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El asilo diplomático ofrecido por el gobierno ecuatoriano de Rafael Correa al periodista australiano Julian Assange es un nuevo capítulo en la globalización de los conflictos generados por Wikileaks. Acusado por abuso sexual en Suecia y por filtración de documentos diplomáticos en Estados Unidos —aunque no existe aún demanda formal por este motivo— la figura de Assange está produciendo uno de los debates más intensos dentro de las izquierdas europeas y americanas.
La periodista sueca Helene Bergman, por ejemplo, ha llamado la atención sobre el amplio consenso en contra de Assange que existe en la comunidad feminista sueca. Para esa izquierda, más importante que las revelaciones sobre los manejos de los grandes poderes mundiales, es el machismo que el periodista demostró en sus encuentros sexuales con las dos asistentes de Wikileaks que hoy lo demandan en Estocolmo.
Los altermundistas norteamericanos, a pesar de lo sensibles que suelen ser al repertorio multicultural, prefieren dejar a un lado el tema sexual y hacer causa común con Assange. Noam Chomsky, líder intelectual del altermundismo, no duda en respaldar la concesión del asilo ecuatoriano a Assange porque, a su juicio, la extradición a Suecia no es más que la antesala de la extradición a Estados Unidos, donde se fraguaría un castigo ejemplarizante.
El lingüista de MIT dice que Ecuador, a diferencia de Suecia, es un “país decente” y hace lo que “cualquier país decente haría”: conceder asilo a un perseguido político de Washington. La demanda por abuso sexual de las jóvenes suecas es, en realidad, un ardid de la CIA o del gran superpoder mundial, Estados Unidos, y su principal aliado planetario, Gran Bretaña, para deshacerse de un disidente global.
El asilo del periodista australiano en la embajada de Ecuador en Londres suma otra izquierda al conflicto: la partidaria del “socialismo del siglo XXI”. Para esa izquierda, al igual que para los altermundistas norteamericanos, lo importante no es el machismo de Assange o la ética periodística sino la lucha contra el imperialismo. El asilo no sólo es un gesto de solidaridad con un crítico de Estados Unidos sino un desafío al gran aliado de Washington en el Atlántico.
El respaldo de la ALBA a Quito no es noticia, ya que la decisión del asilo a Assange seguramente fue concertada por los gobiernos de esa alianza. El de Unasur también era previsible, pero no deja de ser revelador de la influencia de la primera alianza regional sobre la segunda. De continuar creciendo esa influencia, hasta convertirse en una hegemonía, las relaciones interamericanas podrían escalar sus tensiones habituales.
Assange se ha convertido, por lo pronto, en una bandera de la izquierda bolivariana. Habrá que ver cuánto dura esa alianza si el periodista australiano logra establecerse en Ecuador, donde el gobierno no se caracteriza, precisamente, por su transparencia informativa y su asimilación del cuestionamiento público. Para sobrevivir en Ecuador, como un amigo del poder, Assange tendría que abandonar la premisa radical de Wikileaks.
rafael.rojas@razon.com.mx
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