Diario La Razón
Martes 25 de Abril | 5:20 pm
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Jade
 

El pellizco de un animal en los agrietados labios fue lo que lo despertó y aunque el dolor fue bien recibido al devolverle la esperanza, su debilidad impidió moverse y no obstante, su hambre pudo más y aprovechó el mordisco para jalarlo a su boca y triturarlo con su dientes, no importó que se retorciera, que le doliera al masticar o los pedazos de caparazón raspando la garganta. Apenas terminó de deglutirlo lo vomitó, demasiados días sin comer aunque el líquido azul del extraño ser parecido a una media luna que quedó en su boca, si le sirvió para aliviar un poco la resequedad.

El subir de la marea lo despertó y con el cuerpo agarrotado, adolorido e insolado se arrastró entre la arena sufriendo cada minúscula roca para desvanecerse nuevamente apenas llegó a la fresca hierba.

No supo cuantos días pasaron, desde que había naufragado, dejó de contarlos y si siguió vivió fue más por instinto que por convicción, más de una vez intentó dejarse morir pero no pasaba mucho antes de buscar algo con que alimentarse, era el último de su clan y solo él hambre, la sed o la desesperación lograban que lo olvidara para nuevamente caer en ese círculo destructivo de auto conmiseración.

La lluvia tibia fue lo mejor que le pasó, tendido en la arena, abrió la boca y dejó que el agua escurriera dentro de ella, refrescará su piel, aliviara su miedo... Al menos uno de ellos.

Las semanas pasaron y poco a poco recuperó fuerza, pudo cazar para alimentarse bien y la vida recuperó color. A pesar de sentirse mejor, la soledad empezó a enloquecerlo, se encontraba hablando consigo mismo sólo para escuchar otra voz humana entre la cacofonía de una selva llena de animales desconocidos y coloridas aves de plumas iridiscentes.

Confiado se adentró cada vez más en esa selva extraña, su cuerpo ya se había adaptado un poco al clima y aunque los malditos insectos voladores chupasangre no lo dejaban de acosar tampoco le ocasionaban más molestias, su adaptación fue lenta, su locura en soledad era lo opuesto.

El día que discutió en voz alta consigo mismo terminó bañado en llanto, era un hombre quebrado, sin sentido, sin rumbo. Esa misma noche salió tras las huellas de un gran felino que había estado rondando en la periferia de su "hogar", no necesitaba perseguirlo pero sentía que debía probar su valía como guerrero o perecer haciéndolo antes de terminar de perder la poca cordura que le quedaba.

Se adentró mucho más profundo que su más lejana expedición, sabía que no habría retorno, siempre lo supo. Lo siguió hasta que se encontró de frente con la magnífica bestia, tomó su knifr y se enfrentó a los afilados dientes más alegre de lo que nunca estuvo, lo desgarró, lo desgarraron, luchó feroz, quizá fueron instantes pero el sentía que había luchado con la bestia eones. No importaba morir, su valía, su hombría y su estima estaban de vuelta y fue entonces cuando sucedió lo impensable, un mazo con tres piedras afiladas encajadas en la madera pasó sobre su rostro y se descargó sobre el cráneo del gran gato. Lo impensable no era que sobreviviera, era ver a otros humanos que, aunque de fisonomía y color distinto, se comunicaban en una extraña lengua y sus adornos les conferían una apariencia feroz a pesar de tener una estatura menor a la suya. Siempre sería preferible morir a manos de otro hombre antes que de un animal así que sonrió nuevamente y levantó el rostro dejando expuesto el cuello en invitación expresa a la muerte.

Persiguieron al jaguar por varios días, si no hubiera matado a uno de sus niños lo hubieran dejado en paz y eso era suficiente para eliminarlo, eran cuatro, más que suficientes para cercarlo y acabarlo con la mayor seguridad, estaban en guerra con otra ciudad, desde que tenía memoria habían estado en guerra con una u otra ciudad y hasta el momento habían salido victoriosos aunque cada día eran menos y probablemente los niños no llegaran a una edad para luchar antes de que llegara la otra oleada, de la ofensiva habían pasado a la defensiva, su maravilloso pueblo entre la sequía y la guerra parecía irremediablemente condenado.

Su hijo mayor hizo el alto, se escuchaban rugidos y ruido de lucha más adelante, corrieron creyendo que era uno de los suyos para encontrarse con una imágenes salida del inframundo, el jaguar más grande que habían visto luchando con un hombre igual de grande de un color de piel que rivalizaba con el sacbé y peló en la cara del color del maíz. El jaguar lo derribó y antes de siquiera de pensarlo usó su garrote encajando las dos piedras afiladas en el cráneo del animal para acabar con la amenaza inmediata y luego verían que hacer con el extraño hombre. Su primer impulso fue dejarlo desangrándose en la selva pero sus extraños ojos añil y el hecho de que sonriera mientras descubría su cuello para ser degollado cambiaron su parecer. Quizá se arrepentiría pero estaba intrigado, tal vez los dioses lo pusieron ahí por alguna razón o quizá, simplemente, estaba asqueado de tanta muerte.

