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Las ausencias de Vicente Fox y de Ernesto Zedillo en el homenaje rendido al ex presidente Miguel de la Madrid en Palacio Nacional quizá se explican en algunos de los rasgos más corrosivos de la polÃtica mexicana, que son el rencor que anima el trato entre sus actores, la falta de un sentido de Estado que en determinados aspectos vaya por encima de las reyertas cotidianas y la carencia de elegancia.
Los funerales de un jefe de Estado, al menos en los paÃses civilizados, son uno de esos momentos reveladores de la cultura polÃtica y del grado de madurez institucional que ha alcanzado un paÃs.
Recuerdo ahora, por ejemplo, los de Richard Nixon, el presidente más controvertido de Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX y el único que ha renunciado. La ceremonia, en 1994, reunió en Yorba Linda, California, el lugar donde Nixon nació, a los ex presidentes Bush padre, Carter, Reagan y Ford, asà como al presidente Clinton. Hablaron en ella demócratas y republicanos, y fue transmitida casi entera por las cadenas nacionales de televisión. Lo mismo ocurrió con los de Ronald Reagan, en 2004, y de Gerald Ford, en 2006, quien perdonó a Nixon por cierto y por ello perdió la reelección.
Cuando en 1970 murió Charles de Gaulle, que tenÃa ya años lejos del poder y vivÃa algo amargado en su casa de Colombey, el adiós lo encabezó el entonces presidente Georges Pompidou en la catedral de Notre Dame y acudieron a él representantes de 80 naciones. Los primeros funerales de Estado de la España democrática fueron en 2008, los de Leopoldo Calvo Sotelo, cuyo mandato como presidente del gobierno no podrÃa haber sido más accidentado, pues empezó con la tentativa del golpe de 1981 y terminó al año siguiente con la promulgación de la nueva Constitución, y estuvieron todas las autoridades empezando por el Rey y por Zapatero. Felipe González, por cierto, regresó de inmediato de América para estar en la ceremonia en la Catedral de la Almudena.
SÃ, podrá decirse que son otros tiempos, otros hombres y otras historias. Y es verdad. Pero en polÃtica los sÃmbolos y la liturgia cuentan y valen porque van creando, quizá de manera imperceptible, imaginarios y referentes en torno a los cuales las sociedades van forjando eso que suele llamarse la memoria colectiva, o, dicho de mejor manera: la geografÃa del recuerdo.
La muerte de los personajes públicos, seres contradictorios si los hay, debÃa ser una celebración de la vida, al menos en la porción de ésta que sea más rescatable, y asumirla con la delicadeza necesaria como para alentar en las nuevas generaciones una revaloración de la polÃtica a partir de la capacidad, del mérito, de la decencia.
No lo lograremos, sin embargo, si es el resentimiento o la falta de exquisitez lo que domine, incluso, en la hora de la muerte.
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