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La leyenda del hijo que rescató a su mamá

Dilecto lector: nos acercamos a ti en mitad de esta selva de textos, librerías, editoriales, autoras, editores, narradoras, poetas y libros, para decirte bajito que entendemos que la exuberancia vegetal puede ocultarnos el bosque; pero que nosotros, desde estas páginas, intentamos desbrozar el terreno y señalar el movimiento cuentístico que late por debajo de la piel de esta tierra letrada, letra.herida y proponemos esta Cartografía narrativa de un país en pedazos  donde recogemos voces y texturas con la idea de obtener una muestra de lo que se cuece a lo largo y ancho de este país nuestro. —Edson Lechuga, coordinador

 
Por Jaime Mesa

(Ciudad de Puebla, 1977)

La leyenda del hijo que rescató a su mamá es muy popular en la frontera. Mira que eso ya no se ve en estos tiempos, que alguien, arriesgándolo todo, vaya a proteger a su familia. La señora se había ido en busca de su marido. Dejó a su hijo de 15 años al cuidado de los tíos o una abuela. Se llevó parte de su dinero, y luego de pasarse por Zacatecas, Hermosillo, terminó en Tijuana. Nadie sabe por qué hizo esa vueltota. Traía otro plan o quién sabe, es imposible creer que alguien haga ese tramo tan desigual nomás porque sí. La señora tenía bien clarita la dirección de su esposo en Los Ángeles, no había falla, entonces por qué dio tanta vuelta. Total que en Tijuana la secuestraron. Unos compas llegaron, vieron quién era la más guapilla del salón y ahí estuvo el asunto. Se llevaron a tres, a una la mataron esa misma noche, si ves las fotos es la más fea, y a las demás las llevaron a San Diego y ahí se dedicaron a despacharlas con el público bien acá. Ya sabes, señores de buen diente y de fin de semana, o hijos de papi con cuenta bancaria de varios ceros. Para esto, el esposo ni preguntó dónde andaba su mujer ni nada. Él sabía que ella iba en su búsqueda pero estaba confiado que cuando llegara a Los Ángeles y no lo encontrara se iba a regresar y asunto acabado. Unas vacaciones para la mujer, se lo merecía. En ese tiempo a la familia le iba bien. Él era escolta de unos malos y poco a poco le había dejado de temblar la mano. La gente dice que le decían el Punch, sabía dar unos putazos de ensueño porque había sido boxeador, y fue escalando desmadrando vatos con los puños, luego con un bat que le prestó su jefe y luego con la fusca que se compró en el mercado negro. Mandaba para su casa el veinte por ciento de lo que ganaba y el resto lo guardaba, un cuartucho que de tan miserable a nadie se le ocurrió robar. Total que el único que recibió noticias fue el hijo. Tuvo paciencia porque esperó casi un año y a unos meses de cumplir dieciséis recibió, de pura chiripa, un mensaje de su madre que le decía: “Manuel, estaré en el hotel La Fragua del día 14 al 17 en Tijuana. Tengo mucho miedo y me tienen raptada”. Entonces, ese “niño” que rescató a su mamá le dijo a la familia, trató de convencer a sus tíos para que viajaran al norte y hasta fue a la Policía a mostrar en su telefonito de cuatro pesos el mensaje de su mamá. Nadie le hizo caso. Ya había pasado casi un año y muchos la daban por desaparecida y, casi todos, pensaban que se había fugado con alguien más. El dinero que mandaba el Punch seguía llegando y con eso estaban aplacados todos. ¿Para qué moverle? ¿Para qué hacer enojar al Punch porque era claro que ni preguntaba por su mujer? Pero Manuel, o Ariel, nadie se ha puesto de acuerdo, no pensaba así. Encontró un huequito en el ropero de sus padres en donde estaba la cajita en la que guardaba su madre los ahorros. Separó un poco, que era bastante, y con unos huevos del tamaño del mundo, los que tienes a los dieciséis años si estás destinado para algo grande, cargó su mochila y se fue. No le dijo nada a nadie pensando que toda esa pinche malaria de perros ya no eran su familia. Viajó en autobús hasta Tijuana, se sembró un ratito porque quería acostumbrarse a ese nuevo mundo y porque, aunque tenía huevos, traía un miedo de esos que alocan a la gente. Era día 11 o 12 cuando llegó. En la ciudad pequeña en donde vivían ya se había puesto desde los catorce años sus borracheras así que al menos una noche se fue de bares, bebió hasta no poder más pero se contuvo de andar a rastras. Le contó a una puta lo que pasaba, cambiando nombres, haciéndole un poco al investigador, fingiendo que estaba más pedo de lo que estaba, y por ser el amigo del amigo la puta terminó aceptando que sabía del asunto y de lo que pasaba en el hotel La Fragua: “No es el único en el que pasa pero sí el