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Armando Chaguaceda Armando Chaguaceda
 
Armando Chaguaceda
 
¿Cambios mediáticos en Cuba? Vino nuevo, odres viejos

Armando Chaguaceda

 

Bajo un régimen autocrático, pocas profesiones son más castigadas que las del abogado y el periodista.

Allí donde un grupo reducido de personas toman las decisiones políticas relevantes sin dejar a la mayoría la opción de participar, protestar o fiscalizar autónomamente su aprobación y desempeño, la ley y la prensa pierden el sentido empoderador que comúnmente le damos. El jurista se limita a aplicar, administrar o, incluso, torcer la ley; bajo los criterios del gobernante y no con apego a los principios del Estado de derecho. El comunicador social se convierte en difusor de entretenimiento, propaganda o ideología; antes que en proveedor de información y crítica social relevantes.

Por eso, cuando año tras año los periodistas cubanos se dan el permiso de soñar por un ratico, en sus congresos oficiales, con la idea de una mejor prensa bajo el modelo vigente, la criatura nace enferma. Porque no es posible, más allá de mejoras estéticas y formales, conseguir inmediatez, veracidad y diversidad de voces y contenidos en un sistema de medios sometido al control directo e indirecto del funcionario gubernamental, policial y partidista.

A los periodistas cubanos nos les han faltado ganas: les han sobrado controles y regaños. Y la repetición de estas escaramuzas verbales —llamados a hacer una mejor prensa seguidos de reuniones donde el burócrata de turno se encarga de recordar que el cuartico está igualito— se ha cobrado el alma del gremio. Los dóciles, cansados y cínicos saben que tienen garantizado su lugar, y su ascenso, en el sistema. Otras mentes brillantes se refugian en las facultades de comunicación social, importando esquemas y términos —agenda setting, gatekeeper — en un vano esfuerzo por conjurar, con palabras neyorkinas, una realidad soviética. Los más incómodos y creativos, después de algunos intentos, acaban buscando un respiro en el universo de medios alternativos, emergido en la última década bajo la sospecha y vigilancia del sistema. O, simplemente, se van.

Ahora que se ha generado un amplio debate sobre las oportunidades de reconocimiento oficial a los nuevos medios, discursos y públicos emergentes en la isla, vale la pena moderar las expectativas sobre esta utopía mediática. Recordar que estos debates transcurren en una realidad virtual y pequeños foros reales, donde opinadores y lectores son los mismos y pocos: ni los cuadros de base del partido, ni los locutores del Noticiero Nacional ni los policías a cargo de vigilar las prensas, los blogs y los micrófonos están participando, de uno u otro modo, en semejante debate. Sospechar que la aprobación de una Ley de Prensa bajo condiciones de no apertura política —China style — lejos de amparar la pluralidad emergente bien puede servir para tipificar nuevos -elitos contra el Estado.

Por último, reconocer que mientras los periodistas ubicados en esa zona gris —ni oficialistas ni disidentes- reproduzcan la fragmentación inducida por el poder, rechazando — bajo un calculo de autoprotección- interactuar o solidarizarse con sus pares de la prensa independiente, la debilidad general de los medios no estatales estará garantizada. Y el cubano de a pie seguirá teniendo una prensa que haría las delicias —o pesadillas — de George Orwell, en pleno siglo XXI.




 
 
 
 
fecha 27 de marzo de 2017 00:44
ultima modificacion Ultima modificación: 23:27
autor Por: Armando Chaguaceda
 
 
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