Al naciente sexenio, temprano se le atravesó su Ayotzinapa. Terrible fotografía de la pandémica barbarie mexicana.
Con zanjas incineradoras y con la segura omisión, complicidad y secuestro de las instituciones encargadas de la seguridad y la justicia de Jalisco y en la Federación, el rancho Izaguirre, en el municipio de Teuchitlán, coloca frente la disyuntiva ejecutiva que marcará el resto de la administración; culpar al pasado neoliberal, estigmatizar la indignación social y a las madres buscadoras o asumir la responsabilidad política.
Que Claudia Sheinbaum haya corregido pronto y anunciara que los desaparecidos existen, que son necesarias acciones profundas unas, cosméticas otras, habla de sus reflejos sociales, de las lecciones jamás reconocidas por AMLO sobre el saldo final que obtuvo cuando nuestras muchas tragedias las asumió como una batalla ideológica más.

Ahí sigue Garduño
Por asepsia institucional a la Presidenta le conviene no mezclarse con el fiscal general de la República. Por salud republicana, no llevar al abogado de la nación a la mañanera, cual empleado del Ejecutivo, le permite tomar distancia, de yerros y aciertos, del Ministerio Público federal. Cuida la investidura.
A diferencia de Peña Nieto y López Obrador con los 43 de Ayotzinapa, Guerrero, la Presidenta esquiva la narrativa populista de proclamar verdades históricas u ofertas sobre encontrar a los muchachos ejecutados y desaparecidos.
Para Peña Nieto fue el principio del fin de su momentum México, el descrédito y el desgaste que la entonces PGR, apéndice de su presidencia, le endosó por su incapacidad para articular semejante expediente y castigar, también, a los soldados inmiscuidos.
Para López Obrador, Ayotzinapa fue un pretexto más para lucir sus más ramplonas ofertas de trabajar mucho (y mal) para alcanzar una justicia pírrica. Fue escaparate para exhibir su desprecio por el dolor ajeno ante la amenaza de erosionar su narrativa transformadora y justiciera. Los 43 pusieron en evidencia que la 4T cuidó a la 4T antes y por sobre todo lo humanamente importante en este país.
Veremos si en este segundo piso del autoproclamado nuevo régimen, entra más luz y amplitud para procesar, desde su proyecto, una realidad que no tolera más “otros datos”.
Antes de conocer con precisión científica lo que sucedió en ese rancho y señalar a adversarios o compañeros de movimiento involucrados con el crimen organizado, debemos partir de aceptar políticamente que este México salvaje se construyó a partes iguales desde el neoliberalismo salinista, hasta el humanismo tropical del popular antecesor de Sheinbaum.
Cada sexenio hizo lo suyo. Se corrompió y coludió con narcos que se han vuelto salvajes, que echaron por la borda la pax narca y desafían a cada Gobierno federal y estatal con leyes metaconstitucionales.
Teuchitlán, es amenaza y oportunidad para que la mandataria establezca una ruta seria y diferente. Lo que suceda de ahora en adelante será el sello de su administración.
