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Donald Trump El autor por sí mismo

El actual presidente de Estados Unidos ha construido en sus diversos libros, como en su actuación pública, un personaje contradictorio, “protagonista del estilo americano de lucrar” —apunta Raúl Trejo Delarbre— que combina bravatas con simplezas, fórmulas inspiracionales, pragmatismo y humor involuntario. El afán, la primacía del poder y la riqueza, determinan la exclusión de cualquier posible obstáculo, con una extraña resonancia de El Ciudadano Kane.

 
Por Raúl Trejo Delarbre

La abundancia, la reiteración, la monotonía y por encima de todo la autocomplacencia de la obra escrita de Donald Trump demuestran que no basta tener muchos libros para decir muchas cosas y que un autor prolífico no es necesariamente un autor con ideas propias. Never Give Up. How I Turned My Biggest Challenges Into Success, Wiley & Sons, 2008 (Nunca te rindas. Cómo transformé mis mayores desafíos en éxitos) es el décimo quinto libro de Trump. Después de ése publicó otros cinco.

Mercadotecnia y autopromoción van de la mano en estos libros, de la misma manera que en toda la biografía del ahora presidente de Estados Unidos y especialmente en la campaña que lo llevó a la Casa Blanca. Para Trump sus libros no son espacios para explicar, mucho menos para discutir ideas de otros sino, exclusiva y reiteradamente, para ocuparse del tema que más le interesa: él mismo. En este libro de 184 páginas describe sus éxitos como empresario inmobiliario: los rascacielos que ha comprado o edificado en Chicago, Cincinnati y por supuesto en Nueva York, sus clubes de golf en Florida, Los Ángeles y Escocia, las inversiones en bienes raíces en sitios tan diversos como Dubai y Panamá, sus apariciones en televisión que lo afianzaron como protagonista del estilo americano de lucrar y hacer riqueza. El elogio de su perseverancia, el escarnio que hace de sus adversarios en el negocio de la especulación inmobiliaria, las sentencias que no alcanzan a ser fórmulas de autoayuda porque se limitan a lugares comunes de la literatura pretendidamente inspiracional, están al servicio de su propia construcción como personaje público.

EL MUNDO COMO UN MERCADO

Recato y autocrítica son conceptos inexistentes en el mundo de Trump. El personaje así mostrado es arriesgado pero sagaz, indómito aunque generoso, paradigma del éxito antes que todo. “Cuando escucho la palabra ‘No’ se convierte en un desafío para mí”. “Rendirse es algo que nunca me ha pasado por la mente”. “Soy un hombre paciente cuando se trata de cosas que me importan mucho”. Esas son algunas de las aproximaciones que ofrece a su propia personalidad.

Organizado en 41 breves capítulos, este libro está dirigido a un lector que, enterado del éxito empresarial de Trump, quiere imitarlo o al menos descifrarlo. Por eso está repleto de recomendaciones presentadas como admoniciones: “Pensamiento positivo. Créanme, funciona”; “Enfócate en la solución, no en el problema”; “Deja que la pasión por tu trabajo te conduzca por todos los reveses que se te puedan presentar. Sean viento, agua, renuncias, escándalos, lo que sea, tú puedes prevalecer. El seguro para superar esos peligros es gratis: se llama ¡no te rindas!”

