio que encontró en el callejón donde dormían y lo dobló para que pareciera sobre y puso el nombre de su hermanito, pero para no mentir y que los reyes se ofendieran puso abajo "escrito por su hermano mayor". Mañana lo llevaría al árbol de la plaza cívica, seguro no habría problema de que se perdiera pues había unos inmensos regalos ahí y nadie se los había llevado. Sonriendo se durmió con la esperanza de que su hermanito brincara de felicidad en lugar de tener que seguirlo por toda la ciudad pidiendo dinero para comer.

El barrendero odiaba las fiestas de fin de año, entre los turistas y los adornos, su trabajo se triplicaba y su jefe solía estar más histérico que lo normal pues el alcalde siempre presumía que la ciudad era la más limpia del estado y para que ellos se pararan el cuello, él, se tenía que romper la espalda. Sí, odiaba las fiestas, se acercó al árbol y quitó un feo cartón que habían puesto encima de las cajas vacías envueltas como regalos, estaba a punto de tirarlo al bote cuando leyó el garabato "Pablito" y su curiosidad pudo más que la molestia de limpiar. Con trabajo logró descifrar lo que decía y sintió como el estómago se le contraía cuando recordó el verdadero motivo por el que odiaba las fiestas de fin de año y Reyes, recordó cuando su esposa se embarazó e ilusionados se gastaron los aguinaldos en preparar el cuarto del bebé que estaba programado para nacer un día antes de navidad y efectivamente así fue, nació su hijo y vivió hasta la navidad, los doctores le dijeron que había nacido con insuficiencia renal y su cuerpecito no aguantó y la estocada final fue decirles que su mujer, no podría tener más hijos. Fue la más cruda y dura navidad, aún ahora, su casa seguía sin ser adornada y en lugar de celebración y risas, el amor de su vida se encerraba a llorar cada vez que escuchaba un villancico o le deseaban una "feliz navidad" y qué decir del día de reyes, saber que nunca podría ver a su bebé salir corriendo de la cama para ver los regalos que le traerían los reyes si se portaba bien. Vio la gota sobre el cartón antes de darse cuenta que era una lágrima y que lloraba, hacía mucho que no lo hacía, alguien tenía que ser fuerte o su matrimonio se hubiera acabado entre la depresión que los inundaba en esta temporada.

Terminó de preparar la cena, sencilla, nunca les habían gustado los excesos excepto la vez que se gastaron todo en decorar el cuarto, empezó a lagrimar por lo que inspiró profundamente y trató de no pensar en lo único que pensaba en estos días, en Pablito, en su único hijo, en que ahora tendría 4 años. Tiró la cuchara de madera con furia y se encogió mientras su cuerpo se estremecía de llanto, de dolor, de anhelo, de ira ante lo injusto de haberlo sentido, de haberlo visto, de haberlo abrazado y nunca más poder hacerlo. Su marido, Pablo, nunca lo mencionaba, se mantenía frío y serio pero, ella

sabía que el dolor que sentía se equiparaba al suyo o quizá más pues al menos ella lo sintió crecer en su vientre.

Pablo barrió la plaza mientras revisaba en un mapa mental los callejones cercanos y tiendas en una esquina que tuvieran un aparador mostrando juguetes, era imposible, callejones los tenía todos pero, de juguetes no tenía ni la menor idea, mañana era su día libre y sabía qué hacer, el simple hecho de saberlo le hizo sonreír, hacía mucho que no lo hacía en estas fechas.

Llegó a su casa y se sentó en silencio a cenar con su esposa, en lugar de pinos llenos de esferas y luces, roscas, nochebuenas y demás parafernalia de época, el silencio era el indicador de la temporada decembrina.

— ¿Mañana me acompañas al centro?- Su voz era casi un sacrilegio en el silencioso ritual de cada noche de invierno.

— Si.-

Y el silencio regresó a su privilegiado altar.

Se extrañó cuando le pidió que lo acompañara al centro, generalmente en su día libre se sentaba frente al televisor, solo se levantaba al baño, a comer y seguía sentado hasta quedarse dormido. Nunca lo molestaba o le decía algo, cada quien lidiaba con sus demonios de la mejor manera posible. Le extrañó pero también sintió un agradable calor ante la petición.

Los transeúntes paraban en cada vitrina y salían cargados de bolsas, eran felices y ella les tenía un poco de envidia por eso. Su marido veía también las vitrinas pero solo las que se encontraban en la esquina, las veía rápidamente y resoplaba de frustración para ir a la siguiente, de vez en cuando, volteaba hacia los callejones, quizá pensando en lo que tendría que barrer al día siguiente, él también odiaba estas fechas.

