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La lección que dio Miguel Mancera

Rubén Cortés

 

Una de las grandes novedades de este proceso electoral fue el surgimiento de Miguel Mancera como figura promisoria de la política doméstica, a partir de una fórmula novedosa: hacerse necesario, más que hacerse querido.

Sin pertenecer a los grupos tradicionales de poder en el PRD capitalino, corporativista y clientelar… vamos, sin siquiera ser militante, se convirtió en pieza ineludible en la sucesión del GDF, con base en otra originalidad: acreditando un trabajo como servidor público.

Algo insólito en una corriente en la que suelen valer poco el trabajo de los miembros en funciones públicas o de elección popular, sino la estridencia política, el porrismo, estómago duro y saliva para el bla bla bla y las relaciones públicas.

Mancera no estaba en el colimador de Marcelo Ebrard para sucederlo. El Jefe del GDF sólo tenía dos candidatos: su secretario de Educación, Mario Delgado, y la Presidente de la ALDF, Alejandra Barrales.

Pero ambos jugaron a la manera clásica: buscaron hacerse queridos, afincados en el soporte de sus bazas fuertes. Delgado confió en su amistad con Ebrard y Barrales en su control de la Asamblea y su ascendencia en las bases.

Desde la Asamblea en 2009, Barrales se reinventó a dos carriles: de uno, mantuvo su apego a las alianzas de coyuntura y el manejo de la base social; del otro, fue bisagra entre Ebrard y las tribus para sacar las leyes al Jefe de Gobierno en la Asamblea.

Delgado no hizo click con las masas, a pesar de que Ebrard lo movió desde la poco sexy Secretaría de Finanzas a la expansiva Secretaría de Educación, con más recursos y presencia pública y mediática, casi siempre al lado del Jefe de Gobierno en actos masivos.

Mientras ellos se hacían querer, Mancera se hacía necesario: le mantuvo a Ebrard al DF fuera de los 10 estados más inseguros y más afectados por secuestro, homicidios del narco, apuñalamientos, extorsión y robos a peatón y de coches.

Le resultó difícil, pues se granjeó la antipatía de cercanos a Ebrard que intentaban darle órdenes, atenidos a su mayor carrera política y militancia perredista. Pero Mancera ejerció su cargo con autonomía y un solo jefe: Ebrard.

Y vinculó su trabajo con los medios sin confundir publicidad con comunicación. Nunca se vendió como un producto, sino que trasmitió mensajes, y se apartó del esquema del político golpeador, que cree que ser rijoso beneficia la imagen pública.

Demostró que ahora los ciudadanos eligen a personajes con un trabajo acreditado, no precisamente a políticos de saliva y estómago duro. Por eso fue una de las grandes novedades de este proceso electoral y será uno de los dos o tres políticos más importantes de México en el próximo sexenio.

ruben.cortes@razon.com.mx
Twitter:
@ruben_cortes




 
 
fecha 28 de junio de 2012 02:52
ultima modificacion Ultima modificación: 01:49
autor Por: Rubén Cortés
 
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