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Thoreau, o el superpoder del individuo

Julio Trujillo

 

En estos últimos días, en los que he estado a punto de sentirme culpable por no sumarme a las diversas indignaciones colectivas, he pensado mucho en Henry David Thoreau, escritor estadounidense (misma sociedad que doscientos años después produciría a un Donald Trump) que vivió en carne propia, y como nadie, los alcances de un individualismo radical.

De sus escritos podrían extraerse miles de consignas y aforismos, verdaderos concentrados de sabiduría, pero tal vez puedan resumirse en uno: “Creo que deberíamos ser hombres primero y sujetos después”, manera inmejorable de decir que si hemos rendido nuestra conciencia a cualquier otra entidad (a la mayoría, por ejemplo, pero también incluso a la legislación) no servimos ni como ciudadanos ni como individuos. Thoreau fue un hombre de acción más que de palabras, y pudo materializar su constante enfrentamiento con el Estado a la hora de encontrarse frente al recolector de impuestos y decir: No, negativa que lo puso en la cárcel por una noche (pues un conocido pago por él). En esas horas de encierro, reflexionó así: “Mientras estaba ahí, pensando en las paredes de piedra sólida que me contenían, no pude evitar sorprenderme ante la tontería de esa institución que me trataba como si solamente fuera carne, sangre y huesos para así encerrarme. Entendí que, si había un muro de piedra entre mis conciudadanos y yo, había uno aun más difícil de escalar o destruir antes de que fueran tan libres como yo. Ni por un momento me sentí confinado, y las paredes me parecieron un gran desperdicio de concreto. Sentía como si solamente yo hubiera pagado mi impuesto. Con cada amenaza se equivocaban, pues creían que mi deseo principal era estar del otro lado de ese muro. No podía sino sonreír al verlos intentar encerrar mis meditaciones, que los seguían afuera sin impedimento alguno. Vi que el Estado no distinguía entre amigos y enemigos, y le perdí todo respeto, y me dio lástima”. Ante una sociedad de individuos libres y conscientes, todo muro es una estructura ridícula que no debe obsesionarnos. “Incluso el filósofo chino fue lo suficientemente sabio para reconocer al individuo como la base del imperio”, escribió nuestro personaje en su célebre ensayo Desobediencia civil, y ya desde entonces se preguntaba si no se podía dar un paso más allá de la democracia, en busca de reconocer al individuo como un poder más alto e independiente del cual el Estado deriva su propio poder y autoridad.

Dicho individuo thouriano, al que hoy aspiramos y que escasea escandalosamente, tendría el superpoder no de atravesar muros, sino de trascenderlos desde la irreductible libertad de su conciencia, y no podría sino sonreír ante las infantiles bravatas que hoy acaparan nuestra conversación. Pero parece que nos falta mucho para graduarnos a un personaje así, perdidos como estamos en el aspaviento y las corrientes gremiales, tan generalizantes y que tanto desenfocan la rebeldía personal, la “mayoría de uno”. “¿Cómo podemos esperar una cosecha de pensamiento —se preguntaba el gran autor de Walden—si no hemos tenido una siembra de carácter?”

julio.trujillo@razon.com.mx
Twitter:
@amadonegro




 
 
 
 
fecha 13 de febrero de 2017 01:21
ultima modificacion Ultima modificación: 20:24
autor Por: Julio Trujillo
 
 
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