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Los libretos de la enfermedad mental

Redes Neurales ¦ Por Jesús Ramírez Bermúdez

 

Al leer el ensayo titulado La Castañeda: Narrativas dolientes desde el Manicomio General. México, 1910-1930, de Cristina Rivera Garza, puede ocurrir una pérdida de fe en una práctica psiquiátrica gobernada por dogmas. Una mirada a los diagnósticos del Manicomio encuentra la caducidad de los términos: idiocia, locura moral... en su momento estas entidades eran consideradas verdades científicas. ¿El léxico psiquiátrico de hoy será igualmente ridículo dentro de cien años? ¿Y qué decir de las prácticas? ¿Qué decir del médico que diagnostica “histeria” al palpar la pelvis de una mujer con dolor en la región del ovario, como sucede en el capítulo IV del libro? Los expedientes médicos del Manicomio nos comunican experiencias de sufrimiento y redención, que ponen al descubierto el guión oculto de la modernidad porfiriana, y contradicen la retórica del progreso de don Porfirio Díaz. Tras la lujosa inauguración del Manicomio en 1910, la revolución mexicana confirmó la existencia de profundos conflictos sociales, puestos en palabras previamente por los internos de la Castañeda.

La versión ingenua de la psiquiatría asegura que las entidades patológicas trascienden cualquier intento de relativización histórica, cultural, geográfica, y afirma que ya conocemos tales entidades: el léxico de la psiquiatría contemporánea sería un sistema exacto y preciso para comunicar en forma transparente la realidad patológica. Frente a esta visión positivista de muchos colegas psiquiatras y neurocientíficos, hay una visión crítica igualmente radical, que atraviesa la obra de grandes ensayistas como Michel Foucault y Thomas Szasz, en Europa, o de Néstor Braunstein, en Hispanoamérica, según la cual el poder psiquiátrico es uno de los dispositivos culturales del biopoder. La función de estos dispositivos consiste en someter y explotar económicamente las subjetividades y los cuerpos humanos. Cito el libro Clasificar en psiquiatría de Néstor Braunstein: “Lo que progresa es el mecanismo de dominación y control de los seres humanos (de sus cuerpos, de sus vidas) al servicio del discurso de los mercados.” Según esta perspectiva, todos los diagnósticos psiquiátricos son (siempre) metáforas maquiavélicas cuya función es vigilar y castigar comportamientos que trasgreden cánones sociales, los cuales, a su vez, perpetúan el status quo. Con el advenimiento del “discurso de los mercados”, el diagnóstico explota comercialmente el sufrimiento generado por las condiciones de inequidad del capitalismo salvaje.

Aunque se trata de una crítica necesaria, la doctrina antipsiquiátrica me parece demasiado esquemática: generaliza en exceso y pasa por alto la compleja heterogeneidad de los problemas clínicos, algunos de los cuales son aptos para una deconstrucción sociológica (como el infame constructo de la “histeria”), pero otros probablemente no (por ejemplo, la condición neuropsiquiátrica de origen genético conocida como enfermedad de Huntington).

En medio de este debate aparecen las Narrativas dolientes desde el Manicomio General. Con una mirada serena, conseguida mediante la distancia histórica, Rivera Garza estudia los expedientes en su contexto, y afirma que estos resultan de programas culturales, dedicados a codificar la experiencia subjetiva y el comportamiento como normales o anormales.

Estos programas aspiran a la universalidad, pero carecen de ella: son contingentes y se transforman con el movimiento social. Sin formular teorías de conspiración maravillosas, sobre la perversidad de agentes sociales (el Estado, la Familia, el Capitalismo), que someten o explotan comercialmente a sujetos vulnerables, la autora se detiene a observar la construcción de los expedientes como un proceso de negociación entre dos libretos de la enfermedad: el libreto del médico con su sistema de creencias (más o menos científicas) y la narrativa (doliente) de los pacientes, influida a su vez por el discurso de las familias. Cito a la autora: “Mientras chocaban y negociaban, los internos del hospital psiquiátrico y sus médicos produjeron narraciones tensas y volátiles de la enfermedad mental, textos de múltiples voces en los cuales ambos actores implicaron y entretejieron sus propias concepciones relacionales de cuerpo, mente y sociedad.” Al leer La Castañeda, imagino una práctica médica dotada de conciencia crítica, reflexiva, y abierta al diálogo multidisciplinario y la escucha auténtica. Ésa es la ganancia del enfoque histórico.

El capítulo final del libro, (Con)jurar el cuerpo, historiar y ficcionar, es un conjunto de cuestionamientos metodológicos, metateóricos: una zona donde el libro reflexiona acerca de sí mismo. Sus interrogaciones son pertinentes en el campo del ensayo narrativo, preocupado por la evocación del barullo de los muertos que originan el trabajo histórico. El texto es simultáneamente un ars poetica sobre la génesis de la ficción como alternativa para conjurar las voces y los cuerpos ausentes. Según Paul Ricoeur, “sólo la doble articulación de la ficción y la historia trae al lenguaje la experiencia humana del tiempo”.

Cristina ejerce la doble articulación: lo demuestra su novela más célebre, Nadie me verá llorar, donde pone en escena la ficción novelística como un recurso necesario para conjurar la voz y el cuerpo viviente de una interna del Manicomio.

La libertad conseguida por el ensayo académico, mediante recursos poéticos y narrativos de la imaginación literaria, ha hecho posible la aparición del libro más reciente de Cristina: Había mucha neblina, o humo, o no sé qué. Se trata de un texto experimental que explora el territorio anhelado por los internos del Manicomio: la libertad, es decir, la capacidad para poner los recursos simbólicos del pensamiento a favor de un ejercicio creativo, donde la dureza de lo real es trabajada lentamente, con afecto, por la imaginación. El mundo que emerge de esa experiencia no es el escenario brutal donde los individuos son víctimas pasivas del darwinismo social, y tampoco es una fuga a la fantasía. Se trata de un ajuste de cuentas maduro entre la imaginación literaria y el trabajo. La obra se centra en el lado más prosaico del autor mexicano —Juan Rulfo— que revolucionó las estructuras poéticas de la identidad nacional. Cristina rastrea el camino de Rulfo a través de la provincia mexicana, como empleado de una compañía de llantas. En palabras de la autora: si Rulfo no fue un autor prolífico, esto se debe, al menos en parte, a que entre el vivir la vida y el contar la vida, hay que ganarse la vida.

¿Cómo asimilar estas lecciones? Quienes nos ganamos la vida en las profesiones de la salud, podemos desarrollar la práctica reflexiva. La articulación de la literatura y la historia es un camino para escapar de la trampa denunciada por la antipsiquiatría: convertirnos en vendedores del supermercado de la salud.

 
 
 

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fecha 18 de marzo de 2017 00:06
ultima modificacion Ultima modificación: 15:54
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