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El mito de los millenials

Martín Vivanco

 

En la semana se publicó una nota en este periódico sobre las metas de la famosa generación millenial. Según ésta –que se basa en los resultados publicados en la revista Harvard Business Review– los ideales de vida de esa generación es ser ricos y famosos. Me interesó la conclusión porque esa generación es la mía. ¿En verdad seremos tan superficiales?

Empiezo por lo obvio: definir a un millenial no es tarea sencilla. Hay un debate sobre qué es lo que hace que una generación sea considerada como tal, si tan sólo el año de su nacimiento o algunos elementos culturales que comparte una cohorte determinada. Supongamos que son las dos, por lo que un millenial sería aquella persona nacida en los años ochenta y que tiene una forma de ser, una actitud hacia la vida, que lo distingue de personas nacidas en otras épocas. Esa actitud normalmente se define como una de irreverencia, de desdén hacia el trabajo, una obsesión por redes sociales, una tendencia a la distracción y una apatía por todo aquello que trascienda su individualidad. Según esta visión los millenials seríamos el arquetipo del egoísmo. No nos interesa nada más que nosotros mismos y punto. Pues no, no es así. Un estudio publicado también en la revista Harvard Business Review muestra que éstos son rasgos que compartimos con las demás generaciones y, por tanto, se deben más a la edad que alguna determinación de tipo cultural. O sea, es la juventud la que nos hace un poco narcisistas, como le ha pasado a todos, siempre. De hecho, el mismo estudio muestra que nuestra generación tiene algunas virtudes nada despreciables para el trabajo: buscamos sentido de propósito en lo que hacemos y no sólo retribución económica, buscamos retroalimentación para mejorar en nuestras labores; y, lo más importante, sabemos que se trabaja para vivir, no se vive para trabajar. Bajo esta mirada, no somos tan superficiales como se nos ha pintado.

Entonces, ¿de dónde salió esta imagen de nosotros?

De la vorágine tecnológica. Lo que sí es un hecho, como lo ha documentado Nicolas Carr, es que el Internet ha cambiado la forma en que pensamos y actuamos. Cada vez leemos menos libros a profundidad, de forma contemplativa, reflexiva, y cada vez más pensamos de forma disruptiva, es decir, en muchas cosas y al mismo tiempo, tal y como navegamos en Internet. A eso, sumémosle el poder de las redes sociales, y lo que tenemos enfrente es un cambio cultural enorme. Siempre va a existir alguna distracción en nuestras vidas: ya sea una notificación de Facebook, Instagram, Snapchat o WhatsApp. Y aunque estos cambios se ciernen sobre todas las generaciones por igual, la nuestra es más proclive a sumergirse en ellos, porque simplemente estamos más expuestos a los mismos. El problema es que, literalmente, pueden causar adicción. ¿A cuántas personas no conocemos que no pueden despegar sus narices de su celular? Eso, eventualmente, los lleva a vivir fuera de la realidad real y a vivir en las redes y de lo que las redes les dice del mundo y, más grave aún, lo que les dicen de sí mismos. Las redes tienen el poder de definir a una persona. El número de likes, de amigos, de lecturas, lleva a definir un perfil virtual del individuo que puede trascender a su personalidad real. Esa dislocación es la fuente de numerosos problemas: ansiedad, depresión, perdida de atención. Lo que quiero decir es que la imagen distorsionada que se tiene de nuestra generación no se deriva de rasgos de personalidad heredados del tiempo que nos tocó vivir, sino de un problema mucho más serio: de una serie de patologías que devienen en enfermedades que no sabemos cómo tratar. Y esto no tiene nada de superficial. Nada.

Email: martin_mvp@yahoo.com

Twitter: @MartinVivanco




 
 
 
 
fecha 17 de julio de 2017 00:40
ultima modificacion Ultima modificación: 08:25
autor Por: Martín Vivanco
 
 
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