Diario La Razón
Sábado 22 de Julio | 9:52 pm
Facebook Twitter RSS Youtube
 
 
Un debate sobre el fin del arte
 

“En nuestra época, el arte es refinado como glamour absoluto, de hecho, es el más glamouroso de todos los fenómenos sociales”.

Donald Kuspit

Con su libro El fin del arte- Editorial Akal - , Donald Kuspit (profesor de Historia y Filosofía de Arte en la Universidad de Cambridge y crítico habitual de la revista Artforum y otras influyentes publicaciones) contesta al historiador y filósofo estadounidense Arthur C. Danto, quien, en La muerte del arte (1984) y Después del fin del arte (1997) analizaba con conclusiones opuestas la quiebra de la modernidad. De las contradictorias meditaciones de estos y otros pensadores, lo que queda bien claro –cualquiera puede verlo en galerías y museos– es que el arte se halla desde hace décadas en una etapa de incertidumbre y redefinición de su propia esencia. No es sólo lo que digan los críticos: los artistas mantienen posturas irreconciliables, complejas, y todas ellas respetables, todas vivas. Es cierto que esta situación, que no hay por qué considerar negativa, ha podido conducir a un “todo se vale” que pone en riesgo el juicio estético. Pero no es posible hoy mantener la actitud que Kuspit abandera: defender una sola entre decenas de maneras de “ser artista”, desautorizando cualquier otra. “Vivimos – dice Kuspin- en una era especial del arte, especial no por su revolución estilística ni por su nuevo sentido de la verdad artística, ni siquiera por un nuevo sentido de la ironía de la existencia del arte, sino porque es la era de la comprensión t dominio capitalistas del arte”. [1]

Los creadores nos están ofreciendo multitud de perspectivas: es preciso discriminar entre las que son verdaderamente reveladoras y las que no nos aportan nada, pero hemos de estar atentos y abiertos. Porque como justamente señala el autor, asistimos a una desmedida proliferación de propuestas, a una mercantilización intolerable, a una “fatiga de lo nuevo” e incluso a una “farsa delirante”, no cabe duda de que el arte atraviesa una etapa crucial. La tesis del libro es que después del expresionismo abstracto surge el imperio del “postarte”, cuyas raíces se encuentran en el realismo de Manet y Courbet y sus bases teóricas en el ready-made de Duchamp (“envidioso aguafiestas”) y el conceptualismo de Allan Kaprow. Kuspit condena la confusión entre arte y realidad, que es para él siempre banal, y la primacía de la idea sobre la ejecución de la obra. Lo que habríamos perdido sería la experiencia estética, que se produce sólo a través de la obra física, y que surge de las regiones del inconsciente. Concibe, según su habitual enfoque freudiano, el acto creativo como sesión psicoanalítica, el estudio como clínica y la obra como herramienta de curación. El arte debe transmutar la fealdad del mundo en belleza, ser trascendente, puro y primitivo. Esto, y él lo sabe, no es sino un desiderátum, pues reconoce que aunque el artista crea que es un vidente y un profeta (y aunque lo sea), la sociedad ya no está dispuesta a verlo así. Para hacer valer tales exigencias traza una breve historia del arte moderno en la que exagera las indudables aportaciones del “culto de lo inconsciente”, pretendiendo que el simbolismo, el expresionismo, Van Gogh, Gauguin, Cézanne, Degas y Picasso transformaron la visión de la realidad exterior a partir de una poderosa visión interior, y olvidando que todos ellos construían de forma muy consciente imágenes en las que introducían aportaciones formales o estilísticas bien meditadas. Por otra parte, descalifica casi todo el arte producido desde los 60: por conceptual o apegado a la realidad, por no transformar la fealdad, por “banalizar difamatoriamente el gran arte tradicional” (artistas feministas), por ser sólo expresión de ingenio, por utilizar medios de reproducción mecánicos, o por no respetar el espacio sagrado del estudio. Así, crítica duramente a artistas tan importantes como Leon Golub, William Wegman, Hamish Fulton, Josep Beuys, Bruce Nauman, Kiki Smith... y decenas más. Su gran bestia negra es el arte “excremental”, lo que hasta cierto punto sorprende en alguien tan interesado en el psicoanálisis (pero él se niega a ver en el inconsciente una “fuente de suciedad”). En todo esto parece subyacer un conservadurismo estético, que se evidencia al final del libro, cuando propone su alternativa de futuro: los Nuevos Viejos Maestros, “ni tradicionales ni vanguardistas sino una combinación de ambos”. Son todos pintores, todos figurativos... y unos cuantos terriblemente anticuados y pretenciosos, de gusto pésimo. Aunque como bien apunta Kuspit hoy en arte y crítica todo se vale, y creo que ese mismo concepto que tanto descalificó el crítico de arte norteamericano Clement Greenberg es el que más daño le ha hecho al arte contemporáneo internacional, pues hoy más que arte, reina la confusión de conceptos y tendencias. Es por ello, necesario hacer una valoración crítica y subjetiva del gran arte, pues desde mi punto de vista, prefiero re-descubrir a mis Viejos Maestros, que detenerme en las galerías o ferias de arte en Madrid, París o Londres, a ver “el nuevo gran arte contemporáneo”. Dice Kuspin: “En el mejor de los casos, el ego puede atestiguar y analizar el destino – el destino decretado por nuestras emociones-, y tiene que hacerlo si es que nosotros hemos de sobrevivir. El mejor arte es un testimonio analítico – un testimonio del ego-, que es la forma en que sirve a la vida”.

 
 
 

Noticias Destacadas
Anterior Siguiente

 
fecha 14 de julio de 2017 23:47
ultima modificacion Ultima modificación: 23:40
autor Por: Miguel Ángel Muñoz/miguelamunozpalos@prodigy.net.mx
 
 
Todo sobre este tema
 
 
Un debate sobre el fin del arte
Ver galería completa Galeria
 
 
 
 
 
 
 
Secciones
 
website security
Acerca de La Razón
 
Complementario
 
 
Facebook Facebook Twitter Twitter RSS RSS Youtube Youtube
 
La Razón © Todos los derechos reservados 2014
Powered by Web Comunicaciones