La muerte no llegó, los extraños hombrecillos se le quedaron mirando sin temor aunque con curiosidad, uno de ellos quizá el mayor aunque era difícil determinar la edad bajo los rostros pintados sacó unas hojas, las masticó y las puso sobre sus heridas. No se movió, uno no descubre el cuello y luego brinca al primer contacto. Le señalaron el camino como pudo, caminó con dos de ellos mientras los otros se quedaban atrás usando una afilada piedra para quitarle la piel al felino.

Los meses pasaron, sus captores/anfitriones lo trataban de una manera distinta, al principio desconfiaban y aunque no lo encerraban, lo acompañaban a todos lados, pero al aprender un poco de su lengua sus escoltas lo dejaron a sus anchas.

Los niños le enseñaban a hablar mientras tiraban de las trenzas de su barba y el rugía haciéndolos reír, ni entre su clan se había sentido tan cómodo. En un principio se asombró de las riquezas que portaban hasta que se dio cuenta que el oro y la plata solo eran apreciados por el brillo y la facilidad de su manejo, su cuchillo, por otro lado les asombraba por su dureza así que les enseñó a trabajar el mineral y ellos a hacerlo con la piedra. Siempre fue diestro con las manos y aprendió rápido, le decían Mejen Nal en lugar de Ingvarr y cuando supo que le llamaban "elote pequeño" se lo tomó como la broma que era y la hizo suya. Trabajó la piedra, en especial el jade que le recordaba los ojos de una amada que nunca vería, le puso incrustaciones de concha nácar en honor a su tez y lo mezcló con los rasgos de lo que ahora era su nuevo clan. Era una pieza maravillosa, trabajada con el amor y la gratitud del rescate, de la acogida, de la paz de un alma faltaba poco para terminarla cuando escuchó los caracoles de advertencia.

Mejen Nal se adaptó a su gente, era feliz y no se había arrepentido de haberlo llevado, su enseñanza del raro metal que llevaba al cinto había hecho que sus armas fueran poderosas, tal vez fueran suficiente para resistir la alianza de ciudades en su contra, quizá Calakmul sobreviviera a su batalla... al menos eso esperaba.

Estaba dormido en su xa’anil naj cuando escuchó los caracoles, sabía que sólo era cuestión de tiempo por lo que siempre tenía las armas al alcance de su mano. Salió a la penumbra del sol poniente cuando un grito le heló la sangre, envuelto bajo la luz de Ixchel, Mejen Nal resplandecía, era un ser de Xibalba enarbolando un extraño garrote que terminaba en una hoja plana de su extraño material, cuando lo había hecho le dijo que era para la madera y sí, cortaba la madera casi tan bien como las cabezas del enemigo que ahora rodaban a sus pies. Mejen Nal bañado en sangre cantaba en su lengua extraña en sus pláticas le había dicho que su pueblo a veces se cegaba de furia y luchaba sin descanso, sin miedo, hasta morir y que lo hacían sólo cuando la familia estaba en peligro... "ulfhednar".

Ingvarr soltaba hachazos de izquierda a derecha, troceaba enemigos que lo veían como si Grendel mismo estuviera frente a ellos pero no se detuvo a preguntarles el porque del terror en sus ojos, mejor que le temieran, mejor que fuera él quien llamara su atención y no los niños. Ahora sabía la razón de su existir.

Calakmul victoriosa, bañada en sangre enemiga, con pocas bajas entre sus guerreros no celebraba, no festejaba y esta vez no agradecía a los dioses, al menos no a todos, en esta ocasión era un hombre de tez pálida con unas extrañas trenzas en la barba del color del maíz tierno, con ojos añil y un arma rota a sus pies al que le agradecían. Mejen Nal había por sí solo cambiado el curso de la guerra, incontables enemigos cayeron ante él y otros tantos huyeron aterrorizados y mientras decenas de flechas se clavaban en su cuerpo, el reía y seguía blandiendo su extraña arma aterrorizando aún más a los invasores. Él sólo nos dio el tiempo para acabar con casi todo su ejército y los supervivientes huyeron hablando del dios que protegía a Calakmul. Nosotros conocíamos al hombre pero que ellos creyeran que era un dios nos facilitaría las cosas. Lo enterramos con su máscara de Jade, él la había hecho, era justo que el defensor, el pequeño elote, el extranjero, el dios para el enemigo, el ulfhednar fuera despedido como... un hombre sagrado de Calakmul.

 
 
 

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fecha 18 de marzo de 2017 00:06
ultima modificacion Ultima modificación: 22:03
autor Por: Raúl Sales
 
 
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