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Gil está convencido de que el escritor Eugène Ionesco habría pagado por ver el encuentro del PRI y el PAN en un puente de cemento armado que lleva al abismo en una reunión llamada la Mesa de la Verdad. Un episodio de teatro del absurdo con todas las de la ley, emblema de nuestra clase política, estampa que resume las campañas presidenciales.
Por lo demás, Gamés considera que si hay mesas de la verdad es posible que existan las puertas, las ventanas, las camas y los sillones mullidos de la verdad. Parto por esta puerta de la verdad, me asomo al mundo por esta ventana de la verdad, amé en esta cama de la verdad, me repantigué en este mullido sillón de la verdad. En fin, cuando la palabra verdad aparece en boca de políticos profesionales, Gilga no le compra a nadie en el mercado de la oferta política.
Si Gil entendió bien, se trataba de saber en qué punto de la Avenida Adolfo López Mateos se situaba el compromiso 127 de Enrique Peña Nieto cuando fue gobernador del Estado de México. Un poco al norte, otro poco al sur, un puente acabado o inacabado, pura mercancía de barata. Puente de Las Armas, Tlalnepantla. Para este asunto que sin duda compromete el futuro de la nación mexicana, los dos grandes partidos nacionales enviaron a sus planas mayores. Con polvo hasta en las pupilas, los contendientes montaron carpas, centros de operaciones y una mesa, la Mesa de la Verdad. Un puente, mecachis.
De un lado, Peña no cumple; del otro, Peña sí cumple. Gustavo Madero le dio la bienvenida a la comitiva priista, Pedro Joaquín Coldwell y Luis Videgaray entre ellos, ni más ni menos. Aquí Gil se pierde un poco: ¿cuál era la Mesa de la Verdad?, porque había muchas mesas, un exceso de mesas verdaderas. Vino la primera discusión seria, digamos conceptual. Gran expectación.
Los priistas sostuvieron ante los panistas que el Compromiso 127 de Peña Nieto no correspondía al puente inacabado. Me perdonas, Gustavo, pero aquí no se comprometió el 127, sino más allá, donde se ve bonito. Mira, Pedro, aquí se comprometió el 127 y no se cumplió:
Peña miente. Gamés imagina la nota de un periódico internacional comentando la noticia: la cúpula de los dos grandes partidos políticos mexicanos discute en lo alto de un puente vial las verdades o mentiras de un candidato a la Presidencia. El gran acto de realismo mágico nunca concluyó.
Estira y afloja. Dimes y diretes. Toma y daca. De pronto, los comisionados priistas abandonaron la Mesa de la Verdad y se retiraron a la carpa en queja por las agresiones de los panistas. Vámonos, Pedro, en este puente no hay condiciones para el debate. ¿Qué hacemos? Lo que se hace en estos casos cuando sobran conceptos: una conferencia de prensa.
Gerardo Ruiz, ex secretario de Comunicaciones de Peña Nieto al micrófono: “Con premeditación, alevosía y ventaja nos llevaron a un lugar que tenían ellos preparado para agredirnos, preparado para no aceptar ningún argumento, simple y sencillamente insultarnos, denostarnos, golpearnos, con fuerte olor a alcohol”.
Gil se llevó los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz y meditó: lo que se llama una emboscada, Gerardo, ¿no es cierto? Ahora mal, cavila Gamés, la presencia del alcohol sólo puede obedecer a dos razones, o bien los panistas habían bebido y estaban borrachos, o alguien quiso prenderle fuego al puente Las Armas. En Tlalnepantla así se arreglan las cosas, por quítame estas pajas queman lo primero que se encuentran a su paso. De verdad: no somos nada.
En el ático, dos sentencias peleaban por espetar su contenido una antes que la otra. La primera, de Mark Twain: “Si dices la verdad, no tendrás que acordarte de nada”. La otra, de Quevedo: “No se debe mostrar la verdad desnuda, sino en camisa”.
Gil s’en va
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