más usual”, le dijo. La puta se llamaba Mercedes y era de Veracruz. Era blanca blanca y por eso tenía la cara salpicada de pecas. El pelo cortito cortito y negro azabache como caballo de corrido. Tenía unas caderas enormes y el vestido rojo que iba intercalando con otro verde, le hacía subir las tetas hasta el cuello. Había perdido a sus dos hijos cruzando la frontera. Ya ni se acordaba pero le dolía. Eran bebitos y se habían quedado sin agua y sin nada y se le habían muerto como pajaritos, como cualquier cosa. Andaba sola porque el Pedro, el dizque padre, se había adelantado como hacen todos los hombres. Una señora intentó ayudarla a revivirlos pero al final se dio cuenta de que ya no había nada que hacer y la ayudó a medio enterrarlos para que, al menos, los coyotes no se los comieran tan fácil. “¿Pero y si no están muertos?”, le decía Mercedes a la señora, como con culpa, como si diciéndolo en voz alta convocara a una suerte de milagro. “No llores porque te funden”, le decía la señora en medio de la noche y cuando estaba a punto de amanecer. Mercedes se quedó dormida llorando en silencio, sin entender lo que había pasado hasta que el sol se le pegó en los párpados y al apretarse el pecho no encontró nada. Mientras todos se levantaban antes de que clareara bien, ya estaban en el último tramo y los Border Patrol se iban a desayunar a esa hora, Mercedes se tragó los gritos, empezó a morderse el labio y comenzó a caminar con los demás. Así que cuando vio aquella tarde, tan temprano, entrar a ese hombre en miniatura, con su chamarra negra Adidas, medio gordo y medio flaco, pero con papada y con unos ojos de zopilote adelantado, se puso a platicar con él y, sobre todo, le puso atención cuando contó lo de su mamá. Si hubiera sido cualquier otro, uno de esos hombrones machos que llegaban preguntando por alguien, o uno de esos pendejos policías encubiertos que descubrías en dos patadas, lo habría cantado. Un mensajito y ya, estaba listo, venían por él para levantarlo. Pero no, aquel niño medio hombre le había hecho pensar que de vez en cuando, sólo por chiripa, sólo por un milagro, hay un cabrón que sobresale del montón y se pone a proteger a su familia. Así que le ayudó, le dijo ya en la noche que se fuera para su hotel y que ahí se veían. Le dijo que se anduviera con cuidado y que todo estaría bien. Manuel, o Ariel, nadie se pone de acuerdo, antes de despedirse con un beso en la mejilla como si Mercedes hubiera sido su tía, le dijo que necesitaba una pistola. En la madrugada llegó Mercedes con uno que se hizo famoso en ese tiempo: el Estalión. Era uno de los jefes de los contras del otro grupo que dominaba por ahí. Cosa curiosa, el Estalión había encontrado en la historia de Mercedes, en los brazos de Mercedes, en ese cariño denso y sintético de Mercedes, ese globo inflado que le llenaba el vacío de toda su infancia. Así que le tenía una ley de hierro. La mujer le había hablado de aquel chiquillo y aunque primero se le había hecho una curiosidad, luego se interesó, al menos, en escucharlo. Las cosas cuando andan calmadas en personas como el Estalión funcionan al revés que para nosotros. Se ponen más ansiosos, se ponen a buscar proyectos, cosas que hacer todo el tiempo. Así que como no queriendo, luego de una mamada que le dio Mercedes en el auto y de meterse un par de rayitas se fue con ella a ver al chamaco. Cuando llegó y Manuel, o Ariel, nadie se ha puesto de acuerdo, les abrió no lo encontró tan chamaco. Tenía la furia en los ojos, ésa que le reconocía a los más jóvenes pero que, lo sabía por tantos años, les daban la única oportunidad: tener el pulso para matar, saber salvarse de las balas, y, entonces, escalar de a poco. “¿Y si te olvidas de todo eso y te vienes a trabajar conmigo, mano?”, le dijo. Manuel, sin saber quién era, un poco con miedo, un poco con nervios, le dijo que sí mientras le dejara ocuparse de algo y que, además, le ayudara. El Estalión le dijo que qué necesitaba y Manuel, como si pidiera un hot dog más, le dijo que un auto y una pistola para ir por su madre al hotel. “Pero ¿sabes cuánta raza va a estar ahí custodiando?” y, entonces, el chavo contestó lo definitivo: “me vale putas madres”. El Estalión le dijo que sí de la pistola pero que el auto sería un riesgo. “Pero te presto al Cuernos que es un culero bien hecho” y el trato quedó cerrado. Cuando se fueron, a Manuel le dijeron que sería en la noche siguiente, que el Cuernos pasaría por él, y que se estuviera quieto. “Si sobrevive ese morro, me lo llevo para el jale”, le dijo el Estalión a Mercedes cuando se subieron al auto de vuelta.

