Fin

Ali Smith (Inverness, 1964) es autora de varias novelas y colecciones de cuentos, entre ellos: La historia universal, Cuarteto estacional (Otoño, Invierno, Primavera, Verano) y Chico conoce chica. Sus historias están siempre cruzadas por pequeñas erudiciones lingüísticas y literarias como en el libro Biblioteca pública y otros cuentos, traducido por Magdalena Palmer, que la editorial Nórdica pondrá a circular próximamente. Publicamos con su autorización un fragmento del primer relato.

Portada del libro 'Biblioteca Pública'
Portada del libro 'Biblioteca Pública' Foto: Especial

Había llegado a la conclusión. No tenía nada más que decir. Todo había terminado. Había tocado fondo. Había llegado al límite. Ya no había vuelta de hoja. Ni vuelta atrás. Punto y final. Fin del trayecto.

Pero en el fin del trayecto, cuando el tren se detuvo, me apeé como todo elmundo y retrocedí por el andén hacia la salida. Rebusqué el billete en mi bolsillo y lo introduje en la ranura de la máquina. La máquina lo atrapó con lo que pareció voluntad propia pero que era solo un automatismo, luego abrió sus puertas para dejarme pasar y las cerró detrás de mí. Salí, pasé la parada de taxis, crucé el deprimente aparcamiento y subí al puente peatonal.

Desde aquí podía ver el tren vacío, el mismo tren en el que todos habíamos viajado, como si lo hubiesen apartado del andén para mandarlo a dondequiera que fuesen los trenes vacíos. Desde este ángulo veía el interior de los coches, hasta podía ver el interior del vagón donde yo había viajado hasta el final de la línea.

El vagón había ido repleto, todos los asientos ya estaban ocupados diez minutos antes de que saliera el tren y había seguido llenándose hasta que cerraron puertas. El trayecto había sido un ejercicio de distanciamiento de gente desconocida que se acercaba y luego se alejaba cuidadosamente de los otros pasajeros en los pasillos, de gente que intentaba no rozarse con los demás en las puertas, de gente que se apretujaba sobre la mujer de pecho voluptuoso en silla de ruedas que leía una revista. Esa mujer ya estaba en el lugar reservado para sillas de ruedas cuando he subido. A saber por qué, la gente que se bamboleaba a su lado se acercaba más a su cabeza que a la de los pasajeros sentados en las sillas normales; me ha parecido el colmo de la grosería que el borde de la americana abierta de un hombre estuviera rozándole constantemente la nuca.

Y esa era la razón de que desde aquí, en lo alto del puente, supiera que el tren de abajo era el mismo del que acababa de apearme, y también de que pudiese identificar el vagón exacto donde había viajado: porque la mujer en silla de ruedas que iba en mi vagón seguía en el tren vacío, veía desde aquí que estaba inclinada hacia delante en su silla y golpeaba la puerta del vagón con el puño. Vi que gritaba. Supe que estaba haciendo un montón de ruido y supe que yo no podía oírlo.

Observé sus golpes silenciosos. Luego el tren se deslizó fuera de vista.

El conductor la encontrará, pensé. Seguro que comprueban que sus trenes estén vacíos. Seguro que mucha gente se queda dormida o atrapada en trenes así, continuamente. Supongo que esa mujer tendrá móvil y habrá llamado a alguien para que dé aviso. E incluso es posible que quisiera estar en ese tren, que su intención fuese quedarse allí dentro, sola.

Pero a través del plexiglás arañado del otro lado del puente peatonal vi que el paso repetido de diferentes pies había marcado un sendero que bajaba a las vías, del tipo que solíamos hacer en las laderas y las pendientes de los campos cuando era pequeña, del tipo que la gente hace en sitios donde no se supone que tiene que haber un sendero. [...]