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Maternidad con sentimentalismos

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Soy incapaz de escribir sobre maternidad sin sentimentalismos. Confieso que siempre he tenido la suerte de estar cerca de mis hijos, que pude acompañarlos a crecer desde que nacieron y que a pesar de mi actividad profesional, he logrado organizar mi agenda con algo de equilibrio para no perderme sus vidas, que son lo más emocionante que me ha tocado atestiguar. Leí a Regina Tamés sobre las terribles condiciones en las que muchas mujeres son madres, sobre el mensaje de desigualdad que subyace al festival del 10 de mayo, sobre los muchos cambios que deben hacerse para garantizar una maternidad libre y protegida.

También leí a la querida Sandra Barba que escribió sobre maternidad sin sentimentalismos en la obra de Jenny Saville en la que se ven hijos retorciéndose, llorando y escurriéndoseles a sus desesperadas madres.

La obra de Saville es elocuente sobre la maternidad y sus emociones contradictorias: amor y odio, gozo y dolor, paz y angustia; la vida regida por el reloj biológico de otro ser humano; la vida organizada alrededor de las necesidades de supervivencia del bebé que cambian la mente de la madre, que nunca volverá a dormir igual de profundo, que nunca más se sentirá totalmente despreocupada ni tranquila.

Muchas madres hemos sentido miedo de que nuestros hijos se parezcan a nosotras en los rasgos que más detestamos de nuestra personalidad. Muchas revivimos los traumas de infancia, como cuando nadie quería ser nuestro amigo y que se aparecen como fantasmas cuando nuestro hijo de 4 años nos dice que nadie lo quiere en la escuela. También cuando una hija adolescente comienza a enamorarse de quien consideramos insuficiente para su altura intelectual y emocional.

Es imposible que no se crucen pensamientos de arrepentimiento en días grises en los que una está convencida de que no debió tener hijos porque no es buena madre, porque no les ha podido dar todo lo que necesitan.

Tengo tres hijos adolescentes que dicen que jamás tendrán hijos. Pienso que es la edad y me tranquiliza saber que por ahora, lo tienen así de claro. Pienso que son más listos que yo porque desde pequeños cuestionaron todo lo que les enseñamos en la casa y también en la escuela. Quizá las que elegimos o nos pasó ser madres, lo hicimos a partir de la inconsciencia o el idealismo de creer que ser madre era un requisito para tener una vida valiosa.

Ya no me acuerdo muy bien de mí cuando tenía hijos pequeños, solo que era muy joven y que pude ser madre y estudiante durante muchos años. Sé (más o menos) quién soy ahora y con todo el sentimentalismo del que soy capaz digo que ser mamá me ha traído alegrías y dolores intensos que no cambiaría por ninguna otra experiencia.

Sé que hay madres de desaparecidos, madres niñas y adolescentes, madres violadas, madres pobres y explotadas; sin embargo, valorar y agradecer mi vida como madre no es excluyente de solidaridad y conciencia sobre las vidas de otras mujeres que no quieren ser madres o que viven una maternidad llena de injusticias y dolor.

*Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa desde hace 15 años. Este es un espacio para la reflexión de la vida emocional y sus desafíos.

valevillag@gmail.com
Twitter:
@valevillag




 
 
 
 
fecha 12 de mayo de 2017 01:12
ultima modificacion Ultima modificación: 22:51
autor Por: Vale Villa
 
 
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