Las cosas según cuentan los viejos ocurrieron así: el Cuernos era bien entrón y venía de Tamaulipas. Llevaba unos meses trabajando pero el Estalión todavía no le daba el paquete completo aunque venía recomendado. Había algo en su soledad, en esos modos de hacerse bien silencioso y en sus formas medio distantes de comportarse. No es que estuviera mal pero no era el típico azota puertas de todos los días. El Estalión vio en aquella misión suicida una oportunidad: si el Cuernos no rajaba, iba y ajusticiaba a todos y salía vivo, se podría convertir en la mano derecha que le iba haciendo falta porque el Rulo, el actual, ya iba pidiendo que lo bajaran. Llamó al Cuernos, le dio una escuadra medio vieja, medio jodida pero que aún roncaba y le dio instrucciones: “Te chingas un coche, te pasas por el morro, te llevas tu Chivo y te me matas a los que puedas mientras el chavillo hace lo suyo. Le das esta pistola. La Paula me dice que en la madrugada se quedan dos cabrones solamente, igual hasta uno, y que a todas las putas las tienen en el segundo piso. Mátame a la comadre y a su asistente, que siempre me han caído gordos y que empiece la pinche guerra”.

Lo que no le dijo al Estalión y que fue definitivo es que a la misma hora de esa incursión, el resto de los hombres estaría asaltando la casa del otro jefe. Cinco puntos serían tasajeados al mismo tiempo para liberar la plaza. Total que el Cuernos llegó como a las dos por Manuel, entró a su cuarto, le mostró la pistola y en unos minutos le enseñó cómo usarla. Le dijo que no se preocupara y que se pusiera justito detrás de él todo el tiempo. El Cuernos iba con dos compas que necesitaban jale así que la cosa estaría fácil. Cuando llegaron a La Fragua serían las tres de la mañana. Había un silencio bruto y muchas de las luces estaban apagadas. El Cuernos mandó a Martín, el Pochito, por delante porque le sacó de onda que al frente no hubiera al menos un carro con gente dentro. Se esperó cinco minutos y entonces les dijo a Manuel y al otro que lo siguieran. Alguien medio se asomó en uno de los primeros cuartos y por las dudas el Cuernos tumbó la puerta lo más silencioso que pudo, aunque tronó en medio de la noche como si se cayera un edificio y con el cuchillo se echó a dos compitas que se habían refugiado en un rincón, detrás de las camas. Buscó armas o algo y supo que sólo era un par de desconocidos con plan fiestero que, quizá, se habían cogido juntos y habían fumado crack por el olor rancio que le llegó. Entonces los cuatro subieron de a dos los escalones y fueron abriendo puerta por puerta. No había vigilancia ni nada y al menos los primeros tres cuartos del segundo piso estaban abiertos. Puta muerta en el primero, tres más bien frías en el segundo y dos cabrones tumbadotes y con tiros en la cabeza en el tercero. “Mijo, usted se queda acá un rato”, le dijo el Cuernos a Manuel. Caminaron los otros para revisar los demás cuartos y encontraron lo mismo. La primera idea es que alguien había pitado de la madriza que se estaba dando en algún punto, porque, esto sí lo sabía el Cuernos, estas carnicerías se dan cada que hay batalla o ajusticiamientos en masa. Algo estaba pasando en otro lado. Primero se enojó porque el jefe lo había dejado afuera pero luego se calmó al entender que era una especie de prueba de confianza. En el último cuarto, en medio de la cama, toda desparramada como un marrano en el mercado, con la cabeza colgándole estaba una mujer muy guapa y muy blanca. Sin saberlo, o quizá sí porque las otras se veían como muy humilditas y porque ésta tenía esa pinta de caderas anchas y algo en su piel que le dio al Cuernos la seña de que era la madre, fue hasta ella, la medio acomodó en la cama, le puso una almohada debajo de la cabeza, le quitó tantito la sangre con unos kleenex que sólo se le pegaron a la piel y la tapó con una sábana. Parecía, para un amateur, que sólo estaba dormidita. “A ver, mijo, venga...”, gritó. Manuel ya sabía antes de entrar. Pero no lloró. Tenía la cabeza toda adolorida de ver tanta cosa en tan poco tiempo, de la peste a mierda que le llegaba, de los charcos