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Fernando Escalante Gonzalbo Fernando Escalante Gonzalbo
 
Fernando Escalante Gonzalbo
 
Vigilantismo

Fernando Escalante Gonzalbo

 

En 1969, Richard Maxwell Brown publicó una interesante apología del vigilantismo en Estados Unidos. Según él, en la historia estadounidense predominó siempre un vigilantismo constructivo, que movilizaba al conjunto de la comunidad para acabar con revoltosos, maleantes y demás gentuza: era un recurso de civilización.

Sus métodos podían ser duros, inflexibles, arbitrarios, pero contribuían a resolver el problema del orden, y mantenían la cohesión social. Los americanos, decía Brown, durante siglos apoyaron un sistema de justicia doble, legal y extralegal, cuyo énfasis estaba en el control del crimen, y que no concedía mayor importancia a las garantías procesales. La participación en un linchamiento o en grupos de vigilantes se entendían como manifestaciones de civismo. Indispensables, puesto que las autoridades no podían, no querían o incluso no debían hacerse cargo de determinadas funciones de orden público, y correspondía a los ciudadanos asumirlas.

Los argumentos de Brown merecen analizarse con más calma, en otra ocasión. Me interesan con motivo de la organización de los grupos de autodefensa, las policías comunitarias, los linchamientos y las otras formas de violencia colectiva de los últimos tiempos —porque siempre cuentan con un fondo de legitimidad más inmediato, más espontáneo y más generoso del que tiene normalmente la fuerza pública. Inspiran una extraña confianza en una parte de la opinión. Y eso importa por lo que dice del orden, de la legalidad, de la cultura política.

No está claro qué es lo que sucede en Guerrero, Michoacán, Oaxaca. Según lo que puede leerse en la prensa, lo que vemos son a medias grupos guerrilleros, a medias policías tradicionales, grupos de vigilantes, que se defienden del “crimen organizado”, de los intermediarios políticos, de las compañías mineras, o de los vecinos. Manifiestan una transición en el orden político de la sociedad rural del centro y sur del país. No sé si eso implique una pérdida de presencia, legitimidad o control por parte del Estado, porque no estoy seguro de que lo hubiese habido antes.

Me preocupa más la retórica favorable al vigilantismo que comienza a ganar presencia en el espacio público. Y pienso concretamente en las reacciones contra la Suprema Corte por la sentencia sobre el caso de Florence Cassez. Pienso en los desplantes de Alejandro Martí: “Habrá que preguntarle a los ministros… su opinión sobre los demonios que desataron / ¡Qué desesperación! / ¿Un sicario o narcotraficante es víctima? / ¿Qué es más importante, los derechos humanos de las víctimas o de los secuestradores?”. Imagino que la confusión es real, y no fingida. Imagino que de verdad piensa que un “sicario” no puede ser víctima, y no entiende que las garantías procesales sirven precisamente para asegurar que se castiga al culpable, y no a cualquiera...…

Para él, y para mucha otra gente como él, está clarísimo quiénes son los “sicarios y narcotraficantes”. Y no merecen ninguna consideración. Por eso piden que los policías actúen como vigilantes. Eso, lo de la gente decente, es ominoso.




 
 
 
 
fecha 26 de febrero de 2013 00:43
ultima modificacion Ultima modificación: 00:15
autor Por: Fernando Escalante Gonzalbo
 
 
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