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Los empresarios extranjeros asumen las cargas que impone la corrupción imperante en el país como un gasto a presupuestar. Lo llaman el impuesto del tercer mundo: Saben que en México, como en buena parte de Latinoamérica, no hay empresa que prospere si no cubre antes el tributo. En Argentina se le conoce como coima. Aquí es la mordida.
El Banco Mundial ha generado rubros para analizar el fenómeno en la región y ha concluido que la pobreza del país está vinculada con sus prácticas corruptas. Transparencia mexicana, la filial de transparencia internacional, se ha impuesto la tarea de formular un listado sobre las prácticas que propician la mordida.
Es, prácticamente, todo: el pago de predial, solicitar una beca para algún tipo de estudios, recibir correspondencia, obtener o exentar la cartilla militar, recibir apoyo o incorporarse a programas del gobierno, Progresa o Procampo, leche, adultos mayores, conexión de teléfono, obtener una ficha de inscripción a una escuela oficial, introducción o regularización de servicios: agua, drenaje, alumbrado, pavimento, parques y jardines, obtener o acelerar el pasaporte de SRE, obtener un crédito del Infonavit, conexión o reconexión de agua, constancias de estudios, actas de nacimiento, defunción, matrimonio o divorcio, visitar a un paciente en un hospital, ingresar a trabajar al gobierno, solicitar constancia de uso de suelo u otro trámite al registro público de la propiedad, obtener la licencia de conducir, el permiso de instalación de un negocio o de un establecimiento, regularizar el trámite de un vehículo, permiso de uso de suelo, la verificación vehicular, permiso de demolición o construcción, un caso en un Juzgado, obtener agua de la pipa de la delegación o municipio, pedir al camión que se lleve toda la basura, trabajar o vender en la vía pública, evitar la detención en el ministerio público, realizar una denuncia, acusación o levantar un acta, lograr que se dé seguimiento a un asunto, recuperar el automóvil robado, pasar cosas en alguna aduana, retén, garita o puerto fronterizo, evitar que el agente de tránsito lleve el vehículo al corralón, estacionar en la vía pública en lugares controlados por quienes se apropian de ellos, evitar ser infraccionado o detenido por un agente de tránsito, etcétera.
Así pues, el affaire Walmart no es sino un botón de muestra. Ha hecho lo que las más de las empresas, nacionales y extranjeras, hacen en el país. Una más en una práctica endémica. Los reflectores se encienden porque el escándalo ha tocado a la prensa norteamericana. Lo recoge The Washington Post y The New York Times. En México el caso Walmart es parte de la cotidianeidad.
Y empero ahí está, por ejemplo, “la convención de Mérida”. Se firmó, ahí, en Yucatán, en 2003. Se adhirieron ciento cuarenta países. Se comprometieron a formular, aplicar y mantener políticas contra la corrupción que promuevan la participación de la sociedad y reflejen los principios de legalidad, integridad, transparencia y rendición de cuentas a la ciudadanía.
De igual forma suscribimos tratados que hablan del cohecho penal internacional. Somos buenos para firmar convenios, para hacer y modificar leyes, para elaborar fulgurantes piezas oratorias en una y otra Cámara. Modificada que fue la ley, el ciudadano se retira a gozar de unas merecidas vacaciones. Obedézcase pero no se cumpla. ¿La realidad? ¿El presupuesto necesario para instrumentar la medida? Esa, caray, es la realpolitik.
La realidad tiene que ver con nuestra historia. El historiador J. H. Parry ha escrito un libro que lleva por título La venta de los cargos públicos en la Nueva España. Da cuenta, ahí, de la inmensa corrupción imperante en las colonias españolas que se tradujeron en la crisis económica española de finales del siglo XVII y principios del XVIII. Lo cita José María Pérez Gay en su Historia de la corrupción en México: “Trescientos años de coloniaje decidieron y siguen decidiendo nuestra historia. La venta de cargos públicos fue convirtiéndose en un ingreso del erario… La tentación de la rapiña era la constante en los cargos públicos…en esta época comienza a surgir lo que hemos dado en llamar mordida. Los historiadores del período se declaran incapaces de distinguir entre la propina y la tarifa, así como entre el requisito necesario y la mordida”.
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