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Don’t let the fuckers get you down

El corrido del eterno retorno ¦ Por Carlos Velázquez

 

El termómetro marca 45 grados. Podría estar en cualquier lugar. Tijuana, Barcelona o CDMX. Pero no. Estoy afuera de la clase de natación de mi hija. El calor me sube la presión, me pone de mal humor, me requema, hace que sude como enfermo terminal y me deshidrata. Es la razón principal por la que salí corriendo de mis últimos dos matrimonios. No el cambio climático. Tener más hijos. No se me malentienda. Adoro a mi hija. Pero no me veo en ocho, diez años afuera de la maldita piscina transpirando como la gorda de Marylin Manson en coca.

Me aplasté rodeado de señoras a leer El vino de la juventud de John Fante. Las doñitas me abastecieron pero bien de miradas de resquemor. Ah, claro, mis tatuajes. Seguro me tomaron por cholo de la Pancho. Pero el horrorizado era yo. Cuarenta, sesenta, de distintas edades y distintos estratos sociales, chachalaqueando, metidas en sus celulares, con abanicos, pero ninguna con un libro en la mano. No soy el paladín de la lectura pero no leen ni en defensa propia. Tiré a león. Estoy acostumbrado. El día que no sea el apestado ese día entonces sí no voy a saber conducirme por el mundo. Cuando salió mi hija de la clase todas miraron con incredulidad que la niña viniera conmigo. Seguro pensaron que era su chofer.

Horas más tardes acudí a una tienda de discos. Apenas entré el guardia se me pegó como Boateng a Messi. Al instante me deprimí. No por mí. Soy un cuate de la provincia. Sabía que al tatuarme quedaba estigmatizado. Por él. Aunque me estuviera muriendo de hambre jamás cuidaría los intereses de Carlos Slim. Sólo estaba haciendo su trabajo. Lo sé. Pero existen de chambas a chambas. Preferiría pedir limosna. Pero como dice Fadanelli el mexicano promedio no está para ponerse a discutir si el Sargento Pimienta es el mejor disco en la historia de la música o para esperar el nuevo libro de Don DeLillo. Mi único consuelo es que en muchos otros ciudadanos están trabajando en otras empresas de seguridad para comprarse el último disco de los Rolling Stones.

Me gasté en dos minutos el sueldo que el guardia gana en toda la semana por perseguir ocho horas a cabrones tatuados como yo. No, no soy don billetes. Pero mis penurias son otras. Encima de mi inodoro tengo enmarcado un aviso de desahucio. Si no me pongo al corriente con la renta se me va a echar del departamento. No me siento orgulloso. Tampoco soy un irresponsable. Lo que ocurre es que en este momento de debacle espiritual me siento comprometido a defender mis vicios. Por eso me voy a seguir tatuando. Aunque en las juntas de padres de familia se me vea como un malviviente. Con lo que mi hija me cuenta que llevan sus compañeros de desayuno me hago una idea de lo buen padres que son quienes me miran con desconfianza. Qué clase de hijo o hija de puta envía todos los días a la escuela a su retoño con un hot dog como lonche.

Fue la tarde de los desagravios. Antes de que concluyera el día tuve que ir a Sam’s. La historia se repitió. Sentí como cuando llega el mail de las ofertas de HP a mi bandeja de entrada. Mandé un correo para pedir que no me lo envíen más pero continúa llegando. Lo bloqueé, pero no funcionó. Llamé por teléfono y me juraron que lo arreglarían. Hace más de diez años que no tengo una HP pero su publicidad no falla a diario. El guardia de Sam’s me siguió por toda la tienda lo que duré dentro. No me molesta. No estoy ahí para robar. Ese tiempo ya se acabó. Pero es que de entre todos los trabajos me parece el más indigno. Que un pobre explotado laboralmente por una empresa gringa persiga a otro pobre para que no se coma un cacahuate. Todo porque está tatuado de los brazos. Malditos cerdos, les he dejado una fortuna en todos estos años que llevo comprándoles y me tratan como a un delincuente. Por tatuado. Y morenazo de fuego.

La única solución para este tipo de discriminación es que todos estemos tatuados. Así va a ser imposible para uno o dos guardias perseguir a todos los clientes. Eso ocurre en ciudades como El Paso. Donde no sólo no se te ve como ladilla si no que hasta la gente te fisgonea los tatuajes. Toda la ciudad es hommie. Y encima tienen la cultura del tatuaje muy arraigada. Los presumen con orgullo. Tampoco estoy proponiendo que nos volvamos gringos. Dios nos libre. Pero sí que nos tatuemos todos los mayores de 18 años hasta las abuelitas. Ganaremos por mayoría. Pero mientras eso ocurre me seguiré tatuando y ganando el desprecio de mis coterráneos.

Porque como dijo The Clash: Go to hell, boys.

 
 
 

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fecha 17 de junio de 2017 00:18
ultima modificacion Ultima modificación: 03:35
autor Por: Carlos Velázquez / @charfornication
 
 
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