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Derek Walcott, el poeta que trasladó la Ilíada a la isla de Santa Lucía

El poeta, ensayista y dramaturgo falleció este viernes a los 87 años de edad; por su creatividad plural, fue considerado como uno de los grandes escritores contemporáneos

 

Apunta Derek Walcott en uno de sus ensayos que “las biografías de poetas difícilmente son creíbles. No bien se publican se convierten en ficción, están sujetas a la misma simetría de trama, incidente y diálogo que la novela”. Ahora que le ha llegado su muerte tras una larga enfermedad, en su casa de la isla británica de Santa Lucía (en las Antillas Menores), en Castries, la ciudad en la que había nacido hace 87 años, es el momento de biografiarlo desde esos tres elementos. Estudió Literatura en la Universidad de las Indias Occidentales en Jamaica; en 1953 se trasladó a Trinidad y Tobago para involucrarse en proyectos teatrales, y así, dirigir hasta 1976 el Taller de Teatro de Trinidad y en 1981 empezó su andar estadounidense como profesor en la Universidad de Harvard.

Nobel por su poesía. El hecho de ser descendiente de africanos hizo que él mismo reflexionara en estos términos: “Habitantes de las colonias, partimos de esta debilidad palúdica”. Es una frase ésta que cifra la vivencia de todos los antillanos y de su mestizaje, de las islas colonizadas del Caribe por parte de los europeos, asoladas por la invasión y sus consecuencias: el deterioro humano y económico que arrastra un pueblo desde el tiempo remoto en que se inició su esclavitud.

Su creatividad mestiza (también reflejada en su obra plástica) hizo de él un escritor capaz de partir de la poesía homérica para hacer su propio poema, la obra por la que será recordado, Omeros, del año 1990, en el que trasplantaba la riqueza del verso antiguo a la modernidad; de este modo, el libro comenzaba como la Ilíada, pero ambientada en una isla antillana en la que la mujer deseada, en vez de una princesa, es una criada negra a la que quieren conquistar diversos pescadores. Obras como esta hicieron afirmar a otro premio Nobel como Joseph Brodsky que no había ningún poeta contemporáneo de tanta riqueza verbal como Walcott. Éste recibiría numerosos reconocimientos, pero por supuesto el más importante es el que le concedieron desde la Academia Sueca en 1992. Ese es su “incidente” más importante, el que populariza su voz, su estilo que muchos han relacionado con el realismo mágico, y hace llegar a un público mucho más numeroso sus otros libros poéticos, como Another Life (1973), The Star-Apple Kingdom (1979) o El testamento de Arkansas (1987).

Para un lector no familiarizado con la poesía de Walcott, cabría hacer mención del libro Garcetas blancas, que la editorial Bartleby publicó en el año 2010, pues en él se encuentran, según su traductor, Luis Ingelmo, “las obsesiones que han perseguido a Derek Walcott desde su juventud: la influencia que la pintura tiene en la lírica, las constantes referencias a la naturaleza, al pasado colonial de su tierra, Santa Lucía, y a la situación insular de ésta, así como el multilingüismo antillano”, y también, “el nomadismo del poeta por varias latitudes americanas y europeas y su preocupación por la progresiva conversión del ya perdido paraíso caribeño en un parque temático o en centros vacacionales”. Preocupaciones que si bien se asoman en sus versos, quedan más explícitas en los otros géneros que practicó con éxito, el teatro y el ensayo.

El amor después del amor

Derek Walcott

El tiempo vendrá
cuando, con gran alegría,
tú saludarás al tú mismo que llega
a tu puerta, en tu espejo,
y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro,
y dirá, siéntate aquí. Come.

Seguirás amando al extraño que fue tú mismo.
Ofrece vino. Ofrece pan. Devuelve tu amor
a ti mismo, al extraño que te amó
toda tu vida, a quien no has conocido
para conocer a otro corazón, 
que te conoce de memoria
.

Recoge las cartas del escritorio,
las fotografías, las desesperadas líneas,
despega tu imagen del espejo.
Siéntate. Celebra tu vida
.


El mar: espejo deseoso

Derek Walcott untó de mar las cuatros devociones de sus ojos. Poeta develado por consumaciones griegas, escribió: “El amor es una piedra / que se asentó en el fondo del mar / bajo el agua gris”. Tiempo de brisa violenta dispersando el polvo para que la arena se adueñe de los bienes. Tamo ausente. En los zaguanes, el olvido se ha encargado de borrar el rocío del limo. Caribe embarrado de furor en los embarcaderos, donde los pescadores intentan encontrar la pausa. El amor después del amor en la luz de un cielo desnudo en los bordes de una avidez desplegada por las borrascas que se lo tragan todo. Walcott supo deletrear la desventura que abrasa el Caribe.

Infortunio que se trasmuta en bullicio, por eso “Joyce temía al trueno / mas durante su funeral los leones del zoológico de Zúrich rugieron”. Joseph Conrad se agazapa en los hervideros de la sombra. El juglar de Santa Lucía despliega su resuello sobre el resplandor del horizonte. Un niño muerto ve su rostro en el mercurio del agua: Narciso caribeño que taja con su inocencia los borbolleos de la humedad renacida. “Sólo soy un mulato que ama el mar. En mí confluyen el holandés, lo africano y lo anglosajón”. Omeros: asunción de una herida: voces múltiples: salmos cifrados en la sal: espejo deseoso. “Una goleta navegando hacía el Caribe // rumbo a casa, podría ser Odiseo”.

Carlos Olivares Baró

 
 
 

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fecha 18 de marzo de 2017 00:06
ultima modificacion Ultima modificación: 23:54
autor Por: Toni Montesinos / colaboradores@razon.com.mx
 
 
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Ilustración Victor Nieto La Razón

 
 
 
 
 
 
 
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