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Hace unos días, una estudiante mexicana que cursa su posgrado en una gran universidad americana, me envió un mensaje que me produjo una sacudida doble. La joven me expresaba su indignación frente al hecho de que prácticamente la totalidad de los alumnos mexicanos que postulan y son admitidos en los mejores posgrados en Estados Unidos, provengan de universidades privadas mexicanas de alta calidad y altísimas colegiaturas.
A a diferencia de lo que ocurre con estudiantes de otros países en desarrollo, señalaba, para la mayoría de los mexicanos, un posgrado americano top es hoy simplemente “la credencial necesaria para pasar de la élite a la súper-élite”. El tema me sacudió, pues me recordó lo pernicioso y escandaloso que resulta el que el reclutamiento de élites en México se haya venido concentrando en el minúsculo universo de los sectores sociales de más altos ingresos, y el hecho de que este asunto no parezca importarle mucho a nadie.
La segunda sacudida me la provocó un comentario de la autora del mensaje. La cito: “Puede sonar a cliché pero estoy convencida de que el Estado tiene que jugar un rol más relevante en la formación de élites en nuestro país, y que la educación pública tiene que ser herramienta para aliviar la desigualdad social, no para reforzarla como actualmente sucede”. Lo que me tocó fue la frase “Puede sonar a cliché”. ¿En qué momento decir cosas razonables tales como que el Estado tiene un papel que desempeñar en la formación de élites empezó a exigir matices y disculpas de mil tipos?
Intuyo que el impulso —muy frecuente, por cierto— a prevenir descalificaciones cuando afirmamos ideas que no encajan bien en el canon del hiper-liberalismo dominante, constituye un signo más del avasallador triunfo de la derecha en el plano de las ideas ocurrido a lo largo de las últimas décadas. La victoria de la derecha hiper-liberal, sobre todo en el plano del pensamiento económico, tuvo un efecto refrescante en un primer momento. Obligó a problematizar algunas certezas incuestionadas, asociadas al gran consenso keynesiano, y contribuyó a abrir nuevas posibilidades de pensar y de hacer las cosas.
Hace ya varios años, sin embargo, que ese programa se ha venido anquilosando y perdiendo su capacidad transformadora. El impulso cuestionador y el ánimo de ganar en buena lid con datos y razones, ha ido perdiendo terreno frente a la machacona repetición de máximas y la exigencia de adoptar como artículos de fe ideas y creencias, muchas de las cuales no resisten el escrutinio de la razón y de la ciencia.
Los problemas que enfrenta el mundo —incluidos los de México— requieren con urgencia de un nuevo progresismo abierto, inteligente e incluyente. Los dogmas del viejo consenso keynesiano y del hiper-liberalismo conservador, no alcanzan siquiera para nombrar muchos de esos problemas. Habrá que tomar de ellos lo que sirva y, sobre todo, oír a los que están inventando nuevos lenguajes —en el arte y en la ciencia, por ejemplo—, animarnos a volver a pensar con mayúscula, y a defender todos esos valores como el compromiso que tenemos todos con todos, que hoy parecen haber quedado arrumbados en el fondo del baúl.
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