Diario La Razón
Domingo 23 de Julio | 7:39 pm
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El canto del alma
 

Desde que estaba en el vientre escuchaba más de lo que cualquier otro ser en su condición hubiera hecho, no entendía nada de lo que se decía pero sentía las cargas emocionales y en más de una ocasión, por instinto más que por comprensión, se dedicaba a apaciguar al otro único ser del que tenía consciencia. Al nacer lloró y no fue por la tradicional nalgada con que nos reciben sino por el golpe de sentirse expuesto, del terrible frío que recorría su cuerpo, de la cegadora luz que lastimaba y por la angustia de que le arrancaban a quien lo había acompañado desde que sintió por primera vez y sólo dejó de berrear cuando lo acercaron al único ser que conocía. Fue un niño retraído, que pasaba horas en un aislamiento elegido, que se encerraba en sí mismo y no dejaba entrar a nadie, no soportaba el contacto físico ni la cercanía y las pocas veces que lo llevaron a eventos públicos lloraba como si lo estuvieran golpeando y hasta cierto punto así era pues su condición o como se refería él a eso, su maldición le permitía sentir lo que los demás sentían y nadie, por muy fuerte que sea está listo para soportar envidias, temores, odios e ira de decenas de personas y aunque a veces se refugiaba en los breves instantes de paz y armonía, estos no eran suficientes para servirle de protección ante lo otro. Dejó la escuela y pasó todo un año en visitas con psicólogos y psiquiatras que le hacían las mismas pruebas, las mismas preguntas, los mismos dibujos y medicamentos cada vez más potentes que lo aturdían al punto de dejarlo con un hilillo de baba corriendo por la comisura de sus labios y su madre sentía compasión y dolor y eso era más de lo que podía tolerar por lo que se hundía en ese abismo negro de insensibilidad que se convirtió en refugio, fortaleza y paliativo de cordura. Su madre desesperada lo llevó con un sacerdote y sabiendo lo que le hacían las multitudes esperó fuera de la iglesia pero él se soltó y entró decidido, su primer impulso fue detenerlo pero al verlo sonreír, lágrimas de felicidad corrieron por su rostro. Hasta ese momento no creía en milagros pero ahí, frente a ella, en el rostro de su pequeño hijo vio el primero y cuando lo escuchó llamarla tuvo el segundo pues escuchó sus primeras palabras... "Ven mamá". Durante los primeros años en el retiro sentía las emociones de los que ahí estaban y no podía congeniar lo que le transmitían con lo que veía, rostros en paz con emociones conflictivas y se sumía en el desespero hasta el momento de la oración en la que todo se asentaba en una cadencia que lo relajaba, que lo congraciaba, que le permitía ser y cuando encontraba eso lo dejaba entrar en ese abismo negro dentro de él que lo había salvado en muchas ocasiones pero que ahora usaba como almacenamiento de memoria y poco a poco se aislaba en ese punto de su mente pero ya no en la angustia del escape sino en el anhelo creativo y jugaba con la cadencia y buscaba sonidos que tuvieran similitud con lo que escuchaba y probaba una y otra y otra vez y lo escuchaba aunque el universo estuviera en silencio. En sus pocos ratos libres, aprendía música, quería ver si con otras herramientas podía plasmar aquéllos breves instantes de paz. Sus maestros le decían que era un virtuoso por la emoción que transmitían sus ejecuciones pero, el sentía la envidia subyacente en el halago, le dolía que le manifestaran rechazo cuando él sólo quería aprender para que no fuera ruido lo que escuchaba como sinfonía y mientras más lo intentaba, más rechazo recibía, más peros le ponían y entonces tenía que buscar un nuevo instructor. Cuando lo ordenaron escuchó un nuevo sonido, casi como si todas las voces disímiles se encontraran en un canto de armonía, eso lo distrajo y siguió tendido en el piso mientras escuchaba en éxtasis y aunque lo explicó fue reprendido duramente por haberse dormido, ya pocos de los que estaban ahí recordaban al niño asustado, cerrado, emocionado que había entrado por primera vez a una misa, ahora lo veían como un recién ordenado sacerdote que no era el más brillante y si uno de los más distraídos, no uno que se encogía de dolor ante lo que nadie podía ver y que lo catalogaban como excéntrico en el mejor de los casos y extraño en la mayoría de ellos. El día en que se confesaron con él creyó que sería como las veces en que él lo había hecho en las que apenas sentía un murmullo en la lejanía y le devolvían una automatizada indiferencia pero, no fue así, sintió a la mujer que se acercaba al confesionario y su abrumadora culpa lo estaba haciendo ahogarse, apenas pudo emitir palabras cuando abrió la ventanilla y cuando terminó la frase ceremonial sintió el torrente corriendo por él. Él era culpable, él era adúltero, él era envidioso, él era mentiroso, él no tenía paciencia, él odiaba, él había lastimado por placer, él se había regocijado en el dolor ajeno, él... Sudaba agobiado al borde del colapso, cuando escuchó el sonido conocido del amor de madre y la entendió, la sostuvo entre su dolor y sin saber lo que hacía, sus palabras cantaron hacia ella y la perdonó y se perdonó y en el sollozo al unísono encontró la melodía que le daba una segunda oportunidad, una perfecta consciencia de lo perfectible y unidos soltaron culpas al viento que resonó junto con el sol en un "ahora sé". Hasta ese momento no había entendido su lugar en el rompecabezas llamado existencia y cuando supo su lugar, todo tuvo sentido. Fue el juez que no juzgaba, fue la piedra de lágrimas, el bálsamo de la herida, el perdón desde la comprensión y lo que todos pensaban sin poder ponerle palabras... El acompañante del dolor, el apoyo que detiene la caída, la mano que levanta, el sonido del sentido perdón. Al morir, le oficiaron una misa en la que tuvieron que realizarla al aire libre pues el recinto no tenía espacio para la cantidad de gente que había asistido, algunos de ellos era la segunda vez que iban, la primera lo hicieron para confesarse y ahora lo hacían por una gratitud que no lograban comprender del todo pero sabían que necesitaban estar ahí. Al final de la misa le pidieron a los asistentes que permanecieran para escuchar una partitura con anotaciones que habían encontrado entre las pocas pertenencias del padre y que sería la primera vez que se escucharía... Lo que escucharon sería difícil de plasmar pues nadie escuchó lo mismo, se escucharon a sí mismos encontrando su lugar en algo más grande, se escucharon siendo enormes desde la humildad de saberse minúsculos, se escucharon perdonando al de a lado, al de atrás, al de adelante, a sí mismos. Pero lo que nunca podrían entender es como cada uno cantó lo que sentía y todas las voces de la enorme multitud se unieron en el punto exacto encontrando armonía en un canto... del alma.

 
 
 

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fecha 14 de julio de 2017 23:44
ultima modificacion Ultima modificación: 23:44
autor Por: Raúl Sales
 
 
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Foto: Ernesto Meneses

 
 
 
 
 
 
 
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