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Extrañar el alcohol

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Una de las adicciones más graves, más normalizadas y más difíciles de dejar, es el consumo de alcohol. Hay mucho escrito sobre las consecuencias terribles del alcoholismo y mucho menos sobre lo que significa para un bebedor dejar de serlo. Es fácil decirle al consumidor que debe parar si quiere seguir vivo y sano. Es sencillo hablar de los efectos letales para el cuerpo y la mente que el alcohol ocasiona, pero es más difícil hablar de todo lo que el alcohólico pierde cuando deja de beber. Le dicen lo que va a ganar, para convencerlo de que con la sobriedad vendrá la paz del alma, la claridad mental, la productividad sin tanto esfuerzo, la salud de las emociones y la capacidad de expresarlas sin afectación y con autenticidad.

Dejar de hablar de las pérdidas es un error, porque el consumo de alcohol cubre una serie de funciones en la vida del bebedor. Por ejemplo, producir alegría durante el consumo, como si se tratara de un antidepresivo auto medicado. También como método favorito de relajación. Los muy ansiosos llegan a una hora del día en la que necesitan un trago para no matar a nadie y para dejar de preocuparse por lo menos unas horas. Beber también es auto medicar la ansiedad.

Quienes beben de manera enfermiza suelen convencerse de que más vale una vida corta pero intensa que una vida saludable, larga y aburrida. Porque el alcohólico solo sabe divertirse si está borracho y le cuesta trabajo alcanzar estados de alegría o tener ganas de convivir en sobriedad, durante la que sí alcanza a ver la realidad, que a veces es insoportable. “Hay que aniquilar el aburrimiento” es el lema del bebedor, que se ha acostumbrado a ese pequeño levantón de ánimo que la primera copa le produce después de un día miserable en el trabajo o en casa.

Aunque esté convencido, quien deja de beber se da cuenta de lo mucho que extraña las borracheras. Ahora debe pensar a qué va a dedicar el tiempo libre. Ahora lo invitan menos a socializar, porque ya no es divertido ni desinhibido hasta hacer el ridículo, que siempre atraía espectadores. El alcohólico extraña el desenfado para decir estupideces y se da cuenta de que lo único que tenía en común con la mayoría de sus “amigos” eran las decenas de tragos y las horas interminables bebiendo. La angustia quedaba anestesiada después de unos tragos. Ahora tiene que enfrentar tal vez una depresión, un duelo, la soledad, la timidez o un yo sádico que solo señala lo que hace mal y que lograba amordazar en el bar.

La sobriedad es un infierno en el que hay que reaprender a divertirse y a sanar dolores sin la ayuda de ninguna sustancia. En la sobriedad se echa de menos el sentimiento de estar muy vivo, aunque el precio haya sido tan alto.

Quien deja de beber extrañará para siempre la euforia del alcohol, pero no debe olvidar que salvó la vida, la belleza de la mente, el amor en sus relaciones, la capacidad de cumplir promesas y que eligió enfrentar y apreciar la vida, tal y como es.

*Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa desde hace 15 años. Este es un espacio para la reflexión de la vida emocional y sus desafíos.

valevillag@gmail.com
Twitter:
@valevillag




 
 
 
 
fecha 13 de enero de 2017 00:10
ultima modificacion Ultima modificación: 22:13
autor Por: Vale Villa
 
 
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