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El domingo, en la plaza de la Bastilla, una Francia ansiosa por el cambio que ha prometido François Hollande aclamaba el triunfo del socialismo en las elecciones presidenciales.
Una magnÃfica campaña electoral, bien medida, consistente y sin errores, de un hombre templado, frente a la improvisación, la autojustificación, los nervios y la emotividad siempre presente en Sarkozy, han permitido que el socialismo francés ocupe la presidencia de la república diecisiete años después. Eso, y la voluntad nada desdeñable, porque venÃa de muy lejos, de muchos franceses de expulsar del ElÃseo al actual presidente.
Quizás las decepciones lleguen pronto, como sucede desde hace un tiempo con todos los gobernantes recién elegidos (Cameron, Rajoy…), sobre todo por su manifiesta incapacidad para alentar el crecimiento económico, pero Hollande cuenta con la ventaja de saber que las polÃticas de austeridad tan cacareadas como la panacea para salir de la crisis europea han fracasado estrepitosamente. Su carácter afable, aunque serio, no parece que vaya a ser un gran activo frente a una Angela Merkel que sólo sabe moverse de acuerdo a sus propios parámetros. De hecho, ésta ya ha anunciado que no tiene pensado moverse ni un milÃmetro del pacto presupuestario, lo que deja, en principio, poco o ningún margen para la negociación. Ése va a ser el principal desafÃo de Hollande: convencer a la canciller alemana de que sus recetas están dinamitando, desde dentro y como si de un caballo de Troya se tratase, la Unión Europea. Sólo la unión entre Bruselas y el recién elegido Hollande podrÃan forzar a que Alemania cambiase un paso, que, según muchos expertos, promete terminar volviéndose en su contra.
Sus desafÃos en polÃtica interna no van a ser mucho más fáciles, sobre todo si no consigue que despegue la economÃa francesa, evite nuevas deslocalizaciones y reduzca el desempleo. El 17.9 por ciento de los votos emitidos en la primera vuelta a favor de la extrema derecha es, sin duda, un serio aviso del profundo descontento de muchos franceses con Europa y la clase polÃtica. Quizás Hollande pueda comprender mejor a ese votante de lo que pudo hacerlo Sarkozy, que en lugar de rebajar sus miedos los alentó haciéndose eco de los mensajes de Marine Le Pen. No en vano, el padre de Hollande se acercó en algún momento de su vida a la extrema derecha y aquel explicó no hace mucho la actitud de su padre más por el miedo que tenÃa al futuro que por el presente que vivÃa. Y es ese miedo al futuro el que deberá combatir el nuevo presidente francés, un futuro en el que, por ejemplo, los inmigrantes legalmente residentes en el paÃs deberán encontrar su sitio e integrarse en los valores que siguen siendo patrimonio de la República. Pero para que todo eso suceda hace falta que la economÃa francesa crezca, que la empobrecida clase media vea y sienta que las cosas se mueven, que el socialismo de Hollande haya aprendido, de por ejemplo los socialistas españoles, que no basta con gastar y endeudar más al Estado, que la igualdad debe llegar de la mano del crecimiento.
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