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Julio Trujillo Julio Trujillo
 
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Teoría del cachalote

Julio Trujillo

 

La imagen de un chivo en una cristalería o de un cachalote en una pecera me persigue desde siempre, y yo mismo he contribuido a fomentarla con bromas, un poco de autoescarnio y algunos textos, uno de ellos un poema que termina así: “nadie me dijo cómo había que navegar/ las olas de este mar domesticado”, refiriéndome a mi propia casa.

Es fácil achacarle nuestra inquietud, y sus correspondientes errores, al cachalote, a una esencia más pegada a lo natural que a lo civil, más “indomable”. Así nos revestimos de “malditos” o “salvajes” y nos damos licencia para matar, o al menos para hacer lo que dicte nuestra infantil voluntad, sin luego hacernos cargo de las consecuencias. Pero lo cierto es que en todos nosotros hay (en mayor o menor medida) un gen rebelde, que quisiera a veces no seguir las reglas o vociferar, y cuya contención es sinónimo de madurez.

Escribí “consecuencias” y me tembló la mano, pues a veces son ellas las que se hacen cargo de nosotros, cuando no lo esperamos, sentados como estamos en el trono de nuestra impunidad. Es como golpear un ventanal en repetidas ocasiones, creyendo de verdad que nunca se nos va a venir encima, y cuando lo hace con estrépito nos tardamos un tiempo en asimilar que estamos rodeados de vidrios rotos, cortados, y que ese ventanal no existe más.

¿Por qué perseverar en el error, en no contener al gen, en golpear el ventanal? Es probable que si tuviéramos la respuesta a esa pregunta no existiera el psicoanálisis, aunque también habría muy poca diversidad de caracteres. Incapaz de vivir en el marco de la teoría, o de apoyarse en la experiencia de otros, el falso-niño rebelde (el cachalote) persevera en su travesura porque acaso necesita una evidencia material, fáctica, de las consecuencias de sus actos. Explora, pues, sus propios límites, su espacio de maniobra, y en muchas ocasiones, al haber encontrado a la mala las fronteras de lo permisible, se arrepiente como un idiota.

Así vamos creciendo. Si quien persevera en el error es nuestro hijo, o nuestro familiar, o un ser muy querido, nunca lo vamos a abandonar, a menos que dicho error nos esté lastimando o sea nocivo. Pero si uno es ese animal humano que tropieza una y otra vez con la misma piedra, entenderá que nadie lo va a ayudar a salvarse de sí mismo y que es mejor que así sea, pues sólo sosteniendo su propia mirada en el espejo comenzará a reconocerse, aceptarse y tal vez perdonarse. Esto no implica dejar de divertirse ni inhibir la libertad: la madurez no coarta; al contrario, ensancha las miras y profundiza lo mirado.

“Amar”, escribió Valéry, “es saber ser débiles juntos”, bellísima declaración, pero también es reconocer, de parte del mismísimo cachalote o jabalí, que cuando se hace daño hay que retirarse a arreglar las cosas. Y ahí está el animalón, resoplando en soledad pero aprendiendo, hora tras hora, día tras día, a controlar su respiración. El gen rebelde se transforma, no desaparece, y a veces se da el milagro de que el ser amado ha estado esperándonos para seguir juntos el camino.

julio.trujillo@razon.com.mx
Twitter:
@amadonegro




 
 
 
 
fecha 10 de julio de 2017 00:21
ultima modificacion Ultima modificación: 20:39
autor Por: Julio Trujillo
 
 
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