El libro no tiene título, sino un mantra: “¡Nunca te rindas! No te conformes con quedarte en tu zona de confort. Quedarse complacientemente es una buena manera de no llegar a ninguna parte”. Pero esa insistencia en la tenacidad es matizada por el reconocimiento de que los negocios no son fáciles, de tal manera que quien se dedica a ellos tiene que ser pragmático: “Escucha a los otros pero nunca niegues tus propios instintos”, escribe Trump en una frase que pudiera leerse como coartada de la misoginia y la agresividad que se le ha conocido con las mujeres. Siguiendo con la actitud en los negocios, insiste: “Sé un camaleón. Cuando llega una oportunidad desafiante aprovéchate de ella”. O, en el mismo tono: “Mi consejo para ti es que vayas con la corriente, especialmente si no tienes otra opción”. Algunas de esas frases son tan obvias que, fuera del contexto autocomplaciente en el que Trump se instala, parecen acuñadas por Woody Allen. Pero el humor de Trump, aunque frecuente, es involuntario. Hay que imaginar algunas de las situaciones que describe, o buscarlas en YouTube, para constatar que es impermeable al ridículo. Así recuerda la ocasión en que lo invitaron a hacer un sketch en el programa Saturday Night Live: “Si yo puedo hacer un número bailando y cantando en medio de gente disfrazada de pollos, en un traje amarillo brillante delante de millones de personas, usted seguramente puede aprovechar una oportunidad de vez en cuando”. O sea que si él se animó a estar en el centro de una escena tan grotesca, cualquiera puede arriesgarse en los negocios.

Para Trump, “los negocios se tratan de conocer el mundo”. Y el mundo a su vez, lo considera “como un mercado emergente... si puedes comenzar a ver a tu vecindario, tu pueblo, tu estado, como un mercado emergente, te sorprenderás de qué tan creativo puedes resultar”. No hay dobleces, ni sorpresas: los negocios son su entorno pero también su objetivo y su credo. El mercado, entendido de la manera más neoliberal, es el espacio para que se confronten intereses privados y que allí gane el que tiene fuerza, capital y/o influencia suficientes para prevalecer por encima de otros. Tesón, constancia y audacia. “¿Qué distinguirá a los líderes del mañana en la industria (sic) de los bienes raíces? Tendrán éxito aquellos que tengan tanto visión como disciplina. Una es inútil sin la otra”, asegura Trump. Pero más que capital y esfuerzo, su punto de apoyo ha sido la creación de una imagen.

“Negociar es un arte”, dice. Para ello hay que simular: “Se necesita mucha inteligencia para jugar al tonto. Es una buena forma de ver todo lo que tus socios de negocios no saben. También es una buena manera para ver si te están atropellando”.

Los títulos de algunos capítulos dan cuenta de ese pragmatismo: “El fracaso no es permanente”. “Me encanta una buena pelea”. “Cuando la otra parte espera un duelo, ofrécele una asociación”. “Aléjate de la multitud quejumbrosa”. “A veces tienes que tragarte tu orgullo”. “No dejes que el miedo te detenga, aunque estés enfrente de millones de personas”.

Frases cortas, mensaje directo, lenguaje parco. Nunca te rindas puede ser leído como una colección de tuits, incluso de temas tan contrastantes como los que ahora detonan los humores de Trump cada mañana en su cuenta de Twitter. Así como en sus tuits, este libro de Trump es repetitivo, con asuntos recurrentes: la habilidad para hacer dinero, la obstinación como virtud, el propio autor como centro de la realidad.

DE LA BENEVOLENCIA

Este libro tiene como coautora a Meredith McIver, escritora de la Organización Trump y colaboradora en otros libros de Donald Trump. En julio de 2016 McIver tuvo varios indeseados minutos de fama cuando se supo que fue la autora del discurso que Ivana Trump dio en la convención del Partido Republicano en donde repitió, sin citarlos, fragmentos de un discurso de Michelle Obama.

Así como su escritora fantasma no tiene especial aprecio por los derechos de otros autores y personajes públicos, Trump no parece muy preocupado por los derechos individuales ni por los de carácter social. En varios pasajes del libro expresa un enfático desprecio por el interés público y sus defensores: cuando estaba construyendo un hotel en el Soho neoyorquino había grupos de vecinos que se oponían porque los 45 pisos de ese edificio contrastarían con la arquitectura de ese barrio. El proyecto, recuerda, “por supuesto tropezó con la furia de la oposición proveniente de la comunidad de activistas locales y los políticos que los representan”.

