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El nuevo capítulo del affaire Alatriste volvió a poner en el candelero a la burocracia dorada surgida en la UNAM, al amparo de una autonomía que es para garantizar la libertad de cátedra, pero usada en ocasiones por una élite para despacharse del erario sin rendirle cuentas a nadie.
De los 31 mil 653 millones 765 mil 147 pesos que recibe del presupuesto, 82 por ciento se va en pagar salarios. No deja de ser entonces una proeza que, con lo que queda para otras actividades, resultara en 2011 nuestra única universidad entre las 500 primeras del mundo.
Alatriste ganaba 144 mil pesos al mes como Coordinador de Difusión Cultural, sólo tres mil pesos menos que el rector, pero el 15 de enero renunció, bajo acusaciones de haber ganado el Premio Villaurrutia con textos plagiados.
Una burocracia dorada blindada al escrutinio público, gracias a lo cual, mientras ocupó el puesto, Alatriste firmó 12 contratos por dos millones 206 mil 813 pesos a favor de Ediciones de Buena Tinta S.A., fundada por él mismo en 1988.
Aunque el actual dueño, Agustín Herrera, lo presenta oficialmente como socio, y Alatriste defiende la legalidad de sus firmas porque ya estaba desligado de la empresa, la actuación del ex funcionario fue desaseada.
Porque la UNAM prefiere gastar 228 millones de pesos en otras imprentas, como De Buena Tinta S.A., a imprimir en la suya, a pesar de que se ubica dentro de Ciudad Universitaria y se encuentra dotada para realizar todo tipo servicios especializados en artes gráficas.
Es decir, imprime libros, gacetas, manuales, folletos, formatos, carteles, trípticos, hojas membretadas y tarjetas; impresión en offset, corrección de estilo y encuadernación. A pesar de ello, la UNAM cuenta con un padrón de 156 imprentas autorizadas para que desarrollen sus trabajos.
Como sea, el affaire Alatriste parece natural en un ambiente de impunidad y de una conciencia repugnantemente viciada de creer que la UNAM es intocable, haga lo que haga, so pena de estigmatizar a quien la denuncie, poniéndole el cartelito de violador de la soberanía universitaria.
Porque, en lugar de aceptar auditorías o discusiones sobre el tema, proliferan los denuestos hacia los críticos por parte de grupos que, más que universitarios, parecen lo que el comandante Tomás Borge llamaba en la Nicaragua sandinista, “las turbas divinas de la revolución”.
Cancelan el debate con un lenguaje insultante y degradante para anular al otro, lo cual equivale a una actitud totalitaria. No olvidemos que, antes de verse obligado a renunciar, el mismo Alatriste cerró la discusión sobre las acusaciones de plagio que recibió, con una respuesta lapidaria:
“No voy a decir nada. Y la UNAM tampoco va a responderles. Lo consulté con el rector y en eso quedamos”.
ruben.cortes@razon.com.mx
Twitter: @ruben_cortes
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