Director General: Pablo Hiriart Le Bert
Diario La Razón
Búsqueda avanzada »
Miércoles 19 de Junio | 03:12 pm
Facebook Twitter RSS Youtube
 
Otto Granados Otto Granados
 
Otto Granados
 
Campañas e incentivos

Otto Granados

 

Una campaña en donde el candidato puntero parece aventajar a su principal contendiente por una distancia casi imposible de remontar en los siguientes ochenta días, ofrece un abanico de incentivos que pueden impactar tanto la eficacia misma de las campañas como la sustancia de la elección y la calidad del mandato, que todo ejercicio de este tipo debe eventualmente producir.

El primer problema es para los propios candidatos y sus equipos. Para el aparato de quien va adelante introduce, casi por un instinto psicológico, una reorientación de prioridades; es decir, una situación cómoda suele desplazar las urgencias técnicas de la campaña —organización electoral, operación de la estructura territorial, movilización de indecisos, por ejemplo— por tensiones incipientes, muy naturales al día siguiente de los comicios pero poco saludables previamente, derivadas de la correlación interna de fuerzas en torno al candidato ganador y de la generación de expectativas.

Para el candidato (candidata, en este caso) que va rezagado, cifras tan malas, y el fenómeno relativamente actual del escarnio inmisericorde a que es sometida, conducen de manera inevitable no sólo a una desmoralización dentro del equipo sino a otras consecuencias perversas como la astringencia presupuestal (“para qué gastar si no vamos a ganar”), el reparto anticipado de culpas y responsabilidades, y, la peor de todas, las traiciones y los intentos de mudanza al otro barco o al menos de abandonar al que se hunde. Pocos son los que, como los músicos del Titanic, permanecen allí tocando.

El segundo incentivo negativo es, por supuesto, la abstención. Si existe la percepción de que las cosas ya están decididas, el elector tiende a sentir que su voto ni vale ni cuenta, que no hace ninguna diferencia, y esta es una mala señal. Los presidentes deben ser electos con un mandato suficientemente consistente que, además de dar alta legitimidad, obligue a cumplir un programa claro y las promesas sensatas de campaña, y a actuar con sentido común.

El tercero es para los medios. Si, dicen los clásicos, el rasgo esencial de la democracia es la incertidumbre de los resultados electorales, una contienda por ahora tan decantada los ha llevado a una obsesión exclusiva, casi enfermiza, por los números, y, con ello, ha focalizado el interés de los medios en lo insustancial, las trivialidades, los aspectos más superficiales de lo que hacen y dicen los candidatos.

Tal actitud, por ende, desincentiva un trabajo de investigación que indague puntualmente en trayectorias, programas y promesas de cada contendiente, y le proporcione al electorado información relevante y análisis finos, no sólo para enriquecer el sentido de su voto sino para adquirir un conocimiento más elaborado de los problemas del país y sus complejidades.

Toda elección es o debe ser, al final del día, un contrato suscrito entre un candidato que va a gobernar y una ciudadanía que lo ha elegido. Por eso hay que fijarse, siempre, en la letra chiquita.

og1956@gmail.com




 
 
fecha 11 de abril de 2012 02:43
ultima modificacion Ultima modificación: 02:09
autor Por: Otto Granados
 
Versión imprimir
 
Todo sobre este tema
Noticias relacionadas
 
Noticias relacionadas Noticias relacionadas
Notas Relacionadas Un año movido 00:59
Notas Relacionadas La academia y la reforma educativa 00:42
Notas Relacionadas Alcances y limitaciones de una reforma política 00:22
Notas Relacionadas La psique de los políticos 00:34
Notas Relacionadas Lo prometido es ¿deuda? 00:34
 
 
 

 
Secciones
 
website security
Acerca de La Razón
 
Complementario
 
 
Facebook Facebook Twitter Twitter RSS RSS Youtube Youtube
 
La Razón © Todos los derechos reservados 2010 • Director General: Pablo Hiriart Le Bert
Powered by Web Comunicaciones