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Sin más prólogo que su mullido sillón, Gil se preguntó esto: ¿se gana una elección con una muchedumbre en una plaza? Respuesta inmediata: no, pero se ve muy impresionante. El Zócalo repleto, las calles cercanas llenas, no cabe un alfiler. Mucha camiseta por el cambio verdadero, mucho sombrero del pueblo, mucho camión revolucionario, mucho machete de Atenco, mucho electricista del SME; en fin, todos los partidos acarrean, unos más, otros menos. Gilga se enteró de que la multitud impedía que Liópez llegara al templete. Entró por los pasajes subterráneos del Metro y llegó al estrado del Zócalo. Desde arriba, Liópez vio a la multitud.
En la vanguardia: Alejandro Encinas, Cuauhtémoc Cárdenas, Graco Ramírez, Jesús Zambrano, los candidatos a diputados y senadores de los partidos de las izquierdas. ¿Graco?, le suena a Gil, le suena. Desde allá arriba, Liópez dijo: “sería una canallada fallarles. No lo voy a hacer nunca, ustedes me han dado su apoyo, respaldo en los momentos difíciles, así como me quieren, así los quiero yo. No es una relación fría, de conveniencia”. A Gamés se le llenaron las lágrimas de ojos, ¿o cómo era? Gilga nunca ha tenido una relación de conveniencia, con trabajos va a esa tiendas llamadas precisamente de conveniencia, prefiere siempre estar con la campeona de los precios bajos.
¿Qué o qué?
Novedades no hubo en el discurso del candidato de las izquierdas, oh, no. El combustible será mucho más barato, eso sí; los sueldos de los burócratas no los tocará el candidato si llegara a la presidencia; en cambio, si ustedes son directores, olvídense, descopetados es poco, bandidos, sinvergüenzas: “México ocupaba hace 20 años el quinto lugar en la industria petroquímica, ahora ocupamos el lugar 68. Y como esta industria está todo, necesitamos reconstruir el país, necesitamos levantar a México”.
Y a todo esto: ¿en qué momento ocupábamos el quinto lugar petroquímico?
Problema grande para Liópez; oh sí, de verdad: hace veinte años, la presidencia de la República la ocupaba Carlos Salinas. Las sales de inmediato que se nos desvanece el candidato de las izquierdas. Le dirán a Gil hasta de lo que morirá: neoliberal, reaccionario intenso, derechista vendepatrias, infame. Correcto, lo que digan y manden, pero si hace veinte años México ocupaba el lugar número cinco en petroquímica, regresemos a ese lugar: ¿cómo le hacemos?
La multitud aclamaba a Liópez en el Zócalo. Gil no oyó una sola palabra sobre el respeto a los resultados de la elección. Nada: ojos lacrimosos, corazones de peluche: “Ustedes son el motor del cambio verdadero. Con el pueblo todo, sin el pueblo nada”. Y duro y dale con el pueblo, para Liópez no hay ciudadanos, sólo pueblo. “Terminamos bien esta etapa de lucha por la transformación de México, ésta fue la mejor campaña”. O sea, la campaña por la Presidencia de la República ha sido sólo una etapa de la lucha por la transformación. ¿Oyeron bien?
Gil atestigua esto: Liópez ha cerrado apoteósicamente (gran palabra) su campaña en el bastión mayor del liopezobradorismo: la Ciudad de México.
Repantigado en el mullido sillón de su amplísimo estudio, Gamés se pregunta si la ciudad será de nuevo el campo de batalla de los chantajes de Liópez. Las huestes de Liópez, ¿tomarán el IFE la noche del primero de julio? Porque de que pierde, pierde, eso no tiene remedio.
La máxima de Graham Greene espetó dentro del ático: “La política está en el aire mismo que respiramos, igual que la presencia o ausencia de Dios”.
Gil s’en va
gil.games@razon.com.mx
Twitter: @GilGamesX
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