Ya se había cansado, a diferencia de su marido, ella no acostumbraba caminar todo el día, estaba a punto de decirle que se detuvieran cuando se golpeó con su espalda. ÉL veía boquiabierto la vitrina de la tienda de la esquina, una tienda de juguetes, quizá el último lugar donde quería estar, la jaló para entrar y se resistió, lo hizo nuevamente pero ahora lloraba. Él le tendió un sucio cartón, esperaba un pañuelo, no un cartón así que lo tiró de un manotazo llena de rabia. Él lo recogió y se lo tendió nuevamente, estuvo a punto de tirarlo cuando vio el nombre escrito "Pablito". Se atragantó y lo miró, él sonreía, extrañaba su sonrisa y no lo sabía hasta que la vio otra vez. Abrió el cartón y entre acuosos ojos leyó. Ahora fue ella la que volteó a la vitrina, ahí, justo en medio, un muñeco enmascarado descansaba en su caja que simulaba una historieta.

Tapó a su hermanito con la cobija que repartían las damas voluntarias, a él no se la hubieran dado pero como estaba en el momento de la entrega y había familias con niños, se le hizo fácil tomar una y ponerse atrás de unos señores, las señoras elegantes casi no se fijan en los niños de la calle a menos de que una cámara fotográfica les apunte. Tenía frío pero él era más grande así que estaría bien a pesar de la tos que le molestaba desde hacía días.

Sabía que los reyes le habían hecho caso pues regresó al día siguiente y vio que la carta no estaba. Llevaba todo el día ahí, hoy era 6 de enero y aunque sabía que por muy magos que fueran, el mundo era muy grande así que quizá tardarían en llegar a ese árbol en particular. Pasó el día, la noche llegó pero, los reyes no. Sentía coraje y bien podía haberse ido pero su hermano dormía y era lo mismo dormir en una banca que en un callejón y lo peor que podía pasar, era que un oficial los corriera pero en estos días, no hacían mucho caso y si los agarraba de buen humor, hasta dulces les regalaban. Se acomodó y durmió abrazando a su hermanito para protegerlo un poco más del frío de la noche y también para sentir un poco de calor.

Lo despertó el grito de su hermano y se apresuró a salir corriendo como hacía ante cualquier peligro pero su hermano no gritó de angustia, gritaba de felicidad y le señalaba algo encima de las cajas, le señalaba un "héroe enmascarado". Era 7 así que quizá no eran los reyes, volteó hacia ambos lados, la plaza estaba vacía excepto por una pareja mayor que se sentaba en una banca enfrente del árbol.

Se acercó lentamente y vio, a lado de la caja, una nota que en una letra preciosa decía el nombre de su hermanito. Tomó la caja y se la dio al desesperado Pablito, contempló la mirada luminosa, la sonrisa que atravesaba el rostro de su hermano y los brincos de alegría, ojalá siempre fuera así.

Abrió la nota y silabeando empezó a leer.

"No eres malo, nunca lo fuiste y nunca lo serás, cuidar a Pablito es lo mejor que hiciste, el "Héroe enmascarado" es su regalo y el tuyo es uno que tienes que decidir si aceptas o no. Enfrente de ti hay una pareja sentada, ellos tuvieron un hijo llamado Pablito que ahora es un ángel que los cuida. Ellos no tienen hijos y viven humildemente pero, estarían felices si tú y tu hermanito vivieran con ellos. Ellos los necesitan pero creo, que ustedes también a ellos. Tú decides.

Atentamente,

Los Reyes Magos".

Miró a la pareja sentada y se acercó a ellos.

Empezó titubeante y a punto estuvo de salir corriendo cuando vio lágrimas en sus ojos pero, luego vio las sonrisas y supo que eran lágrimas de felicidad. Sí, los pobres viejitos los necesitaban y quizá, ellos también, aparte, quien era él para saber más que los Reyes Magos, haría lo que le habían dicho.

— Hola, me llamó Carlos, este es mi hermano Pablo, los Reyes me dijeron que necesitan ayuda y creo que... nosotros también-.

 
 
 

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fecha 7 de enero de 2017 00:47
ultima modificacion Ultima modificación: 00:33
autor Por: Raúl Sales
 
 
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Foto: Elihu Galaviz

 
 
 
 
 
 
 
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