Sin embargo el personaje que trata de mostrar en este libro es benévolo y se hace cargo de que hay desigualdades sociales. Una de las muestras de magnanimidad que ofrece es la costumbre para organizar conciertos en la Torre Trump de Manhattan cada 11 de septiembre, en el aniversario de los ataques de 2001. Esos conciertos, se envanece, son “abiertos al público”. Más aún: “Ayudar a coordinar este evento y hacer espacio en nuestro edificio que se encuentra tan atareado nos toma tiempo pero vale cada minuto de ello. Es sólo un ejemplo de cómo no rendirse deja resultados y eventualmente coloca en una posición para retribuir”.

En otro sitio del libro Trump se felicita a sí mismo porque ha contribuido a la campaña “Garabato para el hambre” (“Doodle for Hunger”) en donde deportistas, actores y otros personajes famosos hacen un dibujo y lo donan para que sea subastado. Los recursos así reunidos ayudan a gente menesterosa. “A veces, ser un donador te acerca a nuevos talentos”, se ufana, porque en las comidas con motivo de ese evento se ha encontrado a “gente muy distinguida”. Y todo a cambio de nada: “Me toma unos cuantos minutos dibujar algo, en mi caso suele ser un panorama de rascacielos en la ciudad, lo firmo con mi nombre y eso reúne miles de dólares para ayudar al hambre en Nueva York... Puede ser que el arte no sea mi punto fuerte pero el resultado final es ayudar a gente que lo necesita”.

Unos minutos para hacer un dibujito le permiten presentarse como si fuera un personaje benévolo: “Un amigo me preguntó por qué tenía tantos eventos de caridad en mis propiedades. Parecía perplejo de que hiciera eso porque no era realmente necesario y él sabía cuánto tiempo se requiere. Le dije ‘Porque puedo’. Créame. Esas son palabras poderosas, con el igualmente poderoso sentimiento que llevan consigo”.

“Porque puedo”, repite Trump. No ha sido un empresario conocido por acciones filantrópicas. Con esos episodios intentó construirse una imagen de acaudalado generoso aunque lo que realmente le interesa es demostrar que puede hacer lo que se le antoje.

En 2007 participó en el espectáculo de lucha libre Wrestlemania. Para darse notoriedad desafió al billonario Vince McMahon, promotor de lucha libre. Cada uno de ellos eligió a un luchador. “La batalla de los billonarios”, le llamaron. Un video disponible en línea muestra cómo se levanta de su asiento en ringside, se acerca a su rival para sorprenderlo por detrás y lo tira al piso en donde se enzarza con él en una pantomima de pelea cuerpo a cuerpo. Finalmente pierde el luchador patrocinado por McMahon y Trump sube al ring para afeitarle la cabeza. Trump, el empresario, jamás desdeñó oportunidades para estar en televisión, siempre como parte de su idea de los negocios. Aquel promotor de lucha libre al que le trasquiló la cabeza es amigo suyo.

Actualmente la esposa de McMahon forma parte del gabinete de Trump como titular de la Administración para Pequeños Negocios.

CLAVES DE UNA PERSONALIDAD

Aunque no forma parte de sus recomendaciones, al menos de manera explícita, a Trump le gusta incomodar a sus adversarios. En 2005, según cuenta en otro apartado de este libro, envió a The New York Times una carta para despotricar contra el escritor Mark Singer, autor de un libro en donde se hacen menciones que no le gustan a Trump. Allí asegura:

He leído a John Updike, he leído a Orhan Pamuk, he leído a Philip Roth. Cuando Mark Singer entre a esa liga, quizá leeré alguno de sus libros. Pero tendrá que pasar mucho tiempo: él no ha nacido con mucha habilidad para escribir. Hasta entonces, quizá debería concentrarse en encontrar su propio “componente solitario” y entonces tratar de desarrollarse como escritor de clase mundial en lugar de tener que escribir acerca de gente destacada que está claramente fuera de su ámbito.

