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Jueves 30 de Marzo | 12:40 am
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Julio Trujillo Julio Trujillo
 
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¿Un país de voraces lectores?

Julio Trujillo

 

Cuando se abrieron las puertas del Metro, la masa humana era tan compacta (una especie de cuadro cubista con manos, piernas y ojos distribuidos arbitrariamente) que decidí dejarlo pasar y esperar al siguiente, pues quería leer tranquilamente en mi camino a la Feria. Iluso. Los siguientes dos iban idénticos, sin posibilidad de colar ni un codo.

Al cuarto Metro, visualicé una rendija, una grieta, y me incrusté. Descubrí que no habitaba un capricho cubista sino uno del Bosco. ¿Cómo respira quien mide un metro menos que yo? Cinco estaciones después fui expulsado a la calle de Tacuba, donde hordas de gente iban y venían, algunos de ellos interceptándome para que me mandara a hacer unas micas para mis lentes. Me sentí un ñu, el insignificante integrante de una inmensa manada en migración.

¿Hacia dónde? Me dejé llevar por la corriente y desemboqué al pie del Caballito, donde se llevaba a cabo una danza prehispánica con mucha percusión y caracoleo y en la que, al parecer, se esperaba que yo también brincara y diera vueltas sobre mi eje. Huí. Hice cola para que me dieran mi calcomanía de “participante” e ingresé a la Feria, que se encontraba en plena ebullición.

Quise detenerme a ver algún libro pero las mareas me desplazaban a empujones, y acabe escondiéndome, para respirar un poco y reagruparme, en un stand de libros jurídicos previsiblemente vacío.

Cuando reemprendí mi camino, faltaban cinco minutos para la presentación. Al llegar, me sorprendió encontrar el salón vacío: aún no dejaban entrar a la gente, que hacía cola afuera y generaba un poco más de caos.

Con mi llegada, dieron la luz verde y el ingreso de todos, de golpe, me hizo pensar en un vagón de Metro sólo un poco más amplio que el que acababa de dejar. No se habían acabado de sentar todos cuando alguien anunció que teníamos 45 minutos y que más nos valía apurarnos porque luego habría otra presentación y teníamos que desalojar en chinga.

Tal vez no se usaron esas palabras, pero mi vocabulario mental se iba calentando.

Comenzábamos a aterrizar algunas ideas interesantes sobre el libro cuando me pasaron un papelito que me urgía a cerrar la conversación en cinco minutos.

¿Con qué se habrá quedado la gente de esas dos cosas y media que alcanzamos a decir? No tuve tiempo de responderme porque ya me echaban fuera, al tsunami de carne. Vi algunas caras amigas, intenté detenerme y saludar pero hacerlo, detenerse, es provocar un nudo instantáneo que entorpece aún más el fluir humano, así que me bastó con hacer algo de mímica amistosa y dejarme llevar, resignado, a donde ese ciego impulso quisiera. Tenía una hora antes de la siguiente presentación así que decidí comer algo en La Ópera.

Imposible, en la entrada había unas veinte personas apretujadas buscando un lugar. Enfrente, un grupo de música imitaba a los Beatles para la arremolinada felicidad de la mucha gente ahí reunida. Yo sólo escuchaba ruido, la verdad. Me detuve en una esquina a ver pasar el mundo. Respiré.

Conté hasta cien. Enfilé de nuevo hacia la Feria, esa fiesta de la lectura que siempre está a nada de salirse de madre. Todo indicaría que vivo en un país, o al menos en una ciudad, de voraces lectores. Ojalá, pero tengo mis dudas.

julio.trujillo@razon.com.mx
Twitter:
@amadonegro




 
 
 
 
fecha 6 de marzo de 2017 01:32
ultima modificacion Ultima modificación: 19:33
autor Por: Julio Trujillo
 
 
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