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Todo puede ser peor

Martín Vivanco

 

En ciertos sectores de la opinión pública parece ir asentándose la idea de que la ola populista actual se verá contenida por una especie de dique institucional real, ya existente, e infranqueable. Muchos, por ejemplo, piensan que Trump no podrá llevar hasta las últimas consecuencias sus políticas en contra del libre comercio o migratorias porque “a Estados Unidos no le conviene”. Hay algo de cierto en esto: si vemos sólo los números y lo que México representa como el segundo socio comercial más importante de Estados Unidos, parecería un sinsentido seguir por la ruta trazada, por los costos que traería para ambas partes. Pero como bien ha dicho Fernando Escalante: “los argumentos sobre los costos que tendría todo eso para Estados Unidos no tienen ningún sentido […] las agresiones a México, no responden a ningún propósito utilitario, sino a la dinámica cultural del chivo expiatorio. Tienen un valor simbólico”. Sigue Escalante: “importa tenerlo presente para dejar de lado los cálculos optimistas, la idea de que las peores atrocidades no llegarán a producirse porque son absurdas, inútiles, contraproducentes —no podemos contar con ello.”

Ahora bien, si se lleva parte del argumento a la órbita de los derechos fundamentales el paisaje puede ser aterrador. A veces se nos olvida que los derechos fundamentales son triunfos históricos y culturales, esto es, son mecanismo de protección creados por nosotros mismos para defender intereses, satisfacer necesidades y obtener ciertos bienes que nos importan en un momento determinado. No derivan de la realidad ni de la naturaleza de las cosas. Como diría Rodolfo Vázquez, los derechos no son una especie de piel que llevamos, lo que llevamos en la piel son esos intereses y necesidades que buscamos proteger, precisamente, a través de los derechos. Por ello, así como se han creado los derechos, se pueden destruir.

Resalto lo anterior porque no podemos pasar por alto que todo, todo, puede ser peor. Cada vez que prendo la televisión o abro el periódico y leo lo que pasa allende el Río Bravo, una especie de sosiego me invade porque pienso que estamos llegando al límite de lo posible. Cuando veo que alguien habla de “hechos alternativos”; inventa ataques terroristas inexistentes; conspiraciones que rayan en lo cómico; o simplemente estigmatiza a una persona en razón de su color de piel u origen étnico y lo daña de por vida, pienso que todo esto algún día llegará a su límite, porque yo también creo en la existencia de ese dique, de ese límite al poder arbitrario. Pero luego recuerdo que ese dique lo construimos nosotros, y que fuimos también nosotros quienes dejamos que Maduro, Trump, o Duterte llegaran al poder. Nosotros estamos destruyendo el dique institucional que diseñamos para protegernos contra la arbitrariedad. Y por eso conviene no dar nada por descontado: ni los derechos más elementales de libertad y debido proceso, ni los derechos de las mujeres producto de los movimientos feministas, ni los derechos de igualdad que se conquistaron por los movimientos de derechos civiles. Todos están bajo amenaza. Que no se nos olvide: así como los construimos, los podemos destruir.

Email: martin_mvp@yahoo.com

Twitter: @MartinVivanco




 
 
 
 
fecha 20 de marzo de 2017 00:34
ultima modificacion Ultima modificación: 23:35
autor Por: Martín Vivanco
 
 
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