Las mismas palabras se le podrían aplicar a Trump, cuya prosa no tiene mérito alguno —y eso que se apoyó en una escritora pagada para hacer esa tarea—.

Quizá el único capítulo que se aparta del tono triunfante que es —forma y fondo— la propuesta del libro, es el que narra su litigio con otro escritor, Timothy O’Brien, un ex reportero de The New York Times que en 2005 publica el libro Trump Nation. The Art of Being Donald (La Nación de Trump. El arte de ser Donald). Trump escribió acerca de ese autor: “No me gusta, y no lo respeto como escritor porque sus hechos eran tan incorrectos y sus artículos eran tan viciosamente nocivos... Había enormes mentiras en su libro e intentó hacerme daño a mí y a mis negocios”. Pero aquel escritor, recalcaba Trump: “Obviamente no sabía que estaba tratando con un tipo que eventualmente escribiría Nunca te rindas y realmente significa eso”.

Trump se disgustó porque en ese libro O’Brien consideró, apoyado en fuentes cercanas al propio empresario, que su fortuna ascendía a entre 150 y 250 millones de dólares y no a los 3 mil millones de dólares que él aseguraba. Constructor de una permanente simulación, a Trump le disgustó sobremanera que acerca de su dinero se difundieran cifras distintas a las que se empeñaba en mostrar o aparentar. Profesional del bluff, su fortuna estaba tan sobredimensionada que cuando se ofrecían otras estimaciones sus negocios corrían peligro.

El desenlace de aquel litigio no se relata en este libro. En 2006 Trump demandó al escritor por cinco mil millones de dólares. Durante cinco años mantuvo abierto el proceso legal que le costó un millón de dólares. En septiembre de 2011 el juez que examinó ese caso consideró que la denuncia de Trump no procedía porque O’Brien no actuó de mala fe. Trump declaró más tarde que siempre supo que su demanda no podría prosperar: “Gasté un par de dólares en cuotas legales y ellos gastaron mucho más. Lo hice para hacer su vida miserable, lo cual me da mucho gusto”. En realidad la editorial que publicó el libro, Warner Books, gastó mucho menos que el demandante.

Es incierta la posibilidad que ofrecen los libros de Trump, el empresario, para encontrar claves de su gobierno como presidente de Estados Unidos. Por supuesto Trump, el presidente, intenta desplegar en su actual responsabilidad política los criterios gerenciales que conoció en el ámbito de los negocios. Desde luego la simplificación de los asuntos públicos, el enfoque maniqueo, la prepotencia y la soberbia que hicieron de él un empresario zafio y gritón, ahora son rasgos de un presidente desbordado y peligroso. En este libro hay más elementos para comprender la personalidad que para avizorar las políticas de Trump. Cuando alguien le pregunta cuál es su película favorita, Trump responde que El Ciudadano Kane.

Sin forzar demasiado las comparaciones se pueden encontrar similitudes significativas entre el ahora presidente y el personaje de la magnífica película de Orson Welles. La primacía del dinero, la avaricia en el trato personal y social, la soledad familiar, la ausencia de escrúpulos para utilizar a las personas, el sobredimensionamiento mediático, el delirio de grandeza. Kane perdió cuando quiso hacer política y Trump ganó aunque, como bien experimentamos y tememos, con pérdidas enormes para el mundo. Todo parece indicar que el Rosebud capaz de conmover al ahora presidente de Estados Unidos es él mismo: su obsesión se llama Donald Trump.

Raúl trejo delarbre es investigador y comentarista. Colabora en diversos medios impresos y digitales. Entre sus libros, Alegato por la deliberación pública (Cal y arena, 2015).

 
 
 

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fecha 18 de marzo de 2017 00:07
ultima modificacion Ultima modificación: 15:47
autor Por: Raúl Trejo Delarbre
 
 
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Foto Getty / Alex Wong / Mireia Triguero Roura

 
 
 
 
 
 
 
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