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Darío Villalba: el juego constante del arte
 

Quien transite por las plantas del Museo Carrillo Gil descubrirá la obra del artista español Darío Villalba: obras 1974-2015, primera exposición retrospectiva del creador en México (vi hace un par de años en el Reina Sofía su primera gran retrospectiva, curada por María Luisa Martín de Argila), que reúne unas 21 piezas de gran formato, que recorren casi toda la trayectoria y sus principales obsesiones. Villalba (San Sebastián, 1939) podría pensar que hay aquí muy poca pintura; pero todo es pintura y fotografía, pues su obra es una mezcla creativa entre ambas técnicas visuales. Dice el artista: “En mi obra la pintura es fotografía y la fotografía es pintura”.

Y, también, “la cámara es mi ojo. En este momento estoy mucho más seguro de mí mismo. Veo la trascendencia que tiene esta exposición y sé lo que ha sido volver a ver obras de hace 50 años… Echar la vista atrás, sobre lo que uno ha realizado, produce entre vértigo y escalofrío, pero sinceramente creo que las cosas se mantienen, que algunas cuestiones están planteadas en fechas muy tempranas, con una claridad que todavía inquieta”.

Darío Villalba es uno de los artistas españoles más importantes de la segunda mitad del siglo XX, pionero, a finales de los años sesenta, en el uso de la fotografía como soporte físico e iconográfico, y más que eslabón, punto de encuentro entre el conceptual -una idea precursora de archivo sin memoria y de autobiografía narrada en un presente permanente- .

En ese punto, coindice con las obras de Rafael Canogar, aunque son muy diferentes. Villalba estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, también en París, en el taller de André Lothe y en el Departamento de Artes Plásticas de la Universidad de Harvard. Sus primeras exposiciones individuales datan sucesivamente de 1957 y 1964, el cual siguió inicialmente una línea claramente expresionista.

En 1963 realiza una serie de obras originales que marcarán la dirección de su evolución artística: imágenes encapsuladas en metacrilato que permiten una reelaboración de la nueva figuración en la perspectiva del pop y que introducen dramatismo y un fuente contenido ideológico: son imágenes de un mundo de objetos, de un mundo alineado. En 1966 crea sus figuras encapsuladas, que representan a la perfección la tensión, entre el dramatismo de las imágenes y su tratamiento analítico asético, marcadamente distante. En 1970, en el Pabellón de la XXXV Bienal de Venecia enseñó sus crisálidas por vez primera y su temprano reconocimiento internacional comenzó por esta década. Estas cápsulas de metacrilato levitan ingrávidas, y en su interior la pintura crea un lírico clima de encendido cromatismo. Eso tiene algo que ver con la grandeza de la fotografía. Pero es pintura.

Las propias imágenes encapsuladas son objetos, ocupan un lugar, algunas se cuelgan en la pared, no así otras, que se presentan en la sala para que podamos rodearlas. El objeto afirma su presencia e intensifica su condición. “Cuando utilicé la trama fotográfica- dice Villalba- , era considerado un extraño, un rara avis, pero todo empezó por puro azar.

Pinté los encapsulados rosas, de los que Pierre Restany, al verlos en el Pabellón de España en la Bienal de Venecia, dijo que le producían un escalofrío en la médula, y antes de acudir a la Bienal de São Paulo ya tenía claro que no debía pintarlos sino buscar en las fotografías, las mías o las de un archivo, aquello que estuviese en sintonía con mi alma: así empecé a hacer fotos, a acumularlas, a realizar los primeros Documentos Básicos… En principio, buscaba reproducir, aislar aquellos detalles que convenían a mi alma, pero posteriormente, mi visión se fue haciendo más promiscua, ampliándose mi radio de acción.

Siempre consideré la fotografía como una técnica y, como tal, la bondad de los resultados depende de la genialidad del que la utiliza. Siempre me reivindiqué pintor, y por eso mantengo un revelado tosco, nada sofisticado, que me permite participar en la gestación: cuando veo una obra me fijo en lo que me transmite, no en si es un cuadro o una fotografía”.

Villalba no descuida la experimentación. Acentúa la importancia de la figuración y de la manipulación de la figuración, casi siempre fotográfica, tratada en algunas ocasiones como un collage, e incluso se aproxima a un hiperrealismo “manchado” por los gestos, las pinceladas, del informalismo. Prescinde de la variedad cromática, se sirve de una gama fría, en lo que se aproxima a Canogar, por lo general de negros y grises, de blancos marfileños mates, von lo cual crea un mundo inhóstico, en algunas ocasiones de gran dureza. “Cuando trabajo – cuenta Villalba- no me gusta ver mis obras, me perturba.

La única que me atrae es la interior, la que estoy haciendo. Me vuelco de una manera vehemente con el presente, con lo que estoy: me rondan por la cabeza muchas cosas, pero sólo una me tortura, y es la obra en la que trabajo. Esa obra me ocupa y me tortura, porque la pintura es una tortura. Todo gran artista trata de abordar los grandes temas, el tema esencial y eterno, el dilema que plantea la existencia, el qué hacemos aquí.

Miró lo hace pintando un perrito que no entiende nada, ladra a la luna y lanza sus preguntas, su cosmos, al aire, para que lo reorganice el universo; Picasso es más carnal y se aferra a la mujer, al sexo, a lo más animal del ser humano. Yo me debato en un terreno más próximo a la metafísica”.

La sustancia es luz en muchas de sus piezas: La oración, 1974; Hombre Cristal Oscuro, 2007; Niño cubo de agua, 2014; Sobre el río, 2014. Estas y otras pinturas son un jugo constante con la luz, que buscan encarnar la sustancia de la pintura y la fotografía.

En un esfuerzo por extraer todo del mundo que le rodea… Darío Villalba es un pintor totalmente tradicional: sólo su ansiedad acerca de si es posible hacerlo le convierte en uno tardíamente moderno.

 
 
 

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fecha 4 de marzo de 2017 00:41
ultima modificacion Ultima modificación: 16:06
autor Por: Miguel Ángel Muñoz
 
 
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