de sangre cuando fue entrando a los cuartos, aunque le habían dicho que se quedara allá y cuando llegó a ver a su madre, sólo se sentó en la cama; traía la pistola aún en las manos y no la soltó, y sintió como si el largo camino no hubiera valido la pena. Sintió como si en aquel cuarto maltrecho de ese pinche motelito no hubiera nadie y tenía de dos: seguir buscando o regresarse. El Cuernos, con toda la delicadeza que pudo que no fue mucha, le dijo que tenían que pelarse, que hiciera lo que tenía que hacer. “Me la llevo”, se oyó retumbar en aquel silencio. “Ni madres, vatito, eso no se puede”, contestó el Cuernos y entonces sin pedir permiso, Manuel se encajó la pistola al frente del pantalón, envolvió bien a su madre con la sábana y con un cobertor que encontró en una silla e intentó cargarla. No pudo. Pero lo siguió intentando hasta que el Cuernos le dijo a otro que lo ayudara. Entre los dos la cargaron y la metieron en el auto. La pusieron en medio de Manuel, o Ariel, nadie se ha puesto de acuerdo, y del otro en el asiento de atrás. Así, envuelta, como una monja, y a la distancia, parecía que estaba viva y que su cansancio la hacía recostarse en el cuerpo de su hijo. Una borrachita, una hermana terminando la fiesta, una mujer cualquiera descansando. Se metieron por una calle oscura de vuelta a la ciudad y en un momento se pararon. “Tienes de dos, morro. O dejamos todo acá y nos vamos; o te pelas en este coche ahorita mismo hacia donde tengas que ir. Yo tengo que ir a ver al jefe y si metes el cuerpo a tu hotel te van a cazar o de perdis la policía te apaña.” Los tres hombres, complacientes quizá porque sabían lo que se siente perder a tu jefa, se quedaron callados esperando la respuesta. Entonces Manuel se hizo hombre, si no es que ya se había hecho tantas veces antes, y les dijo que se iba para su casa. El Cuernos le dijo que si tenía dinero y Manuel bufó que sí. Los cuatro hombres se salieron del auto y ayudaron al morro que ya no era morro a trepar a la jefecita a la cajuela. El Cuernos, como una especie de padre postizo, revisó a Manuel por si no tenía sangre, sobre todo en la cara, o algo raro, y le dijo que se pelara ya. Cuando los tres hombres se perdieron en la noche, el chamaco prendió el auto, metió primera y manejó de vuelta a su ciudad, sin detenerse más que un par de veces para dormir ahí en cualquier parte pero bien oculto. Unos días después llegó. Sacó a su mamá que ya apestaba y casi se le deshizo entre los brazos, chorreándose por todas partes y la metió a su casa. Los vecinos empezaron a medio asomarse a la vivienda y como a las dos horas llegaron sus tíos y la abuela. Nadie dijo nada ni preguntó nada.

Había una pistola en el comedor y la cara que era sólo ojeras de Manuel les propuso respeto. Uno de los tíos se fue a la funeraria, sin siquiera pedir dinero, y las mujeres armaron en la pequeña sala lo necesario para velarla aunque ya llevaba quién sabe cuántos días muerta y, seguro, su alma se había ido. Compraron flores y el cuerpo estaba tan mal que la abuela le pidió a Manuel que la enterraran ya. Luego de que allá en el panteón todos lo abrazaron y le decían de cosas, el morro se regresó a su casa, armó otra maleta, durmió dos días seguidos y al tercero se levantó y se fue. Según los viejos, nadie supo más de él. Y esa es la leyenda del hijo que rescató a su mamá y que sigue siendo bien popular allá en la frontera. Nadie se pone de acuerdo sobre si se llamaba Manuel o Ariel.

Jaime Mesa (Puebla, 1977) es novelista: ha publicado en Alfaguara Rabia  (2008), Los predilectos (2013), Las bestias negras (2015) y La mujer inexistente, que acaba de aparecer. Es profesor en la Escuela de Cine de la BUAP y autor del ensayo “100 protagonistas de la Generación Inexistente” que apareció en Literal Latin American Voices. El cuento que publicamos es la primera indagación de una novela en proceso.
 
 
 

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fecha 8 de julio de 2017 00:21
ultima modificacion Ultima modificación: 21:51
autor Por: Jaime Mesa
 
 
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