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Jueves 17 de Agosto | 10:29 am
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Julio Trujillo Julio Trujillo
 
Julio Trujillo
 
No sé

Julio Trujillo

 

Cuando era un adolescente más o menos idiota (“sin Baudelaire, sin rima y sin olfato”) me divertía mucho salir a la calle y preguntar a la gente si sabía dónde estaba el monumento a Julio Trujillo, monumento inexistente, por supuesto (y que nunca existirá), pero me provocaba en los interpelados todo tipo de reacciones salvo una: confesar su ignorancia. “Esteee, me parece que si te vas todo derecho y luego a la izquierda, por ahí está”. “Creo que está aquí cerca, por la plaza”. “Sígase por esta calle hasta topar con pared”. Invariablemente me daban direcciones de todo tipo, pero nadie jamás me dijo “no sé”.

Una verdadera señal de ignorancia es no aceptar que no sabemos, como si desconocer tal o cual dato nos disminuyera de alguna forma. Nos pasa todo el tiempo, al calor y la velocidad de la conversación: asentimos, decimos sí, mentimos, mitad porque no queremos interrumpir un ritmo de la charla y mitad porque nos apena aceptar que no sabemos. Claro: esta debilidad nos obliga a sostener diálogos enteros sobre asuntos de los que no sabemos nada, y vamos asintiendo ridículamente y con el secreto temor de que en algún pliegue del intercambio nos descubran, como funámbulos sin verdadero entrenamiento equilibrista. Pero saber, de verdad saber, es entender que se sabe muy poco, reconocer los límites, recortarnos frente al alud de cosas que naturalmente desconocemos.

Sospecho que esto es un complejo mexicano. Antier, en el aeropuerto, en un momento dramático en el que estaba a minutos de que mi hija perdiera un vuelo importante, le pregunté al policía si me encontraba en la sala 3, pues ahí me habían indicado que tenía que dirigirme a hacer un trámite urgente. No titubeó, incluso alzó la voz un poco y afirmó: SÍ, ESTÁ ES LA SALA 3. Me pregunto qué proceso mental lo llevó a mentir tan flagrantemente. Por mi lado, perdí valiosísimos minutos, minutos creyendo que estaba en la sala correcta cuando en realidad estaba en la Sala 1. Nada le costaba decirme que no sabía e incluso averiguar el sencillísimo dato, sobre si se trataba de la sala que él custodiaba. Es, me temo, un complejo de inferioridad, y apunta hacia una atroz idiosincrasia.

La duda nos ilumina, afila nuestros sentidos y fortalece el músculo de la inteligencia. Sobre todo nos invita a usar esa formidable herramienta retórica que es la interrogación. Qué pobres somos de preguntas, qué escasos de ignorancias aceptadas. En la parcelita de la poesía en la que suelo moverme, y después de un puñado de libros escritos volteo a ver lo hecho y lo que hay es un cerro de interrogantes, una y otra vez, acumulándose, lindas, acaso cambiando de entonación o de perspectiva, pero poquísimas veces transformándose en certezas. Una certeza es un expendiente cerrado y nos da menos movilidad que una pregunta.

Todas las filosofías que conocemos, desde siempre, no son sino aproximaciones y tanteos, exploraciones, búsquedas, preguntas. Y si los grandes sabios no tienen empacho en reconocer sus límites e ignorancias (Sócrates famosamente), ¿por qué a nosotros, simples peatones del pensamiento, nos cuesta tanto trabajo?

Parecería que es un asunto de humildad, y sí, pero saber que no sabemos y aceptarlo es también un asunto de fortaleza y aplomo. Fíjate que no sé, pero cuéntame. Si anunciáramos más y más esos dos vocablos, “no sé”, no sólo seríamos más congruentes y fuertes, sino que de verdad empezaríamos a saber, entendiendo el “saber” como reducción, obvia y afortunadamente jamás total, de lo que no sabemos.

julio.trujillo@razon.com.mx
Twitter:
@amadonegro




 
 
 
 
fecha 3 de julio de 2017 00:00
ultima modificacion Ultima modificación: 21:13
autor Por: Julio Trujillo
 
 
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