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Julián Andrade Julián Andrade
 
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Alabados sean nuestros viejos

Julián Andrade

 

Conocí a Marcelí Perelló desde siempre, aunque lo vi por primera vez en 1988, justo cuando se cumplían 20 años del movimiento estudiantil.

Y digo que sabía de él porque, como mi madre, pertenecía a la pequeña pero vigorosa comunidad de catalanes republicanos y formaban parte de la primera generación nacida en México.

Marcelí era sumamente inteligente y de una explosividad creativa que explica su impacto y liderazgo, pero también los problemas en los que se podía y solía meter. Decía lo que pensaba y a veces esa crudeza no era bien recibida.

La última trifulca pública resultó bastante desagradable y su propia irresponsabilidad le costó el trabajo en la UNAM y una buena tunda pública.

Ese episodio, sin embargo, no puede explicar y mucho menos calificar el papel de Marcelí en la historia reciente de nuestro país y en particular la que proviene de la construcción de un régimen democrático.

Aquellos jóvenes que hace 50 años salieron a las calles para exigir libertades democráticas estaban iniciando, acaso sin saberlo, una transformación profunda.

Pero algo intuían, a pesar de la respuesta autoritaria en su contra. Me parece que fue Gilberto Guevara Niebla, otro de los líderes clave del movimiento, quien me contó que su abogado, Guillermo Andrade Gressler (mi padre), solía hacer muchos corajes ante la actitud de sus defendidos.

“Nosotros queríamos pasar a la historia y Andrade sacarnos de la cárcel”. Los dirigentes estudiantiles insistían en hablarle al futuro y el litigante al expediente. Al final ocurrieron las dos cosas: les abrieron las puertas de Lecumberri y partieron, muchos de ellos, al extranjero, para regresar años después y continuar embarneciendo algunas de las biografías más importantes de aquellos y estos años.

A Marcelí también lo detuvieron, en las oficinas del Partido Comunista Mexicano, pero se logró su liberación por distintas gestiones y apoyos, aunque esto lo llevó a un exilio todavía más prolongado que el de sus compañeros. Inclusive en Rumanía terminó la carrera de física.

El legado de 1968 suele estar inmerso entre el recuerdo de Tlatelolco y sus pulsaciones libertarias. La sombra y la luz. A Marcelí, sin duda, le debemos la insistencia en narrar el carácter festivo de esas jornadas y lo que terminaron por significar si las atendemos desde una perspectiva histórica.

Lo más trascendente del movimiento estudiantil no es, por fortuna, el episodio macabro de la Plaza de las Tres Culturas, sino el convencimiento de que es posible cambiar para mejorar.

Así hay que valorar, y entender, a una generación que pagó un alto costo por ayudar a edificar el país que ahora tenemos y las libertades de las que gozamos. Son nuestros viejos y, me parece, deberían ser alabados.




 
 
 
 
fecha 7 de agosto de 2017 01:15
ultima modificacion Ultima modificación: 23:25
autor Por: Julián Andrade
 
 
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