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Lisboa. El taxi que tomo en Avenida Liberdade hace ostentosa publicidad del Arzobispo Don Armando: “Exorcismo de cura y liberación”, dice el folleto: “22 años de evangelizar a través del exorcismo”. Explica que muchas personas atribuyen su mala suerte a actos de macumba, envidias o brujería, pero que en realidad podrían ser víctimas de “maldiciones familiares”. Dice que éstas duran “más o menos cinco generaciones”, y que su objetivo final es “diezmar a toda la familia causando mucho sufrimiento”.
En el reverso se mencionan otros servicios de Don Armando, que también se atreve con plagas, hechizos, y maldiciones voluntarias o involuntarias, y ofrece exorcismos de personas, casas y empresas. Sin duda lo más importante son las maldiciones familiares. Si fuese en Angola no tendría ningún interés, sería un ejemplo más del atraso de los pueblos africanos, supersticiosos, ignorantes, milagreros. En Europa, es para tomárselo en serio, invita a hacer otra clase de preguntas —también sobre África. Pienso para empezar en el peso de la historia que se manifiesta en la idea de las maldiciones familiares, apenas a treinta años de las últimas guerras coloniales.
En la plaza del Marqués de Pombal, un enorme anuncio del Partido Comunista de Portugal: “Contra el pacto de agresión. Por un Portugal con futuro”. Las siglas, la hoz y el martillo. Es el inicio grandioso de la baixa pombalina, es decir, la Ilustración en forma de diseño urbano, junto con el cartel del PCP, y Don Armando, que tiene página en
facebook, por cierto. A unos pasos se inaugura un nuevo local de Hugo Boss.
Incluso con lluvia Lisboa es luminosa, cálida, provinciana y majestuosa, hospitalaria, desordenada, vagamente melancólica, la ciudad de Fernando Pessoa, que a veces recuerda a París, y a veces a Cartagena de Indias. Sobre todo eso domina un aire apesadumbrado, sombrío: triste. En la gente que pide limosna por la calle y en los dependientes de las tiendas, en los meseros.
Portugal está intervenido. No puede decidir prácticamente nada respecto a su economía, de modo que da lo mismo si gobierna Sócrates o Passos Coelho. La “troika” —FMI, BCE, Comisión Europea— está en todas partes, en cualquier periódico, en la televisión. Para la gente, hablar de la “troika” es una manera oblicua de referirse al gobierno alemán, que es quien ha impuesto la política draconiana de austeridad que está destruyendo a la sociedad portuguesa. Va cobrando cuerpo, a ojos vista, un resentimiento hacia Alemania que impresiona.
El monótono integrismo del mercado empieza a resultar absurdo: siniestro, trágico y absurdo, visto desde Portugal. No hay un clima revolucionario, al menos no por ahora. Nadie discute que haya que reducir el déficit público y pagar la deuda externa. Pero empieza a ser de dominio público, de casi cualquier artículo de opinión, la renegociación de la deuda alemana de 1953, que incluyó una quita del 62 por ciento, ampliación de plazos, la autorización para pagar en su propia moneda, y sobre todo una indexación de las obligaciones de pago al crecimiento y a la capacidad de exportación, de modo que los pagos para cubrir la deuda no excediesen el 5 por ciento del presupuesto público. Esa reestructuración fue uno de los factores decisivos del “milagro alemán”. Teniendo eso presente, el apego fanático a la disciplina de los mercados que predica la señora Merkel resulta por lo menos extraño. No: obsceno.
A estas alturas todo el mundo sabe que la hipótesis de la “austeridad expansiva” es una fantasía que carece de fundamento. Es directamente un despropósito. Todo el mundo sabe que la receta de recortes presupuestarios, aumento de impuestos, y endeudamiento en el mercado abierto es un disparate en la situación actual, que irremediablemente conduce hacia la recesión: ya sucede así en Grecia, en Portugal, en Irlanda, en España. En el Reino Unido. Todo el mundo sabe que la crisis no la ocasionó un Estado excesivo, sino un mercado desregulado —todo el mundo, salvo el gobierno alemán, por lo visto.
“Los mercados” amagan a Francia, porque podría elegir a François Hollande. Pero igualmente castigan a la España de Rajoy, que está por desbaratar treinta años de legislación social. Siempre estarán la India o China como modelo, El Salvador, Mozambique.
Si no se corrige la política del banco Central Europeo, si no se adopta una política contra—cíclica, expansiva, orientada al crecimiento, en los próximos meses podría naufragar el proyecto de Europa de los últimos cuarenta años, y sería una mala noticia para todos. Portugal es un buen barómetro. Ya está lastimado seriamente el sentimiento europeo —la señora Merkel: refractaria, obtusa, ha resucitado en unos meses un odio hacia Alemania que había costado décadas desarraigar. Y que hoy parece más razonable que nunca.
Escribo estas líneas el 25 de abril. Los líderes de la revolución de los claveles no asisten a la conmemoración oficial—es un gesto revelador. En una pequeña plaza, en el barrio de Chiado, se oye a Amália Rodrigues que canta: “Estranha forma de vida”.
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