Diario La Razón
Lunes 22 de Mayo | 10:31 am
Facebook Twitter RSS Youtube
 
 
Armando Chaguaceda Armando Chaguaceda
 
Armando Chaguaceda
 
Sociología política del postfidelismo

Armando Chaguaceda

 

Otro joven negro, de humilde origen, ha muerto en Cuba; víctima de la desidia consciente de sus captores y la indiferencia de muchos. En la Isla hay 100 prisioneros políticos; China —con cien veces la población cubana— tiene, según cálculos internacionales, alrededor de 1,500. Desmintiendo el manido argumento de que bajo el raulismo los opositores son víctimas de detenciones y liberaciones exprés. La ola represiva amenaza con rebasar, en víctimas y violencia, a la de 2003.

Si bien la oposición es hoy más numerosa, diversa y activa que nunca, choca con la represión del poder y la indiferencia de la mayor parte de la sociedad. El sector popular —resignado, temeroso y consumido en sobrevivir— apenas alza la voz para defender sus magros derechos. La nueva clase creativa —artistas globalizados, dueños de PyMes— forma su gozadera al ritmo de cocteles y reggaetón, con negocios tolerados por el Estado. Los intelectuales han desdibujado tanto su rol que, salvo contadas excepciones, no merecen llamarse tal. Los niveles de población penal, depresión, suicidio y migración desnudan la percepción de un país sin futuro, especialmente para los jóvenes.

La sociología política del postfidelismo es la de una nación apática, cínica y desgastada, con identidades autorreferentes y fragmentadas, que sobrevive bajo una dominación militar burocrática en pleno proceso de conversión capitalista. No se parece a ninguna sociedad occidental. Es algo morboso que existe a medio camino entre el Moscú de Brezhnev y el Damasco previo a la guerra civil.

Tal escenario induce, a cualquier lector decente, a desesperanza. Sin embargo, quienes no tienen la oportunidad de pasar esta página, siguen allí, viviendo y luchando. En tanto crezcan las contradicciones entre discurso y realidad, se agudicen la pobreza y la represión, los actores independientes —y no sólo la oposición política— seguirán existiendo y, probablemente, creciendo. A un ritmo modesto, que hará doblemente inviable el cambio social desde abajo y su aniquilamiento desde arriba. El poder, interesado en asegurar la transición de 2018, incrementará el acoso contra todo lo que salga de su esfera de control. De tal suerte, los meses venideros traerán mucha opresión y alguna resistencia.

Frente a este panorama, la pregunta es si, quienes vivimos en la diáspora, elegiremos la solidaridad o el silencio. Cada día encuentro escribidores que reclaman su filiación izquierdista, su sensibilidad por la opresión ajena, su sofisticación letrada. Pues bien: el momento es ahora. Aunque no nos guste esa oposición real a la que, por temor o cálculo, no acompañamos; al menos no callemos frente a abusos que nos humillan a todos. Cualquier otra estrategia —incluida la del reformismo paciente y leal, que invisibiliza la represión ajena— parece tener hoy pocas oportunidades de éxito y un enorme riesgo de aparecer como simple convalidación del despotismo.




 
 
 
 
fecha 27 de febrero de 2017 02:09
ultima modificacion Ultima modificación: 22:10
autor Por: Armando Chaguaceda
 
 
Todo sobre este tema
Noticias relacionadas
 
Noticias relacionadas Noticias relacionadas
Notas Relacionadas Como los persas 01:22
Notas Relacionadas Mella, la impronta de su ejemplo 00:31
Notas Relacionadas Traje a la medida 00:21
Notas Relacionadas Candil de la calle... 00:14
Notas Relacionadas Distopía 00:50