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Esta semana leía un conmovedor reportaje en la revista francesa Marianne sobre las consecuencias que tiene el alargamiento de la vida en los vínculos familiares, sobre todo por la prevalencia cada vez más acusada de enfermedades mentales degenerativas en personas mayores.
Las cifras de ancianos enfermos con alguna de las variantes posibles de demencia senil son verdaderamente alarmantes: casi 900 mil personas están aquejadas de ello en Francia, 800 mil en España…
igual en el resto de la Unión Europea, proporcionalmente hablando de acuerdo con la población de cada país, y el mal va en aumento. Las asociaciones contra el Alzheimer, por ejemplo, cifran en miles de millones de euros el costo que supone o supondría la atención a esas personas si los servicios sociales se hicieran cargo verdaderamente de ellas. Pero la realidad es que sólo un pequeño porcentaje de esos ancianos recibe la asistencia del Estado, o no la recibe en la magnitud en que la requieren. Más de tres millones de personas en Francia y algunas menos en España cuidan de personas con demencia senil. Y tres de cada cuatro de esos cuidadores son mujeres.
Muchos de ellos, cada vez más, son personas de cuarenta o cincuenta años cuyos padres de ochenta o noventa años han perdido toda autonomía, la memoria y la orientación, y hay que ocuparse de ellos. Eso significa no sólo ver si están bien por la mañana o por la noche, sino vivir con ellos, lavarlos, vestirlos, alimentarlos, asegurarse que toman la medicación pertinente y atenderlos en todas las necesidades imaginables de una persona totalmente dependiente. Los más afortunados pueden contar con una enfermera o trabajadora social que alivie en algo la carga, pero es cada vez más frecuente que se tenga que renunciar al trabajo, cuando eso es posible (con la pérdida material y de satisfacción personal que eso puede suponer), o a mil aspectos distintos de la propia vida. Casi siempre son hijas o hijos cuya vida gira de repente en torno a la enfermedad de alguno de los padres, o de los dos. Se convierten en “padres de sus padres”, como titulaba la revista Marianne el mencionado reportaje, con todas las consecuencias que ello conlleva. Al dolor y el sufrimiento que causa presenciar el deterioro inexorable de una persona generalmente muy próxima y querida, se suma la renuncia a una vida personal y la confrontación con nuestra más que cercana vejez y mortalidad. Es la vida en su aspecto más descarnado, para la cual, dicen quienes lo viven o han vivido, nadie ni nada te ha preparado. Y las experiencias son tan diversas como los contextos en que se dan. Hijos que se reconcilian con sus padres después de conflictos pasados, otros que requieren ayuda psicológica para sobrellevar el peso, familias que logran unirse en torno al enfermo, pero muchas más las que entran en nuevos conflictos por la división de las tareas asociadas al cuidado y la tensión ante una enfermedad que, muchos así lo vemos, ya no es vida. Lo decía un demógrafo alemán: “si usted quiere tener alguna posibilidad de que le cuiden en la vejez, tenga hijos”, y aun así…
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