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Repantigado en el mullido sillón de su amplísimo estudio, Gil leía su periódico Milenio y, más precisamente, el artículo de Héctor Aguilar: “De James Joyce para Nora Barnacle”. En esas líneas Aguilar da cuenta del Ulises de Joyce: “Nunca he podido leer completo el Ulises, aunque lo frecuento como un libro de poemas para leer pasajes, a veces un párrafo, con frecuencia el monólogo de Molly Bloom, o la escena de Stephan Dedalus evocando la muerte de su madre”.
Gil se llevó los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz y meditó: Gamés nunca ha leído el Ulises de Joyce, esa novela imposible, ni armado con un taladro neumático. Y si el mamotreto consiste en la edición en español, Gil jura a pie juntillas que el armatoste es impenetrable, nadie entra ahí, ni armado con dinamita. Ah, los viejos, cuando Gil se propuso la lectura del Ulises y lograba sueños más profundos que los de Blanca Nieves. Un día, después de leer un episodio que sabe Dios de qué se trataba, la señora Gamesa, que estudió letras inglesas, tuvo que llamar al doctor para despertar a Gilga. No fue fácil.
Mientras escribía estas líneas, Gil recordó un párrafo escrito por Bioy Casares en sus Memorias, publicadas por Tusquets, en las cuales describe así uno de sus libros de juventud: “Influido por Joyce, por Apollinaire, por Cocteau, por Miró, por Azorín, por críticos y expositores de la literatura contemporánea, por el libro Ismos de Ramón Gómez de la Serna, escribí una novela incomprensible, tediosa, deliberadamente literaria, en el sentido más pedante y estéril del término que titulé La nueva tormenta o la vida múltiple de Juan Ruteno. La publiqué en 1935”. Sorpresa: Gamés opina exactamente eso del Roll Joyce de James Joyce.
Pero el punto del artículo de Aguilar no es tanto el Ulises como tres cartas rescatadas de Joyce y dirigidas a su mujer, Nora Barnacle. Se sabe que a Joyce le gustaba mandar cartas sucias, muy sucias. Quizá las escribía con la ropa interior, muy interior, en una mano, y la pluma en la otra. Estas cartas las ha reenviado Ricardo Bada, un cazador de rarezas. Gil no citará aquí y de momento esas cartas, pero habla de bestias salvajes que exploran partes secretas y vergonzosas. Cierto, ¿por qué habrían de ser vergonzosas? Gil ha escrito páginas tan ardientes que sólo quedaron de ellas las cenizas. Caracho, qué nostalgia.
Las cartas de Joyce que Gil no citará y por las cuales el lector y la lectora morirán de curiosidad, dicen una montaña de sexualidades hard-core. Un lenguaje que se va usted de espaldas, oh, sí. Ahora mal, cuando Gil leyó en el artículo de Aguilar la palabra “jurisperito”, se derrumbó y perdió el conocimiento. “Jurisperito”, gran palabra. En el libro de las Memorias de Bioy Casares, Gamés encontró esto, con lo cual se armará un lío, pero nada le hace porque es viernes. Oigan esto: “Yo tiendo a ver el lado cómico de la realidad. Eso ofende a mucha gente y suele crear malentendidos incómodos.
No creo que cambie mi conducta literaria. Por lo demás, a los pueblos les conviene reírse un poco de ellos mismos. En lo que más quiero, en lo que más me gusta y también en lo que más me duele, veo el lado cómico”. Gil se quita el sombrero ante la prosa de Bioy Casares.
Sí, los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras los meseros se acercan con las bandejas de Glenfiddich 15, Gamés pondrá a circular esta frase de Benjamin Franklin: “Los hombres son criaturas muy raras: la mitad censura lo que practica; la otra mitad practica lo que censura; el resto siempre dice y hace lo que debe”.
Gil s’en va
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