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Cada día es más claro que la historia de México y de Estados Unidos se escriben con la misma tinta; aunque las palabras y las situaciones son distintas. Son tantos los puntos de convergencia —geográficos, económicos, culturales— que ya no es posible sostener posiciones de antagonismos disfrazadas de nacionalismos patrioteros.
La frontera representa el principal punto de encuentro entre los dos países; a manera de ejemplo, cada año se realizan alrededor de un billón de transacciones comerciales y, en el mismo periodo, ocurrieron más de 24 000 muertes. El punto de colindancia se traduce lo mismo en millones de dólares que en un tema de seguridad. Drogas, armas y dinero son parte del mismo ciclo criminal compartido.
No dejan de sorprenderme las declaraciones, en ese sentido, de Felipe Calderón quien apenas ayer decía que los mexicanos no tienen ya necesidad alguna de inmigrar a Estados Unidos pues en México los servicios de Salud, Educación y el Empleo hacen que los mexicanos permanezcan en el país.
La ofensa duele, aún más, pues todos sabemos que durante el calderonismo los índices de pobreza se han elevado estrepitosamente; no hay oportunidades para los mexicanos y si algunos migrantes han preferido quedarse en el país no es por las mejoras en México sino por la recesión económica norteamericana.
Calderón no pudo ni con la violencia ni con el empleo ni con la salud ni con la verdad. Entiendo que es duro decirlo, pero entrega muy malas cuentas a la sociedad. Pierde Calderón pero, sobre todo, México.
Lastiman, especialmente, los subterfugios retóricos con tal de aminorar el daño.
Señor Presidente, la verdad nos hará libres: es mejor que aceptemos este traspié para exigir a su sucesor que no camine sus huellas, que haya mecanismos de prevención y que se cumpla la transparencia.
Vivir como extranjero es una condición compleja, pero vivir como ilegal es inhumano. Y esa es la realidad de un gran porcentaje de mexicanos que pasan sus días sin apegos y sin protecciones estatales. Todo con tal de convertirse en “pobres de primera”; así, los inmigrantes pasan de la ruina económica a la bancarrota existencial. Los miles de mexicanos que viven en el destierro se han convertido, además, en una figura retórica manoseada… todo por buscar trabajo, todo por sobrevivir.
El nuevo gobierno mexicano debe lograr que se atiendan los asuntos prioritarios para ambas naciones y dejar de utilizar la desgracia de los migrantes como moneda de cambio político. Porque, con franqueza y con respeto, Calderón no pudo.
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