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Jueves 17 de Agosto | 10:31 am
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Lola en Venezuela

Martín Vivanco

 

Era un domingo de nubes densas. En la atmósfera se respiraba cierta pesadumbre. Lola, una niña de 18 años, no sabía qué pasaba. Sus padres le pidieron no salir de su casa. La razón: ese día se votaría por una Asamblea Constituyente. Bien a bien no entendía de qué trataba la figura. Pero sus papás le decían que era una farsa y que era importante el fracaso de la convocatoria a votar. Desobedeciendo la orden, salió de su casa para curiosear. Le pareció ver más militares en las calles que de costumbre. Sobrevolaba más tensión en el aire. En eso, Lola, cayó en cuenta que ya ni siquiera recuerda cómo es vivir sin una dosis de tensión, en normalidad, en libertad.

Recordó que hace, más o menos, cuatro años llegó a la presidencia de su país un hombre que grita y grita. Vocifera en todo momento como si el tono de su voz pudiera subsanar sus limitantes intelectuales. El Gritón también habla con pajaritos y con espíritus. Recuerda que los gritos han aumentado con el tiempo, casi tanto como los precios de los víveres que compraba su mamá en el supermercado. Había productos que se encarecieron 500 veces en su precio. Y recuerda que había, porque ahorita, simplemente, esos productos ya no se pueden encontrar. Los estantes del supermercado son un monumento a la escasez. También recordó a muchos de sus amigos que se han ido de su país. Recordó una cifra que rondaba en su círculo familiar: en 2016 salieron del país más de 150 mil personas. Ella cambia el fraseo en su cabeza: “no salieron, más bien huyeron, sí, huyeron”. También empezó a tomar conciencia de que hay más gente desamparada en las calles, mucho más personas en la miseria. Otra cifra que escuchó le vino a la mente: de 2013 para acá la pobreza se ha duplicado.

Siguió caminando y se topó con un hospital. Recordó que una amiga suya, de esas que huyeron, vivió una tragedia en ese lugar. Estaba en parto y se fue la luz. Como pudo, tuvo a su bebé. El bebé nació enfermo, nada que no se pudiera curar, pero ese día no tenían la medicina correcta para darle. La enfermedad empeoró, devino en neumonía y a los tres días murió por falta de antibióticos. Otra cifra le vino a la mente: en 2016 la mortalidad infantil ha aumentado 100 veces en su país. No ha vuelto a ver a su amiga.

Lola regresó a su casa. Su papá abrió la puerta y la abrazó muy fuerte, pero muy fuerte. Estaba aterrorizado de que algo le hubiera pasado. Después del abrazo vino el regaño por su repentino paseo. Lola en su mente enmudeció a su papá y empezó a verlo, a realmente verlo. No había notado lo flaco que estaba. Sus pómulos sobresalían, sus ojos eran más redondos y grandes, sus brazos parecían popotes. Lola recordó otra cifra: los venezolanos han perdido, en promedio, 9 kilos de forma involuntaria, derivado de la escasez de alimentos y de la inflación.

Lola se sentó en un mullido salón de su sala. Prendió la televisión y ahí estaba el Gritón. Gritaba que la convocatoria a la Asamblea había sido un éxito, que más de 8 millones de venezolanos habían acudido a las urnas. Y que con eso los venezolanos se quitaban las cadenas del imperio y confirmaban su libertad y soberanía. Pero Lola no dejaba de pensar en su paseo: en los estantes vacíos, en la miseria, en el bebé de su amiga, en el temor de su papá, en lo flaco que estaba. Apagó la tele y así calló al Gritón. Empezó a llorar y se quedó dormida.




 
 
 
 
fecha 7 de agosto de 2017 00:30
ultima modificacion Ultima modificación: 08:49
autor Por: Martín Vivanco
 
 
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