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Paraíso INC. y otros poemas

Presentamos una muestra del trabajo de Manuel Illanes (1979), poeta chileno —residente en la Ciudad de México— que ha publicado títulos como Tarot de la carretera (2009), Crónica de Tollan (2013) y Memorias del inframundo (2016). Incluido en la antología Residencia temporal: seis poetas chilenos en México (Aldus, 2016), nos comparte aquí tres poemas inéditos.
 
Por Manuel Illanes

PARAÍSO INC.

Corriendo detrás
de unos vagones oxidados,
un cascajo rodante
que galopa hacia Paraíso Inc.
La tierra prometida es un
campo de naranjas en Salinas,
California, una cueva de braceros
que nos guiña desde lejos.
Agazapados entre la maleza,
el pulso y la voluntad
sometidos al tam tam
que multiplican los musgosos
rieles —un bisonte que cruza
los caminos con su carga
rotunda de metecos. Agazapados
en la maleza por días, corriendo
todo el tiempo, corriendo
detrás de unos vagones
oxidados.

Pero también
huyéndole
al largo etcétera del hambre,
a los latigazos del hielo
cuando el bisonte
se detiene y pasta
entre la neblina de la sierra.
Los coyotes andan
cerca cazando
maras y zambos
para el pozole,
la migra sigue
el hedor de nuestros
pantalones cagados.
Hay que correr
entonces, saltar
lo más alto que se
pueda, abrazarte
de los sucios costados
de La Bestia si no
quieres acabar
como un montón
de basura apilado
al borde de los rieles,
con tu rostro vacío
arañando la tierra.

Hay que seguir
corriendo detrás
de unos vagones oxidados
todo el tiempo, todo
el chingado tiempo
corriendo para no
ser carne de fosa,
para llegar a Paraíso Inc.

EL DIFÍCIL ARTE
DE INVOCAR
A LOS MUERTOS

La vida es un sueño,
un vértigo del que despiertas
ahogado en sangre.
Tantas veces leí esa
sentencia a sombríos estoicos.
Tantas, a borrachos
perdidos descubrir
el abismo cuando
la madrugada nos tendía
sus escalofriantes redes.
Brotaba entonces el llanto,
el tartamudeo, aquilatábamos
a la noche en su real peso.
Toda esa mascarada
que el cansancio entierra
profundamente en el olvido.
Tantas y tantas veces
el lugar común acusándonos.

No había visto a Víctor
en mucho tiempo.
Demasiada realidad
que soportar.
Adoraba llegar de improviso
a La Esperanza y disfrutar
del vacío de las cuatro
de la tarde un jueves cualquiera.
Sólo el sol arando
el piso del salón,
los libros y una Victoria,
naturaleza muerta
sobre la limpia mesa.
Dominando el gran espejo
entre botellas de mezcal
y tequila relucientes
Víctor se erguía silencioso.
Como un signo
de interrogación
surgido de la nada.
Su cabello engominado,
canoso, parecía ocultar
una edad imprecisa,
una sombra creciente
que su conversación espantaba.
Voz gastada entre las calles de Tepito.
Solíamos hablar de viejos
éxitos de Emmanuel.
Del corto que grabó
para una productora
independiente.
Sobre la malicia
que urge para ser chilango.
La antigua cantina
dormitaba mientras.
En una mesa cercana,
casi siempre, dos jugadores
de dominó homenajeaban
a Bergman y su Séptimo Sello
enfrascados en un duelo
épico sólo para matar
el tiempo.

No había visto a Víctor
en mucho, mucho tiempo.

Pienso en Gilgamesh,
en Enkidu entregado
sin compasión a los gusanos,
en ese lugar común que somos:
algunas líneas emborronadas
de un poema que el polvo
despreciará pero no
mi vana memoria.

PAISAJE CON RUINAS
(DE FONDO UN LARGO,
LARGUÍSIMO AULLIDO)

Como una vieja y descolorida
fotografía, aquella brumosa
del poeta y los árboles desaparecidos

en la barranca sin memoria,
Rimbaud, Harar, circa 1883:
así tu vida en México.

Vitiligo en las manos,
deudas que abruman,
los trepanados de Capital

reunidos cerca de la Iglesia
invocando al thinner cada tarde.
Vives del exilio, de nombres

calcinados de conquistadores
que la mayoría de la gente
ignora o recuerda apenas

como el primer día de clases
de hace tantos, tantísimos años.
Sólo las caricias de Circe,

el silencioso deambular
de los gatos por el 201 A
te salvan de la completa soledad.

Y cómo odias escuchar
el llanto del bebé
de tu vecina espantando

la ebriedad del sueño
cada medianoche. Y cómo
caminar con la planta rota

de tus zapatos sobre el suelo mojado.

Pero no exageres: recorrer
el callejón de libros de Balderas
para beber unas cervezas

con Gonzalo bien valen
la extranjería. O tomar
un autobús cada vez

que te dé la gana hasta
Calixtlahuaca para perderte
todo el día ahí mirando

como un condenado las piedras.
Como un bobo, las piedras.
Recuperar el asombro.

No exageres: sacar
una fotografía, una tan solo,
al paisaje con ruinas. Y de fondo,

un largo, larguísimo aullido.

 
 
 

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fecha 15 de abril de 2017 02:26
ultima modificacion Ultima modificación: 02:57
autor Por: Manuel Illanes
 
 
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