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Trozos de Philip Roth

Gil Gamés

 

Le habían otorgado a Philip Roth el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. El novelista vivo más importante del mundo escribe sin pausa una novela tras otra, como si lo hubiera poseído el demonio de la creación. Gamés caminó sobre la duela de cedro blanco, se acercó a los entrepaños de su librero y destacó algunos libros de Roth. Hojeó los volúmenes uno por uno y leyó viejos subrayados. Gil les trae de ese mundo algunos trozos narrativos.

¿Ha tomado usted, alguna vez en su vida, alguna postura mental que no fuera un juicio moral? La lección de anatomía.

Es un adicto a la reprimenda. Tanto veredicto, tanto juicio –qué es bueno para la cultura, qué es malo para la cultura– y todo ello, al final, lo está envenenando, lo va a matar. La lección de anatomía.

El dolor no es interesante, ni tiene significado: es lisa y llanamente dolor, estúpido dolor, lo contrario de lo interesante y nada, nada hay de valor, a no ser que el sujeto esté loco desde el principio. La lección de anatomía.

Nunca había logrado aislarme de los antagonismos de la política partidista, pero ahora, tras haber vivido fascinado por mi país durante casi tres cuartos de siglo, había decidido no permitir que cada cuatro años se apoderaran de mí las emociones de un niño…la emociones de un niño y el dolor de un adulto. Sale el espectro.

Manhattan se ha convertido en una siniestra colectividad en la que todos espían a todos, cada uno es perseguido y controlado por la persona que está al otro extremo de su línea telefónica, a pesar de que, llamándose sin cesar unos a otros donde quieren, experimentan la máxima libertad. Sale el espectro.

Yo estaba familiarizado con las emociones teatrales que inspiran los horrores de la política. Desde la transformación en 1965 del candidato favorable a la paz Lyndon Johnson en halcón de guerra, hasta la dimisión en 1974 del casi procesado Richard Nixon, eran elementos fundamentales en el repertorio de la mayoría de mis conocidos. Te sientes desconsolado, trastornado, un poco histérico, o jubiloso y justificado y tu único bálsamo es hacer teatro de ello. Pero ahora yo no era más que un espectador y un forastero. No me inmiscuía en el drama público; el drama público no penetraba en mí. Sale el espectro.

A partir de los cincuenta uno empieza a necesitar maneras de hacerse visible a uno mismo. Llega un momento, como me llegó a mí hace unos meses, en que se halla uno en tal estado de desamparo y confusión que no logra comprender lo que antes resultaba obvio: por qué hago lo que hago, por qué vivo donde vivo, por qué comparto mi vida con quien la comparto. Los hechos, una autobiografía.

No hay por qué entrar en detalles, pero te diré que en la primavera de 1987, en el momento culminante de un periodo de diez años de creatividad, lo que iba a ser una operación quirúrgica de poca importancia se convirtió en una durísima y prolongada tortura física, origen a su vez de una depresión que me condujo al borde de la disolución mental y afectiva. Los hechos, una autobiografía.

Mi padre no era un padre cualquiera, era el padre, con todo lo detestable y todo lo digno de amar que hay siempre en un padre. Patrimonio.

Estaba exhausto, y su rostro, con el parche tapándole el ojo ciego, en el lado desprendido, tenía un aspecto espantoso. No obstante, menos hundido, por decirlo así, que durante el periodo en que no hicimos nada. Se le presentaba una nueva y muy dura prueba que superar, y las pruebas no se superan a base de desesperación. Lo que hizo fue recurrir a la amalgama de desconfianza y resignación con que había aprendido a afrontar la humillación y la vejez. Patrimonio.

gil.games@razon.com.mx
Twitter:
@GilGamesX




 
 
fecha 15 de junio de 2012 00:28
ultima modificacion Ultima modificación: 00:00
autor Por: Gil Gamés
 
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