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Que los males nunca llegan solos lo sabe cualquiera que haya vivido un poco, cuando lo hacen suele ser en tropel y sin tregua. Enfermarse, sufrir un accidente o quedarse desempleado suelen ser imponderables que nadie busca pero que, cuando caen encima, lo hacen sin contemplaciones. Pero una cosa son esos males y otra muy distinta aquellos que, por la razón que sea y con frecuencia en ausencia de ella, nos esforzamos y empeñamos en buscarnos.
Que el rey Juan Carlos de España se haya roto la cadera es, desde luego, un imponderable, tenga o no los 74 años que tiene y anduviese o no en terreno pedregoso que le hiciera perder el equilibrio, pero que el paÃs se haya enterado que en ésas andaba mientras el gobierno se esforzaba en llamar a la calma ante un posible rescate financiero, la gente reza para no perder su empleo o su empleo y su casa y las negras perspectivas económicas para este año y el siguiente hunden a muchas personas en la depresión… eso es ya otra cosa. Porque no se trata sólo de que, en tiempos de austeridad, él, la máxima autoridad del Estado, no predique con el ejemplo, gastándose miles de euros en abatir a un pobre animal indefenso, o que ni siquiera sepamos, si es tal como se dice, por quién fue invitado. No, lo más grave de todo es que a una inmensa mayorÃa de ciudadanos españoles les repugna la caza mayor, especialmente de elefantes y de osos (otra especialidad, según se sabe, del rey), sin otro objetivo que el placer de acosar, acorralar y matar. Les repugna que existan cacerÃas de ricos que persiguen a animales en extinción y sin ninguna posibilidad de defensa y les espanta aún más que eso lo haga quien, se supone y a falta de autoridad real, ejerce algún tipo de autoridad moral sobre el paÃs.
De modo que ni el escándalo del caso Urdangarin, el yernÃsimo, con sus innumerables cuentas falsas y tratos de favor, ni tampoco el del rey cazando en Botsuana mientras el paÃs sufre la peor crisis en muchas décadas, son males imponderables que le hayan caÃdo del cielo a la familia real española. La realidad es que de no haberse caÃdo el rey, nunca se habrÃa sabido a ciencia cierta dónde estaba o en qué emplea realmente una parte de su tiempo libre. Dicen, las pocas voces que han salido en su defensa en estos dÃas, que sus actividades privadas son, eso, privadas. Pero ningún representante público puede emplearse en una actividad privada que choca con la sensibilidad y el sentir de la mayorÃa de los ciudadanos, porque aunque al rey no se le pueda elegir sà se le puede derrocar, y por las urnas. Los males de la familia real española que ahora salen a la luz no son producto del azar, sino del mal hacer, de la pérdida de contacto con la realidad, de la desorientación de un rey que, quizás si quiere salvar la monarquÃa, deberÃa dar paso a su hijo.
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