Diario La Razón
Jueves 25 de Mayo | 4:55 pm
Facebook Twitter RSS Youtube
 
 
Julio Trujillo Julio Trujillo
 
Julio Trujillo
 
La viejita de las malas noticias

Julio Trujillo

 

En una de las entradas al dantesco Viaducto, más o menos a la altura de Monterrey, una viejita se instala todas las mañanas para vender periódicos sensacionalistas.

La posibilidad de que eso suceda, de que no sólo se pueda llevar a cabo una compraventa en una vía rápida de la Ciudad de México, sino de que incluso se puedan leer los encabezados, da cuenta del patético y bovino estado de nuestro tráfico. Pero ese, hoy, no es mi tema, sino ella, la vieja.

Debe tener (después de estudiar su rostro durante meses y de adivinar en cada uno de sus ángulos a la calavera que lo sostiene) unos noventa años. Su color es el de esa recia morenez tatemada por muchos lustros de sol urbano. Usa una cachucha que anuncia un periódico que ella no vende, pero que –sospecho– en otra época vendió. Y carece de dientes: ni uno solo, ni una muela perdida por ahí. Esto lo sé porque un día, intimidado por su presencia inamovible y pleistocénica, decidí sonreírle tímidamente desde mi coche: me devolvió una hermosa pero cavernaria sonrisa, pues en su boca sólo había oscuridad y vacío.

En ocho meses que llevo fatigando esa ruta, la vieja no ha faltado un solo día hábil. Uno, naturalmente, se acostumbra e incluso llega a necesitar esa presencia como una garantía de que el planeta sigue girando sobre sí mismo. Pero hay algo más: la vieja sostiene con brazos y manos, en un acto de prestidigitación periodística, unas diez o quince publicaciones que dan cuenta de todas las noticias sangrientas del día anterior. Es, ella, como un árbol de navidad al revés: un anuncio de muerte y tragedia para cualquier temporada. Escenas de asesinados, atropellados, prensados y descuartizados la recubren, como si la vieja se vistiera todas las mañanas con la sangre derramada unas horas antes. Su rostro chamuscado por el tiempo no delata un solo juicio o emoción sobre las alarmistas noticias que vende: ella sólo las vende. ¿Cuántos años, si no es que décadas, llevará siendo ese escaparate encarnizado y brutal de la ciudad?

Me descubro necesitándola, no sólo a ella sino a su evidencia violentísima. Como si esa dosis matutina de tragedia bastara para salvaguardar el resto de mi día. Como si al absorber esas imágenes chocantes desde mi carrito, sostenidas por una especie de Coyolxauhqui encarnada, me fueran aseguradas las siguientes horas de paz sin que la guadaña de la vida pase silbando y me rebane la cabeza. Y, claro, ahora ya elaboré un temor real, un ritual que no consigo expulsar de mí y que consiste en temblar de pánico ante la posibilidad de que la viejita deje de materializarse. Su imagen, en el horizonte del tráfico, me tranquiliza, pero la posibilidad de su desaparición me desalienta. Y va, sin lugar a dudas, a dejar de ir un día de estos, a menos de que en verdad sea inmortal. Debo prepararme para lidiar con su ausencia, para enfrentar mis días sin la sanguinolenta referencia de que allá afuera suceden cosas terribles que yo he librado, de que el mundo y esta ciudad vertiginosa y amenazante pueden seguir existiendo sin la viejita de las malas noticias.

julio.trujillo@razon.com.mx
Twitter:
@amadonegro




 
 
 
 
fecha 27 de febrero de 2017 02:07
ultima modificacion Ultima modificación: 22:51
autor Por: Julio Trujillo
 
 
Todo sobre este tema
Noticias relacionadas
 
Noticias relacionadas Noticias relacionadas
Notas Relacionadas Machista en proceso de rehabilitación 01:21
Notas Relacionadas Se solicita poesía 00:29
Notas Relacionadas Teoría del tráfico 00:20
Notas Relacionadas Mi denuncia 00:05
Notas Relacionadas Los consejos de Whitman 00:49