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Guillermo Hurtado Guillermo Hurtado
 
Guillermo Hurtado
 
Ontología del desayuno mexicano

Guillermo Hurtado

 

México es un país de enormes contrastes internos, pero en medio de tanta diversidad hay algunas cosas que sirven como marcadores de nuestra identidad nacional. Una de ellas —acaso una de las más importantes— es la comida.

Desde hace mucho he querido escribir un largo ensayo sobre la geografía de la salsa picante en el territorio nacional. La idea me vino cuando caí en cuenta de que mientras más viajaba hacia el norte de la Ciudad de México, más difícil era encontrar salsa verde. La salsa que normalmente se consume desde el Bajío hasta la frontera con Estados Unidos es la roja, con sus diferentes ingredientes y preparaciones.

Imaginé, entonces, un mapa de México dividido en dos colores: una parte de la salsa roja y otra de la salsa verde. Pronto me di cuenta de que había un problema con este sencillo mapa bicolor. La “hermana república de Yucatán no acostumbra la salsa roja ni la verde, sino el suntuoso chile habanero, uno de los ingredientes más preciados de su cultura local. Se equivocan quienes sostienen que la península es la isla más occidental del Caribe y que está pegada al continente por casualidad. Yucatán” está indisolublemente unido al resto de México por el deleitoso consumo del chile. Fue entonces que llegué a la conclusión de que la salsa de habanero era más parecida a la verde y que, por lo mismo, podía seguir dibujando el mapa culinario de México en los dos colores, haciendo abstracción de las peculiaridades.

Esta división de la patria en dos zonas de salsas merece sesudas reflexiones. Advierta usted el impacto que tiene esta partición desde el desayuno. Cuando uno va a un restaurante para tomar el primer alimento del día, el menú básico consiste en huevos y chilaquiles. Los segundos pueden ser verdes o rojos. Pero si uno pide huevos rancheros, se los servirán con salsa roja. Este delicado problema se resolvió con los llamados “huevos divorciados”, que ofrecen al comensal la oportunidad de disfrutar las dos salsas en un mismo plato.

Bien pensado el asunto, los huevos divorciados no están divorciados: están reunidos. Para que estuviesen divorciados hubieran tenido que estar antes revueltos en un indigesto batiburrillo de salsa roja y verde. Quienes piden los mal llamados huevos divorciados quieren integrar ambas opciones de manera melodiosa.

Este platillo quizá nos puede ayudar a entender mejor el mosaico mexicano y, por lo mismo, la elusiva esencia de lo nacional. Emilio Uranga apuntaba hace medio siglo que era erróneo concebir el mestizaje como una mezcla en la que los elementos originales se disuelven en un compuesto; como, por ejemplo, en el café con leche que también disfrutamos por las mañanas.

Quizá deberíamos empezar a entender la mexicanidad como unos huevos divorciados en vez de como un café con leche.

guillermo.hurtado@razon.com.mx
Twitter:
@Hurtado2710




 
 
 
 
fecha 13 de agosto de 2017 00:25
ultima modificacion Ultima modificación: 22:24
autor Por: Guillermo Hurtado
 
 
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